Si hablamos de cambio climático desde Acción contra el Hambre es porque la crisis ya está afectando a la capacidad de millones de personas para alimentarse. Nuestro trabajo consiste en combatir el hambre y vemos cada día cómo las sequías, las inundaciones y los fenómenos meteorológicos extremos aumentan la inseguridad alimentaria. La razón es sencilla: nuestra alimentación depende directamente del agua, de la producción agrícola y de la estabilidad de los medios de vida. Cuando estos elementos se ven afectados por la crisis climática, aumenta el riesgo de hambre.
Fenómenos como el de El Niño nos recuerda hasta qué punto esta relación es determinante. Sus alteraciones en los patrones de lluvia y temperatura pueden provocar sequías prolongadas en unas regiones e inundaciones en otras, comprometiendo cosechas, ganado, fuentes de agua e ingresos familiares. Para millones de personas que dependen directamente de la agricultura y de los recursos naturales para sobrevivir, estas alteraciones no son una cuestión meteorológica: son una amenaza directa a su alimentación y a su presente.
Las cifras reflejan la magnitud del problema. 96,1 millones de personas sufrieron altos niveles de inseguridad alimentaria aguda en 18 países donde los fenómenos meteorológicos extremos fueron el principal desencadenante de la crisis alimentaria. Además, según las proyecciones del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, en 45 países las personas que sufren inseguridad alimentaria aguda —es decir, que tienen graves dificultades para conseguir comida suficiente— podrían pasar de unos 225 millones a 274 millones a finales de 2027. Un aumento de más de 49 millones de personas relacionado con las consecuencias de El Niño. Detrás de cada cifra hay familias que pierden sus cosechas, comunidades que ven agotarse sus reservas de agua y personas obligadas a elegir entre reducir sus comidas o destinar sus escasos recursos a otras necesidades básicas.
El hambre es una de las principales consecuencias de la crisis climática. Cuando fallan las lluvias, llegan las inundaciones o se alteran las estaciones, no solo cambia el clima: cambian las posibilidades de alimentarse. Por eso, prevenir el hambre también es acción climática. No podemos combatir la crisis climática sin actuar sobre sus consecuencias humanas, y una de las más urgentes es la falta de acceso a una alimentación suficiente y nutritiva.
Pero esta crisis no afecta a todo el mundo por igual. Las comunidades que menos han contribuido a provocar el cambio climático suelen ser las más expuestas a sus consecuencias y las que cuentan con menos recursos para afrontarlas. Una familia agricultora que pierde su cosecha por una sequía no dispone necesariamente de seguros, ahorros o alternativas para recuperarse. La crisis climática es también una crisis de desigualdad: quienes parten de una situación de mayor vulnerabilidad son quienes más necesitan apoyo para adaptarse.
Sabemos, además, que adaptarse cuesta menos que reconstruir. Invertir hoy en resiliencia, agricultura sostenible, acceso al agua y nutrición permite reducir pérdidas humanas y económicas mañana. Prepararse ante una sequía, diversificar cultivos o disponer de sistemas de alerta temprana puede marcar la diferencia entre una dificultad temporal y una crisis alimentaria. Sin embargo, quienes más necesitan estas medidas son, a menudo, quienes menos recursos tienen para ponerlas en marcha. Prepararse salva vidas, y garantizar que todas las comunidades puedan hacerlo también debe ser una prioridad.
Desde Acción contra el Hambre trabajamos desde la acción, con programas holísticos que conectan la respuesta inmediata con la prevención y la adaptación a largo plazo. Impulsamos una agricultura resiliente, mediante la diversificación de cultivos, la adaptación a las sequías y el uso de semillas resistentes. Mejoramos el acceso al agua y al saneamiento con sistemas de captación, una gestión sostenible de los recursos hídricos e infraestructuras comunitarias. Reforzamos la nutrición, previniendo y tratando la desnutrición, con especial atención a la infancia y a las mujeres embarazadas. Y trabajamos en la preparación ante desastres, desarrollando sistemas de alerta temprana, planes comunitarios de respuesta y acciones para recuperar los medios de vida.
Esta labor se completa con un enfoque geopolítico que analiza la relación entre clima, conflictos y hambre, genera evidencia e impulsa la incidencia política para promover respuestas más eficaces y sostenibles. Porque la solución no es exclusivamente ambiental: también debe ser alimentaria. No habrá una transición climática efectiva mientras millones de personas sigan sin poder cubrir una necesidad tan básica como comer. No puede haber justicia climática sin seguridad alimentaria.
Ante fenómenos como El Niño, necesitamos anticiparnos, fortalecer las capacidades locales y situar a las personas más vulnerables en el centro de las soluciones. Y esta responsabilidad no corresponde únicamente a los gobiernos y a las organizaciones humanitarias. Es una responsabilidad colectiva y también de cada uno de nosotros.
Por eso, hacemos un llamamiento a las empresas para que se impliquen y colaboren. Su capacidad de innovación, sus recursos y su experiencia pueden contribuir a desarrollar soluciones adaptadas a cada contexto, impulsar sistemas alimentarios sostenibles y facilitar que las comunidades más expuestas puedan prepararse ante futuras crisis. A través de alianzas con organizaciones especializadas, las empresas pueden transformar su compromiso climático y social en acciones concretas y medibles contra el hambre.
El Niño nos advierte de los riesgos de un clima cada vez más imprevisible. Nuestra respuesta debe ir más allá de reaccionar cuando llega la emergencia: debemos prepararnos, adaptarnos y proteger el derecho de todas las personas a alimentarse. Combatir el hambre también es combatir la crisis climática. Y hacerlo juntos es una responsabilidad compartida.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


