Hablar de cambio climático ya no significa hablar exclusivamente de medio ambiente. Implica hablar de competitividad, de disponibilidad de recursos, de resiliencia de las ciudades, de transformación empresarial y, cada vez más, de nuestra capacidad para anticiparnos a un escenario que ya está modificando la forma en la que producimos, consumimos y vivimos.
El Día Internacional contra el Cambio Climático es una buena oportunidad para recordarlo, pero también para plantearnos una pregunta: después de años definiendo compromisos y objetivos, ¿cómo conseguimos convertirlos en transformaciones reales?
Una parte importante de la respuesta está en la economía circular. Durante décadas hemos construido buena parte de nuestro desarrollo sobre un modelo lineal basado en extraer, producir, consumir y desechar. Un esquema difícilmente compatible con un contexto marcado por la presión sobre los recursos naturales y la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Frente a ello, la economía circular propone algo aparentemente sencillo, aunque enormemente complejo de ejecutar: aprovechar mejor los recursos que ya tenemos y mantenerlos durante el mayor tiempo posible dentro del ciclo económico.
Esta transformación tiene una relación directa con la acción climática. Cada material que recuperamos y podemos utilizar de nuevo reduce potencialmente la necesidad de recurrir a materias primas vírgenes. Cada mejora en los procesos de reciclaje y valorización permite aprovechar recursos que, de otro modo, se perderían. Y cada avance en eficiencia contribuye a reducir tanto el consumo de recursos como el impacto asociado a su producción y tratamiento.
Por eso, circularidad y descarbonización no pueden entenderse como dos agendas independientes. Son partes de una misma transformación.
En Urbaser lo vemos a diario. Nuestra actividad parte de una realidad muy concreta: aquello que una sociedad considera residuo puede seguir teniendo valor. Nuestra responsabilidad consiste, precisamente, en encontrar las mejores soluciones para recuperarlo, transformarlo y reincorporarlo al sistema siempre que sea posible.
En 2025 gestionamos más de 29 millones de toneladas de residuos de terceros y recuperamos más de 3,7 millones de toneladas. Además, nuestras instalaciones generaron más de 2.900 GWh de energía, un 56% de ella renovable, y nuestras operaciones contribuyeron a evitar 2,5 millones de toneladas de CO₂ equivalente.
Son cifras relevantes, pero detrás de ellas hay una cuestión todavía más importante. La necesidad de disponer de infraestructuras, tecnología y capacidad de ejecución suficientes para convertir los objetivos de circularidad y descarbonización en resultados.
La transición ecológica no se materializa únicamente con la definición de metas. Requiere plantas capaces de separar y recuperar materiales con mayor precisión; soluciones para convertir residuos orgánicos en biogás y compost; procesos de valorización que permitan producir energía; sistemas de recogida selectiva cada vez más eficaces y tecnologías que ayuden a aprovechar recursos que anteriormente terminaban fuera del ciclo productivo.
Aquí es donde la innovación desempeña un papel determinante. La economía circular es, precisamente, el eje de la estrategia de innovación de Urbaser. Nuestro Plan de Innovación 2024-2028 articula el trabajo de la compañía alrededor de cuatro grandes ámbitos: hacer realidad la economía circular, avanzar en la descarbonización de las operaciones, digitalizar los servicios y las plantas de tratamiento e impulsar una cultura de innovación orientada a resultados.
La digitalización y la inteligencia artificial ya permiten mejorar procesos relacionados con el control de calidad, la evaluación operativa de los servicios urbanos y la trazabilidad de la recogida selectiva. Pero la innovación no debe entenderse como un fin en sí mismo. Su verdadero valor aparece cuando conseguimos aplicarla a problemas concretos y mejorar con ella nuestra capacidad para recuperar recursos, reducir emisiones y prestar servicios más eficientes.
Al mismo tiempo, la acción climática exige actuar sobre nuestra propia huella. En 2025, Urbaser redujo un 11% su intensidad de carbono respecto a 2024, a pesar del crecimiento de su actividad. Ese mismo año seguimos avanzando en nuestra Hoja de Ruta de Descarbonización, que contempla actuaciones relacionadas con la valorización material y energética, la utilización de energía renovable, la producción de materias primas secundarias, la eficiencia de los procesos, la gestión del biogás o la progresiva incorporación de vehículos de bajas emisiones.
Sin embargo, reducir las emisiones constituye solo una parte del desafío. También debemos prepararnos para las consecuencias de un clima que ya está cambiando.
Las compañías tenemos que incorporar la adaptación a nuestra forma de entender la sostenibilidad y la gestión del riesgo. Fenómenos como las sequías, las inundaciones o las olas de calor pueden afectar a infraestructuras, operaciones, trabajadores y comunidades. Anticiparnos a ellos es cada vez más importante para garantizar la continuidad y la calidad de servicios que, en muchos casos, son esenciales para la ciudadanía.
Por ese motivo, en Urbaser integramos medidas de adaptación dentro de nuestro sistema de gestión, con planes de emergencia a nivel de los contratos y protocolos específicos adaptados a los riesgos de cada geografía. En España, por ejemplo, contamos con un protocolo de actuación frente a altas temperaturas y, cuando son legalmente exigibles, planes de autoprotección que contemplan riesgos naturales como incendios o inundaciones. Además, incorporamos soluciones técnicas específicas para reducir la vulnerabilidad de nuestras instalaciones ante episodios climáticos adversos.
También nos obligan a entender la sostenibilidad de una manera diferente. Ya no puede concebirse como una función aislada ni como una sucesión de iniciativas ambientales. Tiene que estar integrada en la estrategia empresarial, en las inversiones, en la innovación, en la gestión de los riesgos y en las decisiones cotidianas de las organizaciones.
En nuestro caso, la sostenibilidad es la piedra angular de nuestro modelo de negocio, con objetivos, métricas y mecanismos específicos de seguimiento. No podría ser de otra manera en una empresa cuya propia actividad está vinculada directamente con la gestión de los recursos y la transformación hacia una economía más circular.
El cambio climático nos obliga a actuar con una perspectiva de largo plazo, pero también con una enorme capacidad de ejecución en el presente. Necesitamos objetivos ambiciosos, desde luego, pero sobre todo necesitamos convertirlos en infraestructuras, innovación, inversión y cambios concretos en nuestra manera de gestionar los recursos.
Porque la transición climática se construye también en acciones aparentemente cotidianas: recuperando un material para que vuelva a utilizarse, aprovechando un residuo para generar energía, optimizando una ruta de recogida o consiguiendo que una planta recupere una fracción que antes se perdía.
El verdadero desafío de los próximos años será conseguir que la sostenibilidad deje de medirse únicamente por nuestros compromisos y empiece a medirse, cada vez más, por nuestra capacidad para hacerlos realidad.
Y, para ello, convertir los residuos de hoy en los recursos de mañana será una parte esencial de la respuesta.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


