Cada año, con motivo del Día Internacional contra el Cambio Climático, volvemos a hablar de emisiones, energía y de los objetivos que tenemos por delante para avanzar hacia una economía más sostenible. Es lógico que así sea. Pero desde el sector alimentario vivimos esta conversación con una perspectiva adicional: la de quienes dependemos directamente de los recursos naturales y vemos cómo las condiciones climáticas están adquiriendo una relevancia creciente en nuestro día a día.
En los últimos años hemos visto cómo el cambio climático ha dejado de ser una cuestión asociada principalmente a políticas ambientales o compromisos internacionales para convertirse en un factor que influye directamente en la gestión de las empresas. Hoy forma parte de decisiones relacionadas con el abastecimiento de materias primas, la gestión del agua, la evaluación de riesgos o la planificación de inversiones. En una compañía alimentaria, hablar de clima es hablar, cada vez más, de negocio.
Nuestra histórica vinculación con el sector agrario nos ha permitido comprobar cómo situaciones que antes se consideraban excepcionales se han convertido en una realidad cada vez más presente para agricultores y productores. Sequías prolongadas, cambios en los patrones de precipitación o fenómenos meteorológicos extremos están condicionando la actividad agrícola en muchas regiones y modificando el contexto en el que opera todo el sector.
La agricultura depende del clima y, con ella, buena parte de las cadenas de valor que hacen posible que los alimentos lleguen cada día a millones de hogares. Por eso, cuando hablamos de cambio climático, no estamos hablando únicamente de un desafío ambiental. Estamos hablando también de seguridad alimentaria, de competitividad, de disponibilidad de recursos y de la capacidad de respuesta de un sector esencial para nuestra sociedad.
Durante mucho tiempo, el foco se ha puesto, con razón, en la reducción de emisiones. Ese esfuerzo sigue siendo imprescindible. Pero la experiencia nos demuestra que también debemos prestar atención a otra cuestión igualmente importante: fortalecer la resiliencia de nuestros sistemas productivos ante un entorno cada vez más incierto.
Entre todos los retos que plantea este nuevo contexto, hay uno que merece una atención especial: el agua. La disponibilidad de recursos hídricos y su gestión eficiente son ya cuestiones estratégicas para muchos cultivos y uno de los ámbitos en los que el sector percibe con mayor claridad los efectos del cambio climático.
Por eso resulta tan importante avanzar en prácticas que permitan optimizar el uso del agua y mejorar la eficiencia productiva. En el cultivo del arroz, por ejemplo, determinadas técnicas de manejo hídrico, como el riego intermitente, están demostrando que es posible utilizar este recurso de manera más eficiente y, al mismo tiempo, contribuir a la reducción de emisiones asociadas al cultivo, especialmente de metano.
Es un buen ejemplo de cómo una misma iniciativa puede aportar beneficios ambientales distintos y responder a varios desafíos de forma simultánea.
En Ebro Foods vivimos esta realidad muy de cerca. Nuestra actividad depende de materias primas agrícolas y, por tanto, de ecosistemas especialmente sensibles a las alteraciones climáticas. Por eso llevamos años trabajando junto a agricultores y otros actores de la cadena de valor en algunas de las principales zonas productoras para impulsar prácticas agrícolas más sostenibles y favorecer una gestión más eficiente de los recursos.
Uno de los ejemplos más significativos es el programa que Tilda y Ebro India desarrollan en el norte de India. La iniciativa alcanza ya a 3.840 explotaciones agrícolas y 15.314 hectáreas de cultivo de arroz basmati y, entre 2023 y 2025, ha permitido ahorrar 36.900 millones de litros de agua de riego y reducir 22,7 millones de kilogramos de CO₂ equivalente. También ha contribuido a incrementar los ingresos de los agricultores participantes y a mejorar la productividad de las explotaciones que aplican técnicas de riego intermitente. Son resultados que demuestran que la mejora ambiental puede ir acompañada de beneficios económicos y productivos para quienes trabajan en el campo.
También estamos avanzando dentro de nuestras propias operaciones. Hoy contamos con instalaciones fotovoltaicas en 15 centros del Grupo, distribuidos en distintos países y negocios, como parte de una estrategia más amplia orientada a mejorar la eficiencia energética y reducir nuestra huella ambiental. Son actuaciones que responden a una idea muy sencilla: los compromisos climáticos solo adquieren verdadero sentido cuando se traducen en proyectos concretos y forman parte de la gestión diaria del negocio.
Todo ello forma parte de una estrategia orientada a reducir progresivamente nuestro impacto ambiental e incorporar los desafíos climáticos a la gestión diaria del negocio. Pero también somos conscientes de que la respuesta no puede apoyarse únicamente en compromisos o indicadores. Requiere innovación, colaboración entre los distintos actores de la cadena de valor y capacidad para trasladar los objetivos a decisiones concretas.
Quizá por eso conviene recordar que, cuando hablamos de cambio climático, no estamos hablando únicamente del medio ambiente. Estamos hablando también de nuestra capacidad para seguir produciendo alimentos en un contexto cada vez más exigente e incierto. Ese es, probablemente, uno de los grandes retos que compartimos como sociedad y como sector.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


