El 52% de los hogares españoles cuenta con al menos un animal de compañía y la mayoría de sus miembros lo considera un miembro más de la familia, especialmente en el caso de los más de nueve millones de perros registrados, que forman parte de la denominada nueva sociedad inter-especie. Se trata de un fenómeno extensivo y creciente en todo el mundo.
Este cambio de paradigma social ya no puede considerarse un nicho, una tendencia o una moda pasajera. Es una transformación social que ha llegado para quedarse y que modifica en buena parte los hábitos de consumo, movilidad, ocio, turismo, compras y la forma de uso de espacios públicos y privados.
Ante esta nueva realidad, el factor pet-friendly no puede abordarse desde el voluntarismo o por una simple cuestión de empatía. Una organización que aspire a estar alineada con la sociedad actual no puede ignorar una realidad que atraviesa la experiencia de clientes, empleados, usuarios y ciudadanos y que se configura como un nuevo vector en la política de sostenibilidad corporativa (RSC).
La pregunta, en consecuencia, ya no es si esta cuestión merece entrar en la agenda de sostenibilidad. La pregunta es cuánto tiempo puede seguir una empresa sin asumir su impacto en las personas, en su cultura interna, en su experiencia de cliente y en su relación con el entorno.
Seguir tratando la convivencia con animales de compañía como un asunto anecdótico o menor atenta contra una normalidad que será una commodity en un futuro inmediato, máxime cuando ya existe una ley de bienestar animal que contempla recomendaciones y sanciones frente a conductas que atentan contra el bienestar animal y la tenencia responsable.
Naturalmente, no se trata de abrir puertas sin criterio ni de convertir el pet-friendly en un puro reclamo comercial en modo “greenwashing”. Se trata de ser rigurosos, de profesionalizarlo, como sucede en tantos otros ámbitos. De dotarse de normativa propia, protocolos, señalización, prevención, formación, bioseguridad y criterios de convivencia. En otras palabras, de convertir una necesidad social creciente en una política corporativa rigurosa, operativa y verificable.
En la actualidad, nadie discute el valor de sellos y certificaciones que ayudan a ordenar, medir y acreditar situaciones reales en materia ESG. Estándares como B Corp, BREEAM o Biosphere forman ya parte del lenguaje habitual de las organizaciones que quieren demostrar que su sostenibilidad no es solo narrativa, sino también gestión y compromiso.
En ese mismo terreno conceptual debe situarse la integración del factor pet-friendly. No como gesto cosmético, sino como política corporativa susceptible de ser evaluada con criterios técnicos. En este sentido, ha surgido en España una iniciativa pionera como ITVET™, un innovador protocolo de certificación de políticas pet-friendly orientado a validar profesionalmente la inclusión, la presencia y el tránsito de animales de compañía en espacios y organizaciones desde una perspectiva veterinaria, técnica y responsable.
La lógica es sencilla: igual que una empresa busca hoy herramientas externas que avalen su desempeño en sostenibilidad, también empezará a necesitar instrumentos que le permitan integrar esta nueva realidad con seguridad jurídica, orden operativo y credibilidad reputacional, de acuerdo con la legislación vigente, y que garanticen la seguridad de personas y animales en espacios de convivencia.
Quienes lideran hoy las políticas de sostenibilidad en las empresas tienen ante sí el reto de afrontar una decisión estratégica, responsable e inaplazable: seguir considerando esta realidad como algo accesorio o asumir que ya forma parte del nuevo consumidor y del nuevo paradigma social. Las organizaciones que sepan leer a tiempo este cambio estarán mejor preparadas para conectar con sus clientes y para situar su sostenibilidad allí donde hoy se juega de verdad: en su capacidad para entender y responder con rigor a un modelo de sociedad que ya existe.
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