Hace ya algunos años, así como de pronto, caímos en la cuenta de que los números tal vez no eran lo más importante. Aquel descubrimiento nos pareció una revolución. Y de manera voluntarista y militante apostamos por querer ser de otra pasta, por querer otras cosas, por vernos de otra forma, por tratar de ser mejores pero con mayúscula. Y empezamos a incorporar a nuestras intenciones todo un elenco de cosas hermosas bien vertebradas para, efectivamente, avalar lo absurdo de caer en pensar que todo lo esencial lo marca solo el balance de resultados.
Todo ese ejercicio de voluntad adicional y digna, en donde hablamos de corresponsabilidad, de sostenibilidad, de compromiso social, de gobernanza transparente, de solidaridad con el futuro, poco a poco han ido ocupando espacio en nuestra cabeza, en nuestras maneras, y en no poco caso nuestras acciones. Han servido para redactar párrafos y párrafos, llenar de textos los anaqueles, y desdibujar contabilidades académicas. Nos hemos embarcado en llevar todo ello a la práctica, y nos hemos acorazado de ejemplos y casos piloto con rostros sonrientes en donde explicitar que realmente las cosas estaban cambiando. Muchos no han regateado esfuerzos en ello. A bastantes les debemos demasiadas cosas para no hacer aquí una mínima referencia. Poco a poco las premisas de la nueva cultura empresarial han cobrado volumen y espacio en los comités de dirección, en los consejos de administración, en las planificaciones y los planes, y en el tiempo de nuestras agendas. Algunos incluso podemos llegar a pensar que lo estamos consiguiendo.
Y, sin embargo, a la hora de la verdad, cuando llega el momento de la realidad descarnada, los números siguen estando ahí, siguen condicionando todo. Es más, incluso una quisiera percibir sin desear percibirlo, un viento contumaz de ultimísimas nuevas formas, que no son nada más que los viejos errores revisitados, que pretenden orillar, salpicando nuestro esfuerzo con epítetos de complejidad, falta de realismo, indefinición, cuando no con descalificaciones toscas e inaceptables. Nos empieza a gobernar de nuevo una cierta sensación de que retornamos a buscar el abrigo en los resultados, el soporte en la sola economía, la confortabilidad en el tanto por cierto como argumento para justificar casi todo.
Por eso tal vez ahora es más necesario que nunca mantener el esfuerzo y la actitud. Y renunciar a querer ver las cosas con esas siempre viejas gafas de lo inmediato que parecen querer ponernos por delante. La construcción social es algo más que una suma de vocaciones individuales desbocadas. La dignidad social no se eleva sobre la zapata del beneficio particular sino del de la voluntad colectiva por crear un mundo mejor. Una sociedad decente no es el sumando de los resultados de los proyectos individuales sino el agregado de la capacidad conjunta por construir algo válido para todos. El entender que hay elementos comunes más allá de lo inmediato que nos identifican y con los que nos identificamos, el aceptar que la libertad individual solo es posible en un marco de responsabilidad y libertad colectiva, el avanzar no dejando a nadie de lado, más allá de su devenir, sus éxitos o sus fracasos, el respeto a la forma de pensar y de ser, la aceptación de la diferencia como singularidad creativa, la apuesta por que todos tengan su sitio, tiene que seguir formando parte de nuestro argumentario y de nuestra vocación.
El mundo, sin crecer, se nos ha hecho pequeño. Cada día asistimos a la realidad de la intercomunicación. Continuamente nos salpican miles de cosas que aparecen en los lugares más alejados. La era digital ha hecho que nuestra voz se pueda oír en todas partes, y que nuestros actos se puedan ver desde cualquier sitio. Por eso es el momento de apostar por ser ejemplares. De predicar con el ejemplo. Y de no aceptar sumisamente que el futuro pueda ser peor que el pasado. Es el momento de volver a entender que, aunque muchos mundos son posibles no todos son decentes, y que la empresa, que toda empresa, es una parte de esa construcción de sensibilidad para todos y con todos. Reforcemos los argumentos, doblemos la apuesta, expresemos con la voz y la acción todo lo que pensamos y lo que queremos construir. No se trata de seguir solo apostando y apuntalando, se trata de forzar definitivamente el rumbo y entender que no es que no haya otro camino, que no hay razón ni otra ética, como para que le dediquemos un segundo de vacilación.


