La sostenibilidad empresarial ha entrado en una nueva etapa. Tras años marcados por la definición de compromisos y objetivos, el reto pasa ahora por integrarla de forma transversal en la estrategia, trasladarla a la toma de decisiones y demostrar con resultados su aportación al negocio.
- En un contexto marcado por la incertidumbre económica y geopolítica, la transformación tecnológica y las crecientes exigencias ambientales y sociales, ¿cuáles son hoy los principales retos de sostenibilidad para las empresas? ¿Ha cambiado el lugar que ocupa la sostenibilidad entre las prioridades de la alta dirección?
- Se habla cada vez más de pasar del compromiso a la integración real de la sostenibilidad en el negocio. ¿Qué significa, en la práctica, incorporar los criterios ESG a la estrategia y a la toma de decisiones? ¿Qué diferencia a las empresas que realmente lo están consiguiendo?
- La tecnología es una herramienta fundamental para avanzar hacia modelos más sostenibles, pero también tiene su propia huella ambiental. ¿Cómo puede contribuir la digitalización —y especialmente la inteligencia artificial— a acelerar la transición sostenible y, al mismo tiempo, gestionar de forma responsable su impacto?
- Los criterios ESG han evolucionado considerablemente en los últimos años, con más regulación, mayores exigencias de medición y también cierto cuestionamiento sobre su utilidad. ¿Estamos entrando en una nueva etapa de ESG, más orientada a demostrar resultados y su aportación al negocio?
- Desde NTT DATA impulsan distintas iniciativas con impacto ambiental y social. ¿Podría compartir algún proyecto o experiencia concreta que refleje cómo se traducen los compromisos de sostenibilidad en actuaciones medibles? ¿Qué aprendizajes han extraído y cómo incorporan esos resultados a las decisiones de la compañía?
- Retos como la descarbonización, la economía circular, la inclusión o la reducción de la brecha digital difícilmente pueden abordarse de manera aislada. ¿Qué papel debe desempeñar la colaboración entre empresas, administraciones públicas y otros agentes? Y, mirando hacia 2030, ¿qué tendrá que cambiar para conseguir un impacto positivo a mayor escala?
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María Jesús Villa, responsable de Sostenibilidad de NTT DATA, aborda en esta entrevista los desafíos que plantea este cambio de enfoque, desde la descarbonización de la cadena de valor y el desarrollo responsable de la inteligencia artificial hasta la diversidad, la inclusión y la necesidad de avanzar con metodologías comparables. También reivindica la colaboración público-privada y el papel tractor de las grandes compañías para incorporar a las pymes a una transformación que, sostiene, solo podrá alcanzar escala si implica a todo el ecosistema empresarial.
En un contexto marcado por la incertidumbre económica y geopolítica, la transformación tecnológica y las crecientes exigencias ambientales y sociales, ¿cuáles son hoy los principales retos de sostenibilidad para las empresas? ¿Ha cambiado el lugar que ocupa la sostenibilidad entre las prioridades de la alta dirección?
No creo que hayan cambiado las prioridades; lo que ha cambiado es la mirada y lo que se exige a los responsables de sostenibilidad. El contexto de los últimos años es completamente diferente y mucho más complejo, pero, afortunadamente, especialmente en Europa, existe ya un nivel de madurez importante en las grandes compañías. Dar marcha atrás no es una opción.
Después de una etapa en la que las empresas hemos hecho públicos nuestros compromisos con la sociedad, ahora se nos exige hacerlos tangibles y vincularlos al valor que aportan al negocio. La sostenibilidad sigue siendo una prioridad, pero tenemos que ser capaces de demostrar ese valor en cada compañía.
Entre los principales retos, desde la perspectiva medioambiental, está la descarbonización de la cadena de valor. Es un desafío que las compañías no podemos abordar solas: necesitamos avanzar todos a la vez. Y, por supuesto, está la inteligencia artificial, que hoy ocupa buena parte de la conversación. El reto es desarrollar una IA justa, que no deje a nadie atrás y que contribuya a reducir las desigualdades en lugar de incrementarlas.
También hay cuestiones relacionadas con los riesgos, los controles y la necesidad de alinear metodologías. Si no trabajamos con criterios comparables, transformar será mucho más difícil. Creo que ahí, junto con la capacidad de demostrar el valor para el negocio, es donde debemos poner el foco.
Se habla cada vez más de pasar del compromiso a la integración real de la sostenibilidad en el negocio. ¿Qué significa, en la práctica, incorporar los criterios ESG a la estrategia y a la toma de decisiones? ¿Qué diferencia a las empresas que realmente lo están consiguiendo?
Estamos en el momento de pasar “de las musas al teatro”. Todos tenemos compromisos; la pregunta ahora es qué hacemos con ellos.
Para mí, el cambio sustancial se produce cuando la sostenibilidad pasa a formar parte realmente de la estrategia y se convierte en algo transversal. Ya no es una cuestión impulsada únicamente desde un área de la compañía, sino un criterio que todas las áreas, de arriba abajo, incorporan a sus decisiones.
Eso significa trasladarla a las operaciones: decidir con quién trabajas, qué proveedores contratas, cómo aportas valor a los clientes o qué ofreces a tus profesionales, también desde el punto de vista del bienestar. En definitiva, se trata de conseguir que todo lo que produce y hace la compañía incorpore ese enfoque.
Ahí es donde se percibe la madurez: cuando la sostenibilidad está integrada en el día a día y en la toma de decisiones de todas las áreas. Y esas decisiones deben ir acompañadas de otra pregunta: “Esto que hago, ¿me hace más competitivo?”.
Ese es, a mi juicio, un elemento diferencial. Haber recorrido ese camino puede convertirse en una ventaja competitiva porque genera impacto en la sociedad, responde también a lo que ofreces a tus profesionales y, en términos económicos, prepara mejor a la compañía para competir.
La tecnología es una herramienta fundamental para avanzar hacia modelos más sostenibles, pero también tiene su propia huella ambiental. ¿Cómo puede contribuir la digitalización —y especialmente la inteligencia artificial— a acelerar la transición sostenible y, al mismo tiempo, gestionar de forma responsable su impacto?
Es un equilibrio complejo, pero la tecnología es claramente un acelerador y, en el caso de la IA, creo que el balance es positivo. En el debate público se está demonizando mucho la inteligencia artificial cuando, en realidad, ya la utilizamos en nuestro día a día y está plenamente integrada. Sin tecnología y sin IA será muy difícil recorrer este camino.
Es un acelerador imprescindible. En nuestro caso, como compañía tecnológica, lo situamos en primer término. Debemos fomentar el uso de la tecnología, pero hacerlo de manera que, desde el momento en que se desarrolla, incorpore criterios éticos y responsables. Volvemos así al reto de no dejar a nadie atrás.
La huella ambiental existe, y un uso mucho más intensivo de la tecnología, tiene impacto. Precisamente por eso se están diseñando soluciones que ya están en el mercado. Dentro del grupo, por ejemplo, los centros de datos necesarios para prestar estos servicios se diseñan con criterios de eficiencia: reducir el consumo de agua, mejorar los sistemas de refrigeración y hacer los procesos más eficientes y sostenibles.
En definitiva, la tecnología es un acelerador de la sostenibilidad. Gracias a ella, y en particular a la IA, podremos hacer procesos mucho más eficientes.
Los criterios ESG han evolucionado considerablemente en los últimos años, con más regulación, mayores exigencias de medición y también cierto cuestionamiento sobre su utilidad. ¿Estamos entrando en una nueva etapa de ESG, más orientada a demostrar resultados y su aportación al negocio?
Sí, definitivamente. Como venimos comentando, la cuestión ahora es cómo generamos valor. Las compañías tienen que poder ver que la sostenibilidad también ha contribuido a sus resultados.
En las grandes empresas existe ya un grado importante de madurez, pero tenemos además el reto de ayudar a las pymes, especialmente en España, donde representan una parte fundamental del tejido empresarial.
Tenemos que ser capaces de rediseñar procesos, cada compañía a su nivel y de acuerdo con su sector, y trasladar ese valor a todo el ecosistema en el que trabajamos. Y debemos demostrar con resultados que alcanzamos los objetivos e indicadores que nos hemos fijado, que transformamos nuestras organizaciones y que avanzamos hacia modelos más sostenibles.
Ese es el momento en el que estamos: ya no basta con medir. La regulación también se está ajustando, pero necesitamos alinear metodologías para que todos seamos capaces de medir con criterios comparables. De lo contrario, será muy complicado avanzar. Hemos llegado a una etapa de madurez que nos exige ir un paso más allá.
Desde NTT DATA impulsan distintas iniciativas con impacto ambiental y social. ¿Podría compartir algún proyecto o experiencia concreta que refleje cómo se traducen los compromisos de sostenibilidad en actuaciones medibles? ¿Qué aprendizajes han extraído y cómo incorporan esos resultados a las decisiones de la compañía?
Desde el punto de vista medioambiental, más allá de contar con edificios inteligentes y energía renovable, uno de los ámbitos en los que todavía podemos actuar es, por ejemplo, la flota y la manera de ayudar a nuestros profesionales a utilizar un transporte más sostenible. Hemos desarrollado distintas actuaciones, siempre teniendo en cuenta cada contexto y trabajando de forma coordinada con las diferentes áreas. En materia medioambiental, estamos alineados con los compromisos del grupo para reducir nuestra huella.
Pero, precisamente porque somos una compañía de personas donde el talento está en el centro, para nosotros es especialmente relevante lo que ocurre con nuestros profesionales. Pondría dos ejemplos relacionados con diversidad e inclusión, ámbitos en los que llevamos tiempo trabajando y de los que hemos obtenido resultados y aprendizajes.
Como compañía tecnológica, tenemos desde hace años el reto de incorporar a más mujeres. Creemos que la diversidad suma y que los equipos diversos son más innovadores y competitivos. Nos hemos fijado objetivos muy concretos para avanzar, aun en un contexto en el que la presencia de mujeres en disciplinas STEM continúa siendo baja. Estamos evolucionando en la buena dirección e incrementando el número de mujeres.
Uno de los principales aprendizajes es que no basta con proponérselo o con actuar únicamente cuando llega un currículo. Hay que revisar todo el proceso y analizarlo de manera continua: la contratación, las promociones, las conversaciones y las evaluaciones. También ha sido muy relevante convertir la diversidad en un asunto permanente del comité de dirección. La analizamos de forma recurrente y la utilizamos como una herramienta de gestión.
Otro ejemplo es la inclusión de personas con discapacidad. Analizamos por qué no estábamos incrementando su presencia. Sabemos que existe una exigencia legal del 2 %, pero nuestro objetivo va más allá del cumplimiento normativo: queremos conseguir que más personas con discapacidad trabajen con nosotros porque creemos que contribuyen a esa diversidad que nos hace mejores como sociedad.
Al principio seguimos un enfoque habitual, incorporando personas en posiciones muy concretas, y vimos que el margen de crecimiento era limitado. Decidimos entonces darle la vuelta: en lugar de concentrar esas incorporaciones en puestos de soporte, empezamos a integrarlas en las distintas áreas de negocio.
Eso implica dificultades, porque no se trata únicamente de incorporar a una persona. También hay que preparar a los equipos para trabajar juntos y realizar los cambios necesarios. En algunos casos supone adaptar puestos y, en otros, adoptar medidas que les ayuden a desarrollar su carrera profesional.
Los resultados han sido muy relevantes para nosotros: hemos pasado de alrededor de un 1 % de personas con discapacidad en la compañía a un 1,6 %, mediante incorporación orgánica, es decir, personas integradas directamente en el negocio y no a través de medidas alternativas de compensación. Y seguimos aprendiendo: cuando algo no funciona, hay que analizar por qué, volver atrás y replantearlo.
Retos como la descarbonización, la economía circular, la inclusión o la reducción de la brecha digital difícilmente pueden abordarse de manera aislada. ¿Qué papel debe desempeñar la colaboración entre empresas, administraciones públicas y otros agentes? Y, mirando hacia 2030, ¿qué tendrá que cambiar para conseguir un impacto positivo a mayor escala?
La colaboración público-privada es fundamental. Escalar de manera individual es muy complicado, especialmente cuando hablamos de retos que afectan a toda la cadena de valor. Aunque cada compañía tenga sus propios compromisos y avance internamente, necesitamos trabajar de manera conjunta si queremos conseguir un cambio significativo.
Tenemos que poner el foco en los retos que queremos abordar como país y afrontarlos juntos, con metodologías compartidas. Si no utilizamos herramientas comparables ni nos fijamos objetivos comunes, avanzar será mucho más difícil.
Creo que existe voluntad. Lo vemos en muchos foros: las compañías hablamos de estos retos, compartimos experiencias e incluso desarrollamos proyectos con empresas que pueden ser competidoras y con otros colaboradores. Existe una preocupación común por avanzar, pero para hacerlo necesitamos innovación, inversión y cambios.
Y tenemos otro desafío: incorporar a las pymes a este proceso. Las grandes empresas podemos ejercer un efecto tractor, pero necesitamos que ese ecosistema —del que forman parte muchos de nuestros proveedores— tenga capacidad para avanzar con nosotros. Podemos ser muy exigentes y haber alcanzado un alto grado de madurez, pero debemos ser capaces de ayudar e impulsar a las pymes. En un país con un tejido empresarial como el español, avanzar sin ellas sería muy difícil. La responsabilidad de las grandes compañías es traccionar, pero necesitamos sumar foco, innovación, voluntad y avanzar todos en la misma dirección.
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