Sabemos desde hace décadas que un niño que come bien aprende mejor. Una alimentación suficiente, de calidad y con los nutrientes adecuados mejora la concentración, el rendimiento académico y la permanencia en la escuela. La pregunta incómoda es otra: ¿qué ocurre cuando los hogares dejan de tener recursos para alimentar a sus hijos y la escuela vive esa misma precariedad? ¿Qué se compromete a futuro, y cómo responde un centro educativo que está inserto en la misma realidad que sus estudiantes?
Venezuela es un caso ilustrativo. Desde 2018, Naciones Unidas reconoce en el país una crisis humanitaria compleja, con efectos simultáneos sobre los ingresos, la salud, los servicios y la educación. Desde 2019, Entreculturas trabaja junto a Fe y Alegría Venezuela en la respuesta a esa crisis dentro del sector de Educación en Emergencias, con una estrategia integral que combina nutrición, salud, fortalecimiento docente, mejora de infraestructura y atención psicosocial.
A través de 3 programas financiados por ECHO y otros 3 programas financiados por AECID se ha logrado atender a 34 centros educativos de los 176 que tiene Fe y Alegría Venezuela en las zonas más vulnerables de todo el territorio.
Dentro de esa estrategia, el plato servido tiene un primer propósito evidente: garantizar la asistencia a clases. Un niño o niña con hambre falta a la escuela, o va y no puede aprender. Un comedor escolar funcionando cambia esa ecuación desde la mañana.
Reducir la alimentación escolar a un plato de comida sería quedarse corto. Lo que hemos aprendido es que el comedor cumple, al mismo tiempo, varias funciones. La alimentación escolar protege el derecho a comer, pero también educa sobre cómo alimentarse bien. Los equipos que procesan los alimentos aprenden a gestionar un comedor: diseñar menús, calcular medidas y porciones, elegir alimentos y manipularlos adecuadamente. Cuando el proyecto termina, esas capacidades se quedan en la comunidad.
Esa labor educativa se vincula también con la protección de la infancia. En crisis, la escuela se convierte en un espacio seguro que compensa un entorno debilitado. El comedor es uno de sus lugares más reveladores: allí se observan conductas, ansiedades, cambios de ánimo o señales de alerta que un docente no siempre ve en el aula. Cuando esas observaciones llegan a psicólogos y psicopedagogos, el comedor se vuelve un eje de detección y acompañamiento.
En este espacio también se integra la comunidad: son madres y padres quienes preparan los alimentos. Esa participación fortalece el vínculo entre familia y escuela y hace de la alimentación una tarea compartida, no una donación que llega de fuera.
Hay un componente que suele quedar invisible y que, sin embargo, marca la diferencia: la medición. A través del Programa Niño, Niña y Adolescente Sano, Fe y Alegría evalúa la situación nutricional de cada estudiante. Esos datos permiten al personal escolar tomar decisiones con información y no por intuición.
Cuando un alumno o alumna presenta desnutrición aguda global (GAM), la escuela convoca a la familia para entender qué está pasando y diseña estrategias diferenciadas de atención. Así, la alimentación escolar deja de ser una respuesta uniforme y se convierte en una intervención que reconoce que cada niño llega a la escuela con una historia distinta.
Pero sería un error presentar esto solo como una historia de logros. Los retos son grandes y se incrementan con los efectos de la crisis sísmica que afectó a la zona costera central del país. Muchos comedores dependen de financiamiento de cooperación internacional. La pregunta es cómo transformar una respuesta de emergencia en una política que se mantenga en el tiempo, la cual involucre a las comunidades, el Estado y los centros educativos.
Junto a esa continuidad, está el reto de la calidad de la alimentación: garantizar un plato no es lo mismo que garantizar una alimentación completa y variada, sobre todo cuando los precios incrementan a un ritmo acelerado por la inflación y la disponibilidad de alimentos cambia.
Ese esfuerzo tampoco termina en el comedor, porque lo que el niño come en la escuela no reemplaza lo que ocurre en casa. Sin acompañamiento a los hogares por parte del equipo escolar y los organismos de protección pertinentes, los avances son frágiles.
Cada 16 de octubre, en el Día Mundial de la Alimentación, solemos hablar de hambre y de agricultura. Vale la pena hablar también de escuelas. Un comedor escolar bien gestionado alimenta hoy, educa sobre nutrición, protege a quien lo necesita y fortalece a la comunidad. Es una de las inversiones con mayor retorno que puede hacer un país o una organización en su infancia.
Alimentar para educar es una decisión sobre el futuro que queremos que tengan los niños, niñas y adolescentes que hoy se sientan en las mesas de los comedores escolares.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial de la Alimentación


