María Folqué, directora de Marketing de Allianz Global Investors para Iberia, comparte en esta entrevista con Corresponsables su visión sobre la evolución de la inversión sostenible en un contexto marcado por la transición energética, la incertidumbre geopolítica y la transformación tecnológica. Para Allianz Global Investors, la sostenibilidad ya no puede entenderse como un elemento accesorio, sino como un factor clave para identificar oportunidades de inversión y construir una economía más resiliente.
- La inversión sostenible atraviesa un momento de transformación. ¿Qué cree que ha cambiado en la manera de invertir durante los últimos años?
- En un contexto marcado por la incertidumbre económica, geopolítica y climática, ¿qué papel puede desempeñar la inversión para acelerar la transición hacia una economía más sostenible y resiliente?
- En ocasiones se plantea un falso dilema entre rentabilidad y sostenibilidad. ¿Cree que ese debate está ya superado o sigue siendo una barrera para muchos inversores?
- Cada vez se habla más de inversión de impacto. ¿Qué condiciones considera imprescindibles para que una inversión pueda demostrar que realmente está generando un impacto positivo?
- ¿Qué responsabilidad tienen las gestoras para influir en las empresas y acelerar su transición hacia modelos de negocio más sostenibles?
- La inteligencia artificial, la transición energética o la biodiversidad están redefiniendo las prioridades de la inversión. ¿Qué tendencias cree que marcarán la agenda de la financiación sostenible en los próximos años?
- Con su extensa experiencia en el sector financiero, ¿qué cambios considera imprescindibles para que las finanzas sigan siendo una palanca real de transformación social y ambiental?
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Allianz Global Investors es la gestora de activos del Grupo Allianz y ofrece soluciones de inversión a clientes institucionales y particulares en todo el mundo. La compañía integra criterios ambientales, sociales y de buen gobierno (ESG) en sus procesos de inversión y promueve el diálogo con las empresas para impulsar modelos de negocio más sostenibles y preparados para el largo plazo.
Durante la entrevista, María Folqué analiza la evolución de la inversión sostenible desde los Acuerdos de París, el papel de las gestoras como agentes de transformación, los retos de la financiación de la transición energética, la importancia de medir el impacto de las inversiones y las principales tendencias que marcarán la agenda financiera en los próximos años.
La inversión sostenible atraviesa un momento de transformación. ¿Qué cree que ha cambiado en la manera de invertir durante los últimos años?
Ya han pasado más de diez años desde los Acuerdos de París, que fueron el gran catalizador de la inversión sostenible, y creo que estamos entrando en una etapa de mayor madurez.
Hay que tener en cuenta que el contexto ha cambiado profundamente durante esta década. Hemos vivido una gran crisis sanitaria, una crisis energética derivada de la invasión de Ucrania por parte de Rusia —a la que se ha sumado una nueva tensión energética este mismo año—, una aceleración tecnológica sin precedentes y un escenario de crecientes tensiones geopolíticas.
Todo ello ha puesto de manifiesto que cuestiones como la seguridad energética, la gestión de los recursos, la gobernanza empresarial o la adaptación al cambio climático ya no son elementos accesorios, sino factores absolutamente centrales en la toma de decisiones de inversión.
Por eso creo que avanzamos hacia una visión mucho más pragmática, centrada en inversiones que aborden la sostenibilidad, pero que también sean sostenibles desde el punto de vista financiero y capaces de identificar oportunidades de crecimiento a largo plazo en una economía que está cambiando muy deprisa.
Además, este proceso se desarrolla en un contexto muy fragmentado a nivel global.
Mientras que en Europa seguimos viendo un fuerte interés por la inversión sostenible, impulsado por cuestiones como la autonomía energética, la soberanía europea o regulaciones como los artículos 8 y 9 del SFDR (Sustainable Finance Disclosure Regulation) y la futura revisión del SFDR, que podría favorecer el desarrollo de fondos de transición, en Estados Unidos la inversión sostenible se ha encontrado con una fuerte oposición política y de mercado.
En Asia, por su parte, el interés está creciendo, aunque todavía se encuentra en una fase relativamente temprana.
Es decir, observamos tendencias muy diferentes según la región.
No obstante, me gustaría terminar con un mensaje optimista. Entre 2015 y 2024, el PIB mundial creció un 31 %, mientras que las emisiones globales de gases de efecto invernadero aumentaron únicamente un 8 %. Eso demuestra que empieza a producirse un cierto desacoplamiento entre el crecimiento económico y el crecimiento de las emisiones.
Además, las inversiones sostenibles han contribuido a reducir de forma muy significativa el coste de las energías limpias, haciéndolas mucho más competitivas.
Por ejemplo, el coste de la energía solar ha descendido aproximadamente un 87 %, el de la energía eólica alrededor de un 44 % y el de las tecnologías de almacenamiento mediante baterías cerca de un 80 %. Todo ello supone un cambio muy importante desde el punto de vista de la inversión.
En un contexto marcado por la incertidumbre económica, geopolítica y climática, ¿qué papel puede desempeñar la inversión para acelerar la transición hacia una economía más sostenible y resiliente?
La inversión tiene un papel absolutamente fundamental porque posee una enorme capacidad para transformar la economía. Allí donde se asigna capital, allí donde existe financiación, las empresas crecen, innovan y ganan escala.
La transición hacia una economía más sostenible va a requerir cantidades masivas de inversión. Según un informe de Allianz, existe actualmente un déficit de inversión de 2,6 billones de euros para acometer todas las necesidades asociadas a esta transformación.
Estamos hablando de infraestructuras energéticas, electrificación, tecnologías de almacenamiento, movilidad sostenible, adaptación al cambio climático y soluciones vinculadas a la gestión de los recursos naturales.
Los inversores pueden desempeñar un papel decisivo orientando el capital hacia empresas que están desarrollando modelos de negocio preparados para ese futuro. Además, muchas de estas inversiones ofrecen perspectivas de rentabilidad muy atractivas. La transición climática o la autonomía energética europea son dos buenos ejemplos donde convergen competitividad económica, seguridad y sostenibilidad.
En ocasiones se plantea un falso dilema entre rentabilidad y sostenibilidad. ¿Cree que ese debate está ya superado o sigue siendo una barrera para muchos inversores?
Ese ha sido un debate permanente desde el primer día.
He leído muchísimos estudios sobre esa supuesta oposición entre rentabilidad y sostenibilidad y creo que, después de todos estos años, la principal conclusión es que la sostenibilidad no garantiza una rentabilidad superior, pero tampoco implica necesariamente sacrificar rendimiento.
Lo verdaderamente importante es entender que factores como el riesgo climático, la calidad de la gobernanza, la gestión del capital humano o la capacidad de adaptación tecnológica tienen consecuencias económicas reales.
Por eso, el reto consiste en identificar aquellas empresas capaces de crear valor de forma sostenible a lo largo del tiempo. Para lograrlo no basta con analizar los resultados actuales de una compañía; también debemos comprender cómo está preparada para afrontar los desafíos futuros.
En definitiva, creo que el debate ya no debería centrarse en si rentabilidad y sostenibilidad son compatibles, sino en cómo identificar aquellas empresas capaces de prosperar en una economía cada vez más compleja y exigente.
Cada vez se habla más de inversión de impacto. ¿Qué condiciones considera imprescindibles para que una inversión pueda demostrar que realmente está generando un impacto positivo?
Si nos atenemos a la definición académica de inversión de impacto, existen tres condiciones fundamentales. La primera es la intencionalidad, es decir, que exista una voluntad explícita de generar un resultado positivo desde el punto de vista social o ambiental.
La segunda es la adicionalidad, un concepto que suele ser más complejo de entender. Significa que, sin esa inversión, el resultado obtenido no se habría producido de la misma forma o con la misma intensidad.
Y la tercera es la medición. Aquello que no se mide resulta muy difícil de demostrar, por lo que es imprescindible trabajar con indicadores claros y metodologías consistentes.
En Allianz Global Investors contamos con un marco propio de inversión de impacto estructurado en torno a cuatro pilares. El primero consiste en definir los objetivos de impacto, alineándolos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
El segundo es evaluar la relevancia y la contribución potencial de cada inversión mediante un sistema propio de puntuación.
El tercero consiste en establecer indicadores claros que permitan medir, supervisar y comunicar los resultados obtenidos, porque la transparencia es esencial.
Y el cuarto se basa en aprender y mejorar continuamente.
La inversión de impacto mantiene todavía un cierto carácter pionero, pero observamos un interés creciente. De hecho, recientemente hemos lanzado una estrategia de crédito privado de impacto dirigida a inversores institucionales y conseguimos captar el 90 % del capital objetivo antes del plazo previsto, alcanzando finalmente alrededor de 690 millones de euros.
Estas inversiones pueden destinarse, por ejemplo, a proyectos de eficiencia energética, innovación tecnológica aplicada a la educación o producción sostenible de alimentos.
Por ello creemos que la inversión de impacto seguirá ganando protagonismo, especialmente entre los inversores institucionales y los mercados privados, aunque su potencial es mucho mayor.
¿Qué responsabilidad tienen las gestoras para influir en las empresas y acelerar su transición hacia modelos de negocio más sostenibles?
Tenemos una responsabilidad muy importante. Representamos a millones de inversores cuyos ahorros están invertidos en la economía real, y eso implica una gran responsabilidad.
Nuestra labor no consiste únicamente en decidir en qué empresas invertir, sino también en dialogar con ellas, trasladar expectativas claras y ejercer de forma responsable nuestros derechos como accionistas.
Para que te hagas una idea, en 2025 mantuvimos 562 procesos de diálogo con 451 compañías y participamos con nuestro voto en más de 8.600 juntas generales de accionistas.
Todo este trabajo de engagement nos permite abordar cuestiones relacionadas con el cambio climático, la biodiversidad, la gobernanza empresarial, los derechos humanos o el uso responsable de las nuevas tecnologías.
Nuestro objetivo no es decirles a las empresas cómo deben gestionar su negocio, sino acompañarlas para que construyan modelos más sólidos y mejor preparados para el largo plazo.
La inteligencia artificial, la transición energética o la biodiversidad están redefiniendo las prioridades de la inversión. ¿Qué tendencias cree que marcarán la agenda de la financiación sostenible en los próximos años?
Creo que serán cuatro. La primera, sin duda, será la transición energética.
Antes de comenzar esta entrevista comentábamos las temperaturas extremas y la recurrencia de las olas de calor que estamos viviendo este verano. Todos sabemos que no se trata de una situación normal. A ello se suma la pérdida de capital natural que estamos experimentando. Por eso, la transformación de sectores enteros de la economía para que sigan siendo competitivos y garanticen la seguridad energética será una de las grandes prioridades.
La segunda tendencia será la resiliencia. La autonomía estratégica, la seguridad de las cadenas de suministro o la protección de infraestructuras críticas tendrán cada vez mayor peso en las decisiones de inversión. Los inversores analizarán con más detalle dónde opera una empresa, cuáles son sus riesgos y cómo está preparada para afrontarlos.
La tercera será la tecnología. La inteligencia artificial abre enormes oportunidades, pero también plantea importantes desafíos sociales y de gobernanza. Encontrar el equilibrio será una constante durante los próximos años.
Y, por último, creo que veremos un creciente interés por la biodiversidad y el capital natural. Todavía son ámbitos relativamente nuevos y complejos, que requieren trabajar estrechamente con científicos y especialistas, pero estoy convencida de que irán ganando protagonismo y ocuparán un papel similar al que tuvo el cambio climático hace una década.
Con su extensa experiencia en el sector financiero, ¿qué cambios considera imprescindibles para que las finanzas sigan siendo una palanca real de transformación social y ambiental?
El primero es la visión a largo plazo. Es un principio clásico de los mercados financieros, pero resulta especialmente importante en el ámbito de la sostenibilidad.
Muchas de las inversiones necesarias para avanzar en la transición energética o en la adaptación al cambio climático no generan resultados inmediatos, pero sí producen beneficios duraderos y absolutamente imprescindibles para la economía y la sociedad.
El segundo gran aspecto es la calidad de los datos. Los inversores necesitan información fiable para comparar oportunidades, medir resultados y evaluar correctamente el comportamiento de sus inversiones.
Y, en tercer lugar, será imprescindible reforzar la colaboración entre el sector público y el privado. La magnitud de la transformación que afrontamos hace necesaria esa cooperación.
Nosotros, por ejemplo, este año hemos lanzado una estrategia de blended finance junto con distintas instituciones y creemos que este tipo de soluciones seguirá creciendo. Cuando innovación, regulación y capital trabajan de forma coordinada, la capacidad para generar impactos positivos se multiplica.
Y, por último, es importante recordar que las finanzas pueden seguir siendo el puente entre el ahorro y las soluciones que la sociedad necesita, porque será necesaria una enorme movilización de inversión para afrontar todos estos retos.
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