Cada 24 de octubre hablamos de emisiones, y con razón. Pero quienes trabajamos en el monte llevamos tiempo viendo otra cara del problema: el clima está cambiando más rápido de lo que muchos ecosistemas pueden adaptarse. Reducir emisiones sigue siendo imprescindible. Ahora, además, toca preparar el territorio para lo que ya está llegando.
Los episodios de calor y sequía son cada vez más frecuentes, las condiciones extremas complican la extinción de incendios y las lluvias se vuelven más irregulares. Los bosques, que siempre hemos visto como parte de la solución, también están sufriendo las consecuencias. Cuando un bosque está sometido a un estrés prolongado, puede perder capacidad de crecimiento y absorción de carbono, además de ver alteradas su biodiversidad y otras funciones esenciales, como la protección del suelo y la regulación del agua.
De ahí la idea que recorre este artículo: restaurar no consiste únicamente en recuperar lo que había antes, sino también en preparar los ecosistemas para las condiciones que tendrán que afrontar durante las próximas décadas.
Restaurar para un clima que ya no es el mismo
Durante años, cuando se hablaba de restauración forestal se pensaba principalmente en recuperar suelos degradados, aumentar la superficie arbolada y favorecer la absorción de CO₂. Todo eso sigue siendo importante. La diferencia es que hoy debemos incorporar la adaptación al cambio climático desde el primer momento.
Pensemos en una encina o un pino que plantamos este invierno. Llegará a adulto en un clima que probablemente será más cálido y seco que el actual. Qué especies elegimos, de dónde proceden las semillas, cómo combinamos las distintas especies, qué características tiene el suelo, cuánta agua habrá disponible o qué antecedentes de incendios tiene la zona. Son decisiones y condicionantes que influyen directamente en las posibilidades de desarrollo de ese futuro bosque.
En Grupo Sylvestris lo tenemos claro: el éxito de una restauración no se mide por el número de árboles plantados, sino por su capacidad para convertirse en un ecosistema funcional, diverso y resiliente. Para eso hace falta conocimiento técnico, muchas horas sobre el terreno y paciencia, porque en el sector forestal los plazos se cuentan en décadas.
La adaptación empieza en el territorio
El cambio climático es global, pero cada territorio lo experimenta de manera diferente. Una ladera mediterránea con poca disponibilidad de agua, un valle atlántico y un monte que ha sufrido varios incendios en veinte años necesitan respuestas distintas. Las soluciones basadas en la naturaleza funcionan cuando se diseñan para un lugar concreto, teniendo en cuenta su ecología, pero también a las personas que viven allí y la realidad económica de la zona.
En España y Portugal, donde desarrollamos nuestra actividad, restaurar contribuye a frenar la erosión, recuperar hábitats y mejorar la capacidad de respuesta de los ecosistemas frente a los fenómenos climáticos extremos. Pero también tiene mucho que ver con algunos de los problemas de fondo del medio rural, como la despoblación, el abandono de los usos tradicionales o la falta de oportunidades laborales.
La falta de una gestión adecuada puede aumentar la vulnerabilidad de determinados montes, especialmente cuando se acumula combustible vegetal o existen dificultades para su regeneración. Y aquí hay una cuestión que no podemos olvidar: para cuidar el territorio también necesitamos personas que vivan y trabajen en él. La restauración forestal puede contribuir a mantener esa actividad económica, generar empleo y favorecer una gestión que se prolongue durante años.
Medir el carbono, pero también la resiliencia
La tecnología nos ha proporcionado herramientas que hace no tanto eran impensables. Con imágenes de satélite, sistemas de información geográfica y sensores sobre el terreno podemos seguir la evolución de las masas forestales, estimar cuánto carbono almacenan y detectar señales de estrés hídrico o posibles problemas sanitarios.
En nuestros proyectos combinamos estas herramientas con algo que ningún satélite sustituye por completo: la observación y el trabajo del personal técnico forestal. Esa combinación resulta fundamental para conocer cómo evolucionan los bosques y tomar decisiones de gestión.
La medición de carbono es una parte esencial de este seguimiento, pero no puede ser la única. La adaptación al cambio climático nos lleva a prestar cada vez más atención a otros indicadores, como la respuesta de las especies a la sequía, la diversidad, el estado sanitario de las masas forestales o su capacidad de recuperación frente a perturbaciones como incendios y temporales.
Cuanta más información tengamos sobre la evolución de estos ecosistemas, mejores decisiones podremos tomar para favorecer su conservación a largo plazo. Y más herramientas tendrán las empresas, las administraciones y la ciudadanía para conocer y valorar los beneficios ambientales y sociales de los proyectos de restauración que apoyan.
Una responsabilidad compartida
Esto no lo va a resolver nadie en solitario. Las administraciones tienen que aportar estabilidad y planificación a largo plazo. Las empresas que invierten en naturaleza pueden apostar por proyectos de calidad, verificables y con beneficios reales para el territorio. La ciencia tiene mucho que aportar si su conocimiento llega al campo. Y las comunidades locales deben formar parte de los proyectos desde el principio.
Este 24 de octubre nos gustaría que, además de contar árboles, empezáramos a preguntarnos qué bosques estamos dejando. Porque los que plantemos este año tendrán que afrontar las condiciones climáticas de 2060 y seguir creciendo mucho después.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


