La inteligencia artificial promete cambiarlo todo. Como ingeniero informático, empresario y tecnólogo convencido y practicante, el cambio de paradigma es evidente, pero también me resisto a darle el poder a la tecnología. Estamos olvidando la variable más compleja: la persona. He visto nacer y morir tendencias, burbujas y modas. Y siempre ha fracasado lo que no ha tenido en cuenta las necesidades de las personas. Un código puede ser perfecto en su programación, pero si no mejora la vida de los usuarios y profesionales que la ejecutan, es irrelevante.
Así, en el mundo corporativo confundimos la responsabilidad social corporativa con la filantropía cosmética o greenwashing. Sin embargo, esto es una asignatura mucho más urgente y que debe ser tangible. Cuando implementamos un HIS, no instalamos software. Estamos optimizando tiempos de espera en urgencias, dándole minutos extra al profesional sanitario para que dedique a sus pacientes y no para pelearse con la pantalla. Eso es sostenibilidad real. Dotar a las personas de mejoras evidentes, haciendo viable el sistema de bienestar.
Cuando digitalizamos las operaciones de una autoridad portuaria, no movemos más rápido los contenedores. Buscamos la eficiencia energética, la reducción de la huella de carbono y la trazabilidad que hace más limpio el comercio. La tecnología es una aliada fundamental de la ecología solo si se diseñan procesos que la tengan en cuenta desde la primera línea de código.
La transformación digital y la transición ecológica son las dos caras de la misma moneda. Desde su fundación hasta hoy, en Lãberit hemos sumado talento, integrado compañías y, recientemente, incorporado a socios financieros que creen en nuestro proyecto precisamente por eso. Porque, para nosotros, y personalmente para mí, lo más importante es cómo podemos mejorar la vida de todas las personas con los procesos tecnológicos. Al poner en pie cada uno de esos procesos insisto en una idea que, a veces, choca con el modo en que hemos hecho negocio habitualmente: la rentabilidad económica debe ser la consecuencia, nunca el fin único.
Una empresa, y las tecnológicas más si cabe, es la suma del talento individual de las personas que la conforman. No hay cadenas de montaje: tenemos corazones y cerebros. Con ese escenario, nuestra primera responsabilidad es hacia adentro. Crear empleo de calidad, fomentar la formación continua y cuidar la felicidad de nuestros equipos es el reto al que nos enfrentamos ahora los CEOs. No podemos hablar de mejorar la sociedad sin cuidar a nuestra gente. La sostenibilidad empieza en uno mismo.
Crecer, ya sea de la mano de nuestros principales partners IBM y Microsoft, con nuestro equipo interno o con la fortaleza de Nazca, nos da una plataforma mayor. Y eso solo redunda en que tenemos una responsabilidad mayor. Somos más influyentes. Y esa influencia debemos usarla para defender una digitalización ética. Ese es el desafío en el que apoyar la verdadera búsqueda del santo grial tecnológico: el cambio ético y humanista. Sí, apoyado en las tecnologías como la IA, pero siempre con la persona en el centro.
¿Cómo aplicamos la IA en la administración pública sin perder la empatía en el trato al ciudadano? ¿Cómo protegemos los datos de salud de nuestros pacientes con el mismo celo que protegemos nuestras cuentas bancarias? ¿Cómo aseguramos que la brecha digital no deje a nadie atrás en esta nueva revolución industrial?
La respuesta no es la respuesta tecnológica pura, sino los valores. Hay que defender la innovación como herramienta de inclusión. Creer en una tecnología que escucha antes de ejecutar.
Por último, permítanme una reflexión a mis colegas empresarios y también a los futuros egresados universitarios: No os enamoréis de una herramienta. Hacedlo del problema que resuelve y de la persona a la que ayudáis. Eso es transformación digital. Al final del día, cuando solo está en marcha el CPD, lo que queda es lo que hemos sido capaces de hacer por los demás, lo que hemos podido transformar, lo que hemos podido propulsar.


