El debate sobre economía circular en España se ha movido durante años en un terreno fundamentalmente ambiental: gestión de residuos, reciclaje, reducción de plásticos. Ese enfoque ha sido útil para generar conciencia, pero resulta incompleto si se analiza desde la perspectiva de la dirección general. Porque la economía circular, bien entendida, es ante todo una cuestión de competitividad.
El marco regulatorio avanza en esa dirección y conviene prestarle atención. La Ley 7/2022 de Residuos y Suelos Contaminados, la reciente Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario y el Reglamento europeo de Envases y Residuos de Envases (PPWR) configuran un entorno normativo cada vez más exigente para sectores con alto peso en la economía nacional. A esto se suma el II Plan de Acción de Economía Circular (II PAEC), aprobado por el Gobierno con 105 medidas y una inversión pública estimada de aproximadamente 1.885 millones de euros. No se trata de señales aisladas sino de elementos de un sistema regulatorio que se está consolidando y que conviene integrar en la planificación estratégica.
Dónde está la oportunidad económica
Más allá del cumplimiento, la economía circular ofrece palancas de eficiencia operativa que son relevantes para la cuenta de resultados. La reducción del consumo de materias primas, la optimización en la gestión de residuos y la recuperación de energía embebida en procesos productivos son fuentes de ahorro concretas en sectores intensivos en recursos. Para compañías con mayor grado de madurez, pueden abrirse también oportunidades de desarrollo de negocio: modelos basados en servicio, simbiosis industrial o valorización de materiales secundarios. Y, de forma creciente, un buen desempeño circular puede facilitar el acceso a grandes cuentas que incorporan criterios de circularidad en sus procesos de homologación de proveedores.
Conviene ser prudente con el alcance de estas palancas. La eficiencia de costes es probablemente la más tangible y generalizable. El desarrollo de nuevas líneas de negocio depende en mayor medida del sector, la posición en la cadena de valor y la capacidad de inversión. Y el posicionamiento comercial, aunque relevante, responde a tiempos distintos y es más difícil de cuantificar.
Ningún sector está exento, pero la exposición varía
Gran consumo y alimentación se enfrentan al PPWR y a la Ley de Desperdicio Alimentario con implicaciones directas en envases, logística inversa y gestión de excedentes. Hostelería y turismo, un sector con un peso significativo en la economía española, acumula retos en residuos orgánicos, textil de reposición y consumo de agua, con el II PAEC como marco de referencia cada vez más presente. Textil y moda convive con la presión del Reglamento de Diseño Sostenible de Productos y la gestión de residuos textiles post-consumo. Manufactura enfrenta la cuestión de materias primas críticas y el ecodiseño industrial. Y telecomunicaciones, con sus compromisos sectoriales —como los objetivos GSMA 2030—, tiene una exposición creciente en residuos electrónicos y extensión de vida útil de equipos.
Los retos no son idénticos en todos los sectores, pero en ninguno resulta razonable ignorar la evolución del entorno regulatorio y competitivo en esta materia.
Medir bien para gestionar mejor
Aquí reside quizá la brecha más significativa. Existe una distancia apreciable entre la ambición que muchas empresas declaran en sus estrategias de sostenibilidad y su capacidad real de medir el desempeño circular. No se puede mejorar lo que no se mide, y en economía circular la medición sigue siendo una asignatura pendiente para buena parte del tejido empresarial español.
Existen marcos de referencia que permiten avanzar: Circulytics de la Ellen MacArthur Foundation, el Global Circularity Protocol del WBCSD, el Food Loss and Waste Protocol del WRI para alimentación, o los indicadores GSMA para telecomunicaciones. Su adopción en España aún tiene margen de mejora, pero proporcionan un punto de partida estructurado para construir sistemas de medición que alimenten la toma de decisiones.
De iniciativas puntuales a estrategia integrada
Las empresas que han avanzado con más solidez en economía circular comparten un rasgo común: no lo han hecho a base de proyectos aislados, sino con un enfoque estratégico coordinado. Esto implica definir objetivos medibles —alineados, por ejemplo, con el II PAEC y con marcos internacionales—, establecer un modelo de gobierno claro, identificar las dimensiones clave de actuación (producto, operaciones, cadena de valor, fin de vida), priorizar iniciativas por impacto y viabilidad, y buscar alianzas que aporten innovación y capacidad de gestión.
No es un camino sencillo ni inmediato Exige inversión, criterio y capacidad de ejecución. Pero, cuando se aborda con rigor, puede traducirse en una ventaja competitiva tangible. En el fondo, la economía circular habla de algo muy empresarial: gestionar mejor los recursos, reducir exposición a riesgos y aprovechar oportunidades que ya están condicionando el negocio.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial del Medio Ambiente


