Miguel Ángel Villota, CEO de Augusta29, sitúa el origen de su compromiso con la Responsabilidad Social mucho antes de su trayectoria empresarial. Los valores recibidos de sus padres, las personas que le ayudaron a comprender las desigualdades y una decisión compartida con su mujer —que sus vidas sirvieran para construir un mundo más justo— fueron dando forma a una manera de entender la empresa en la que no caben compartimentos estancos. “La Responsabilidad Social no es una iniciativa, no es una acción. Se es o no se es responsable”, afirma, convencido de que las compañías pueden convertirse en “palancas para hacer mucho bien” y de que existe una relación directa entre compromiso y felicidad dentro de las organizaciones.
- Miguel, tu compromiso con la Responsabilidad Social parece partir de una convicción muy personal. ¿Dónde sitúas el origen de esa forma de entender la empresa?
- Cuando estudiaste Ciencias Empresariales, el modelo que se enseñaba estaba muy centrado en maximizar el beneficio. ¿Cómo ha evolucionado desde entonces la forma de entender la responsabilidad de las compañías?
- En ese recorrido, ¿cómo conociste a Corresponsables y qué papel consideras que ha desempeñado en el desarrollo del sector?
- Además de esa evolución cultural, ¿qué factores han acelerado la integración de la RSE y la Sostenibilidad en el tejido empresarial?
- De todo lo vivido, ¿qué aprendizajes consideras fundamentales para dirigir una empresa responsable?
- ¿Recuerdas alguna experiencia de los primeros años que refleje cómo fue creciendo esa conciencia dentro de Augusta29?
- ¿Qué organizaciones o movimientos consideras pioneros en la construcción del actual ecosistema de la Responsabilidad Social?
- ¿Hay alguna empresa cuyo modelo te haya inspirado especialmente?
- ¿Cómo imaginas el futuro de la RSE y la Sostenibilidad?
- Las nuevas generaciones tendrán que afrontar un escenario muy distinto. ¿Qué papel deberían desempeñar en esta transformación?
En el marco del 20º Aniversario de Corresponsables, Villota recuerda la primera vez que conoció la publicación, en 2009, a través de un artículo dedicado a Recicla Cultura. Desde entonces, el medio ha acompañado a Augusta29 como fuente de inspiración y contagio: sus revistas y anuarios están presentes en cada una de las plantas de sus centros de negocios para acercar las buenas prácticas a las empresas que trabajan en ellos. “Corresponsables ha dado luz a muchas iniciativas que, de no ser por vosotros, no habrían trascendido mediáticamente”, sostiene. Una labor que, a su juicio, despierta una “envidia sana” y anima a otras organizaciones a avanzar.
Miguel, tu compromiso con la Responsabilidad Social parece partir de una convicción muy personal. ¿Dónde sitúas el origen de esa forma de entender la empresa?
En primer lugar, tuve la suerte de tener unos padres que me transmitieron unos valores y me educaron para ser buena persona y no hacer daño a nadie. Ellos plantaron la semilla.
En segundo lugar, a lo largo de mi vida he tenido la fortuna de estar rodeado de muy buenas personas que me han enseñado que el mundo es mucho más grande y complejo de lo que mis ojos alcanzaban a vislumbrar. Con ellas he aprendido sobre las desigualdades, la falta de equidad, las injusticias, la pobreza y la miseria.
Y, en tercer lugar, está la decisión de que nuestras vidas sirvan para construir un mundo más justo. Hablo de la mía, pero también en nombre de mi mujer, que tiene mucho que ver en esta historia.
La Responsabilidad Social de las empresas demuestra, en realidad, la Responsabilidad Social de cada una de las personas que las forman, muy especialmente la de sus socios y directivos. Cuando vemos una empresa con una Responsabilidad Social extraordinaria es porque dentro hay personas extraordinarias, responsables tanto dentro como fuera de la organización.
Cuando estudiaste Ciencias Empresariales, el modelo que se enseñaba estaba muy centrado en maximizar el beneficio. ¿Cómo ha evolucionado desde entonces la forma de entender la responsabilidad de las compañías?
Estamos dando grandes pasos y, para comprenderlos, no podemos olvidar de dónde venimos. Yo estudié Ciencias Empresariales en Valladolid cuando todavía no habíamos llegado al año 2000. En la universidad no se hablaba de Responsabilidad Social.
La premisa presente en todas las asignaturas era buscar la eficiencia financiera, comercial y de gestión para que la empresa pudiera aportar a sus socios el mayor beneficio posible. No se hablaba del coste al que se conseguían esos beneficios, pero sí de maximizar el retorno para los propietarios.
Poco a poco, y gracias a un pensamiento más humanista, empezaron a surgir respuestas a ese sistema. Se tradujeron en acciones concretas de Responsabilidad Social Corporativa que comenzaron a ampliar el propósito de las empresas.
Venimos de un capitalismo “as usual”, en el que las compañías cuyos propietarios no compartían ciertos valores apenas se cuestionaban su responsabilidad ante la sociedad. Después comenzamos a entender las consecuencias de nuestros actos y las empresas se lanzaron a desarrollar acciones puntuales, integradas en mayor o menor medida dentro de la cultura empresarial, pero puntuales al fin y al cabo.
Ahora estamos entrando en una etapa mucho más interesante: las empresas empiezan a interiorizar la responsabilidad sobre sus impactos. Para mí, ese es un gran salto. Supone entender que todo está conectado, que nos movemos en un mundo sistémico y que somos parte del problema o de la solución.
En ese recorrido, ¿cómo conociste a Corresponsables y qué papel consideras que ha desempeñado en el desarrollo del sector?
La primera vez que abrí una revista de Corresponsables debió de ser en 2009. Mi mujer me dijo: “¡Miguel! Recicla Cultura aparece en Corresponsables”, y me enseñó un artículo en el que la iniciativa de la Fundación Servei Solidari, donde trabajaba Mariona, aparecía con motivo del día de Sant Jordi.
Así conocí una revista cargada de buenas iniciativas impulsadas por empresas y organizaciones, que desde entonces nos ha acompañado a lo largo de todos estos años.
Corresponsables ha dado luz a muchas iniciativas en el ámbito de la Responsabilidad Social que, de no ser por vosotros, probablemente no habrían trascendido mediáticamente. Poner el foco en las buenas prácticas, en las acciones concretas y en la evolución de las empresas que las impulsan provoca que quienes estamos al frente de organizaciones sintamos cierta envidia sana. Y esa envidia genera un efecto contagioso muy interesante.
En Augusta29 tenemos vuestras revistas y anuarios en cada una de nuestras plantas, para que las empresas que trabajan en nuestros centros de negocios también puedan contagiarse de ese legado que estáis dejando.
Además de esa evolución cultural, ¿qué factores han acelerado la integración de la RSE y la Sostenibilidad en el tejido empresarial?
Para mí, uno de los principales factores ha sido, sin duda, la regulación. La taxonomía de la Unión Europea, la normativa de debida diligencia, la CSRD y otros marcos obligan a las grandes empresas a cumplir unos mínimos que después se trasladan en cascada al resto de las compañías de las que dependen.
De esta manera se consigue permeabilizar progresivamente el conjunto del ecosistema empresarial.
Al mismo tiempo, siempre existirán empresas como Augusta29, muchas B Corp y otras organizaciones que llevan ese compromiso implícito en su ADN y que no necesitan una regulación para cumplir con esos mínimos.
De todo lo vivido, ¿qué aprendizajes consideras fundamentales para dirigir una empresa responsable?
He tenido muchos aprendizajes, pero destacaría tres.
El primero es comprender que las empresas son palancas para hacer mucho bien. El ecosistema en el que se mueve una compañía es muy amplio, ya sea un autónomo o una multinacional. En él aparecen trabajadores, clientes, proveedores, partners, colaboradores, usuarios y muchos otros grupos de interés. Y detrás de cada uno de ellos hay personas.
Con nuestra actividad cotidiana estamos impactando positiva o negativamente en esas personas. Desaprovechar esa palanca para hacer el bien es una verdadera pena. Creo que existe una correlación directa entre Responsabilidad Social y felicidad: cuando una empresa tiene culturalmente un alto grado de responsabilidad, dentro de sus instalaciones y entre sus trabajadores hay un mayor índice de felicidad. No me cabe ninguna duda.
El segundo aprendizaje es que debemos crear valor, pero nunca a costa de nada ni de nadie. Nuestras empresas tienen que ser rentables y, en ocasiones, atravesamos momentos en los que sentimos la tentación de traspasar ciertos límites para alcanzar la eficiencia que se espera de nosotros. Es precisamente entonces cuando debemos revisar nuestros valores.
Una empresa no puede ser eficiente a costa de tener a sus trabajadores agotados, de presionar más a sus proveedores, de aprovecharse de sus clientes o del mercado y, por supuesto, de dañar el medioambiente. La Responsabilidad Social nos obliga a ser sostenibles, y eso significa no perjudicar a nada ni a nadie.
El tercer aprendizaje es muy sencillo: la Responsabilidad Social no es una iniciativa ni una acción. Se es o no se es responsable.
¿Recuerdas alguna experiencia de los primeros años que refleje cómo fue creciendo esa conciencia dentro de Augusta29?
Recuerdo nuestras primeras acciones corporativas y nuestros primeros Sant Jordis, con aquellas “paradas de libros” que preparábamos con tanto cuidado. Estábamos muy orgullosos de sensibilizar y recaudar fondos para causas benéficas.
Eran buenas intenciones que, afortunadamente, fueron evolucionando hasta convertirse en algo mucho más grande. Pero recuerdo aquellas primeras acciones cargadas de ilusión e inspiración, con trabajadores y clientes muy motivados.
Ahí podíamos ver que esas campañas tocaban a las personas. Fue el principio de comprender que Augusta29 había nacido para algo mucho más grande.
¿Qué organizaciones o movimientos consideras pioneros en la construcción del actual ecosistema de la Responsabilidad Social?
En el ámbito institucional español es de justicia reconocer a Forética y al Pacto Mundial de Naciones Unidas España. Desde finales de los años 90 y comienzos de los 2000 han contribuido a establecer las bases, el lenguaje y las herramientas con las que hoy trabajamos. Sin ellos, muchas empresas ni siquiera habrían tenido un marco desde el que empezar a formularse estas preguntas.
Pero, si tengo que escoger un movimiento que me haya marcado personalmente, es el de las Empresas B y Sistema B. No se queda en una declaración de intenciones: obliga a medir, rendir cuentas y demostrar con datos que el impacto en los trabajadores, la comunidad, el medioambiente y la gobernanza es real.
Eso conecta exactamente con lo que decía antes: la Responsabilidad Social no es una iniciativa, es algo que se es o no se es. El movimiento B te pone un espejo delante y no te permite escapar de esa pregunta.
Por eso, cuando decidimos que Augusta29 fuera Empresa B, no lo vivimos como un sello más para colocar en la pared, sino como una manera de comprometernos, con métricas, con todas las personas que formamos parte del proyecto.
¿Hay alguna empresa cuyo modelo te haya inspirado especialmente?
Me ha inspirado mucho el caso de Ferrer: cómo han interiorizado su propósito en el ámbito de la gobernanza y cómo han conseguido que ese compromiso permee al conjunto de los trabajadores.
Sin duda genera una envidia sana, pero también representa un referente hacia el que dirigir la mirada.
¿Cómo imaginas el futuro de la RSE y la Sostenibilidad?
Soy eneatipo 7 del eneagrama y, por tanto, un soñador, entusiasta y optimista. No puedo entender la RSE de otra manera que como una fuerza transformadora del cambio que el mundo necesita.
Las empresas tienen la responsabilidad de mejorar el mundo en el que vivimos. Cada una, en función de su dimensión y de sus posibilidades, debe incorporar ese propósito, porque la convertirá en una organización mejor y contribuirá a generar una mayor felicidad dentro del sistema con el que interactúa.
Para lograrlo es necesario medir y hacernos responsables del impacto que nuestras organizaciones generan en la sociedad, las personas y el planeta.
Solo cuando eres capaz de medir, eres capaz de transformar.
Las nuevas generaciones tendrán que afrontar un escenario muy distinto. ¿Qué papel deberían desempeñar en esta transformación?
Necesitamos que las nuevas generaciones saquen lo mejor de sí mismas. Aunque hereden lo mejor de las nuestras, no pueden quedarse únicamente con eso.
Tienen un potencial inmenso y deben encontrar esperanza en su capacidad para cambiar y transformar los modelos.
Van a vivir en un mundo muy diferente al nuestro, marcado por las consecuencias climáticas, la irrupción de la Inteligencia Artificial en el mercado laboral y una situación geopolítica construida muchas veces sobre el miedo y el poder.
En sus manos estará la capacidad de cambiar muchas cosas, pero para lograrlo necesitarán creer que pueden hacerlo.
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