Hace apenas dos años, la Comunitat Valenciana vivió uno de los episodios meteorológicos más devastadores de su historia reciente. La DANA de 2024 dejó carreteras anegadas, viviendas destruidas, comunidades enteras inundadas y, sobre todo, cientos de víctimas y personas heridas. Pero hubo un impacto menos visible, que a día de hoy continúa y que merece ocupar un lugar central en la conversación pública: el que sufrieron miles de niños y niñas.
Episodios como este demuestran que la crisis climática ya no es una amenaza futura, es una realidad que afecta al presente de la infancia. Según el Informe de 2025 de Save the Children, ‘Born into the climate crisis 2’, los niños y niñas nacidas en 2020 crecerán en un mundo más expuesto a fenómenos meteorológicos extremos que cualquier generación anterior: En comparación con sus abuelos y abuelas experimentarán de media el doble de incendios forestales, 2,8 veces más crecidas fluviales y pérdidas de cosechas, 2,6 veces más sequías y 6,8 veces más olas de calor a lo largo de su vida.
Solo en nuestro país, cada año registramos más alertas por lluvias torrenciales, tormentas, incendios y episodios de calor extremo. Y la frecuencia y la intensidad de estos fenómenos nos recuerdan que no estamos ante eventos excepcionales ni aislados, sino ante una nueva realidad climática para la que necesitamos prepararnos mejor.
Cuando hablamos de adaptación climática, también hablamos de garantizar que los niños y niñas puedan seguir aprendiendo con normalidad. Cada jornada sin clases, cada escuela dañada y cada interrupción del curso escolar tiene un impacto en el aprendizaje, el bienestar emocional y las oportunidades futuras de la infancia.
Además, no todos los menores afrontan estos riesgos en igualdad de condiciones. Las familias con menos recursos suelen disponer de menos herramientas para recuperarse tras una emergencia, adaptar sus viviendas al calor extremo o asumir los costes derivados de un desastre natural. La crisis climática acentúa las desigualdades existentes. Por eso, proteger a la infancia frente al cambio climático debe incorporar también una mirada social y de equidad.
En este contexto, las alianzas resultan más importantes que nunca. Ninguna organización, administración o empresa puede afrontar sola un desafío de esta magnitud. La respuesta exige una visión compartida y una colaboración sostenida en el tiempo: administraciones que integren la perspectiva de infancia en los planes de emergencia y adaptación; empresas que aceleren sus compromisos ambientales y contribuyan a construir comunidades más resilientes; organizaciones sociales capaces de acompañar a quienes se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad. Y escuchar más a los niños, niñas y adolescentes, porque son quienes convivirán durante más tiempo con las consecuencias.
El Día Internacional contra el Cambio Climático es una oportunidad para crear conciencia sobre la urgente necesidad de afrontar este fenómeno. La experiencia nos ha demostrado que reaccionar cuando llega la emergencia no es suficiente. Debemos anticiparnos, prevenir y construir sistemas capaces de proteger a las personas más vulnerables antes de que las crisis ocurran. Y en esa respuesta, la infancia debe ocupar un lugar prioritario.
Porque proteger a los niños y niñas frente a la crisis climática no es solo una cuestión de sostenibilidad. Es una cuestión de derechos, de justicia intergeneracional y de responsabilidad compartida. El futuro climático se está construyendo hoy, y la manera en que respondamos determinará las oportunidades, la seguridad y el bienestar de las generaciones futuras.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


