La transformación social comienza cuando identificamos y trabajamos sobre las necesidades reales de la sociedad. En este punto añadir y destacar otra premisa clara, la economía social es rentable y competitiva, y además parte con una ventaja diferencial. Es una economía nacida para poner la actividad económica y su rentabilidad al servicio de la sociedad.
Aporta, además, algo especialmente relevante: contribuye a que el impacto no se defina únicamente desde quien aporta el capital, sino también desde quienes conocen la realidad social y trabajan directamente sobre ella. Esto es importante desde la perspectiva social, pero también desde un concepto de competitividad que, en momentos complejos y de incertidumbre, necesita combinar resiliencia, estabilidad y cohesión con flexibilidad, innovación y retorno. Ambas dimensiones conviven en la economía social: una competitividad al servicio de la sociedad.
Por ello, la colaboración entre la inversión de impacto —pública y privada—, la economía social y el tercer sector debe seguir avanzando. La diversidad de la economía social multiplica, además, las posibilidades. Esa heterogeneidad permite desempeñar distintos papeles dentro del ecosistema: receptores de financiación, inversores, coinversores, garantes, catalizadores, diseñadores y ejecutores de proyectos, proveedores de asistencia técnica o evaluadores de impacto.
Las necesidades crecen, cambian y son cada vez más complejas, por lo que debemos ser capaces de atraer más capital hacia el impacto. Del mismo modo que una empresa de economía social debe encontrar la estructura financiera óptima para maximizar su misión, también desde el sector de inversión de impacto, debemos preguntarnos cuál es la estructura de inversión más adecuada para alcanzar el mejor impacto social posible. Para esa reflexión, importa de dónde procede el capital, dónde se invierte, cómo se utiliza, quién participa en las decisiones y cómo se priorizan las inversiones, evitando distorsiones y buscando coherencia con el mapa de necesidades reales de la sociedad.
Colaborar significa trabajar conjuntamente para alcanzar un resultado que ninguna de las partes conseguiría de la misma manera por separado. Y eso exige superar barreras desde ambos lados, por unos y por otros, como la falta de garantías o la limitada comprensión de los modelos de economía social por parte del sistema financiero conviven, en ocasiones, con un conocimiento todavía insuficiente de los instrumentos de inversión de impacto dentro del propio sector de la economía social. Pero si algo nos une es o debería ser el objetivo de que con nuestro trabajo seamos capaces de multiplicar el impacto de social de calidad
Superar estas barreras no significa que todo puede generar retorno financiero. Cuando hablamos de derechos humanos, igualdad de oportunidades o atención a las personas más vulnerables, nuestra respuesta no puede depender siempre de que haya una rentabilidad económica asociada.
Dicho esto, hay dos cuestiones muy claras: Esta colaboración debe traducirse también en un compromiso por parte de los inversores de impacto. La relación y la exigencia tienen que ser mutuas: no se puede pedir a la economía social que se adapte mientras la inversión de impacto mantiene, en muchos casos, retornos excesivamente elevados y condiciones de acceso complejas. Si para una entidad de economía social resulta más sencillo o rentable acudir a un préstamo convencional que a un fondo de inversión de impacto, será difícil que apueste por este tipo de financiación. La inversión de impacto también debe hacerse atractiva y accesible para la economía social.
Al mismo tiempo, la inversión de impacto puede desempeñar un papel fundamental en el crecimiento y modernización del sector de la economía social, facilitando inversiones en innovación, digitalización, nuevas tecnologías e inteligencia artificial al ritmo que exige la transformación del mercado. Por ello, no debería centrarse únicamente en instrumentos vinculados a la eficiencia como el pago por resultados, sino incorporar también fórmulas de financiación con una visión de medio y largo plazo que permitan reforzar la capacidad, competitividad e innovación de las entidades de economía social.
Para avanzar en este sentido la colaboración entre el sector público, privado y la economía social es esencial. Este es precisamente uno de los grandes valores y retos de SpainNAB: construir un verdadero ecosistema de impacto, en el que inversores, administraciones públicas, economía social y tercer sector compartamos conocimiento, responsabilidades y capacidad de decisión. De poco sirve atraer capital si este no encuentra proyectos de calidad en los que invertir.
El Grupo Social ONCE ofrece un buen ejemplo de este modelo híbrido. Fundación ONCE, combina subvenciones y filantropía con financiación europea —especialmente a través del Fondo Social Europeo—, inversión relacionada con la misión mediante ILUNION, emprendimiento, venture philanthropy, alianzas empresariales e inversión de impacto. El objetivo es construir una estructura de financiación que te permita cumplir de la mejor manera posible tu misión.
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