Cada 24 de octubre, con motivo del Día Internacional contra el Cambio Climático, volvemos la mirada hacia una realidad que ya no pertenece al futuro. Sequías prolongadas, lluvias extremas e incendios forestales cada vez más difíciles de controlar nos recuerdan que la crisis climática no es una amenaza lejana: forma parte de nuestro presente.
Durante años, buena parte del debate empresarial se articuló en torno a una pregunta: ¿cómo puede afectar la crisis climática a nuestra organización? De ella surgieron análisis de riesgos, escenarios regulatorios, evaluaciones financieras y planes de adaptación.
Esa pregunta sigue siendo imprescindible, pero ya no basta. La evolución de la sostenibilidad empresarial nos obliga a formular también la cuestión inversa: ¿cómo afecta nuestra organización al clima?
El cambio de perspectiva es profundo. Pasamos de observar únicamente las consecuencias que sufrimos a reconocer también las que generamos. Y asumimos que las empresas no somos meras espectadoras de la transición climática, sino actores con capacidad para acelerarla, frenarla y orientarla.
Ahí reside el verdadero valor de la doble materialidad.
Con frecuencia la presentamos como una metodología o como una exigencia vinculada a los estándares de información sobre sostenibilidad. Sin embargo, encierra una idea mucho más poderosa: nuestras decisiones producen efectos sobre sistemas ambientales y sociales que desbordan el perímetro de la organización.
En este punto resulta especialmente sugerente recuperar el pensamiento de Donna Haraway.
En su obra Seguir con el problema, la filósofa y bióloga estadounidense cuestiona una de las grandes ficciones de la modernidad: la idea de que los seres humanos podemos situarnos fuera de la naturaleza y observarla desde una posición de control. Frente a ello, propone entendernos como parte de una compleja red de relaciones e interdependencias.
Su planteamiento puede resumirse en la idea de que no existe un “afuera”.
No hay un clima separado de nuestras decisiones económicas. No hay una naturaleza independiente de nuestros modelos de producción y consumo. No hay emisiones que desaparezcan una vez emitidas ni impactos que queden perimetrados en el lugar donde se producen.
Todo está conectado.
Durante décadas hemos hablado de emisiones, externalidades y huellas ambientales como si fueran efectos secundarios de la actividad económica. La doble materialidad nos obliga a reconocer lo contrario: esos impactos no son periféricos. Forman parte del modo en que las empresas crean valor y condicionan el futuro de los territorios y las comunidades con los que se relacionan.
Esta nueva perspectiva resulta especialmente relevante en la lucha contra el calentamiento global.
La cuestión no está únicamente en evaluar cuánto pueden afectarnos las alteraciones del clima. También debemos preguntarnos de qué manera nuestras operaciones, inversiones, productos, servicios y cadenas de suministro contribuyen a acelerar o mitigar esas alteraciones.
La diferencia entre ambas aproximaciones es la que existe entre prepararse para un impacto y asumir la responsabilidad de reducirlo.
Porque cuando analizamos exclusivamente cómo nos afecta el cambio climático corremos el riesgo de situarnos en el papel de víctimas de un fenómeno externo. Sin embargo, cuando examinamos nuestros impactos sobre el planeta, asumimos nuestra condición de agentes capaces de influir en el resultado colectivo.
No es un enfoque cómodo. Obliga a revisar decisiones estratégicas, cuestionar inercias y medir con honestidad las consecuencias de nuestras actividades.
Pero también abre una oportunidad: comprender que la competitividad futura dependerá, cada vez más, de nuestra capacidad para generar valor reduciendo al mismo tiempo la contribución a la crisis climática.
Haraway plantea que necesitamos aprender a “seguir con el problema”. No porque debamos resignarnos, sino porque los grandes desafíos de nuestro tiempo carecen de soluciones simples e
nto Público de Enusa
inmediatas. Exigen compromiso sostenido, cooperación y voluntad de actuar incluso cuando no disponemos de todas las respuestas.
Quizá esa sea también la principal enseñanza de la doble materialidad: no podemos limitarnos a describir el problema; debemos identificar el lugar que ocupamos en él y actuar en consecuencia.
La emergencia climática no ocurre fuera de nuestras organizaciones, ni puede delegarse exclusivamente en los gobiernos o en la tecnología. Es una realidad que contribuimos a construir y cuya respuesta dependerá de nuestra capacidad para reconocer responsabilidades, cooperar y convertir los compromisos en decisiones concretas.
En este Día Internacional contra el Cambio Climático, la pregunta verdaderamente transformadora no es solo qué futuro nos espera, sino qué papel estamos desempeñando para construirlo.
Porque la sostenibilidad empieza cuando dejamos de contemplar el problema desde “afuera”, aceptamos que formamos parte de él y decidimos formar parte también de la solución.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


