El 8 de marzo es un momento para recordar y visibilizar las desigualdades que persisten. Desde luego, hemos avanzado en derechos y en marcos normativos. Sin embargo, las violencias machistas siguen atravesando la vida de millones de mujeres y continúan teniendo un impacto profundo en su salud física, emocional y social. La igualdad real no se alcanza solo con leyes: necesita comunidades activas, corresponsables y comprometidas con el cuidado.
Las violencias contra las mujeres no son un asunto privado ni individual. Son una cuestión estructural que se sostiene en desigualdades históricas y que afecta al conjunto de la sociedad. Cuando una mujer vive violencia, se resiente su entorno familiar, social y comunitario. Se resienten los vínculos, la confianza y el bienestar colectivo. Por eso, la prevención no puede limitarse a la intervención cuando el daño ya está hecho. Requiere un trabajo previo, constante y compartido.
Desde Farmamundi estamos convencidas de que para avanzar hacia una vida libre de violencias necesitamos fortalecer la salud comunitaria y activar los recursos que ya existen en nuestros barrios y pueblos. Por eso impulsamos el proyecto ‘Paseos contra las violencias machistas’ en Aragón, Extremadura y Andalucía, gracias a la financiación del Ministerio de Igualdad.
La salud comunitaria entiende que el bienestar no depende únicamente de servicios sanitarios o recursos especializados, sino también de la calidad de nuestras relaciones, del apoyo mutuo y de la capacidad de una comunidad para detectar, acompañar y transformar situaciones de vulnerabilidad. En este enfoque, prevenir la violencia implica tejer red.
Los paseos contra las violencias son una metodología participativa que combina formación y reflexión en el espacio público. Caminar juntas se convierte en una herramienta pedagógica y simbólica. Durante los recorridos se abordan conceptos clave sobre género y violencias, se analizan sus causas estructurales —especialmente en contextos de mayor vulnerabilidad— y se identifican recursos institucionales y comunitarios que pueden ofrecer apoyo y protección.
Pero el verdadero potencial de estos paseos está en el proceso. Caminar permite generar confianza, abrir conversaciones que a menudo resultan difíciles y reconocer experiencias compartidas. Permite pasar del “yo” al “nosotras”, comprender que lo que muchas veces se vive como un problema individual tiene raíces colectivas y, por tanto, soluciones colectivas.
La lucha contra las violencias no puede recaer exclusivamente en quienes las sufren. Necesita implicación social amplia. Necesita hombres que revisen privilegios y actitudes, instituciones y empresas que garanticen recursos accesibles y entornos comunitarios que no miren hacia otro lado. La corresponsabilidad es un pilar imprescindible en el camino hacia la igualdad.
En un contexto en el que a veces el debate público se polariza y simplifica, reivindicar los procesos comunitarios puede parecer poco visible. Sin embargo, son precisamente estos procesos —lentos, dialogados y sostenidos en el tiempo— los que generan cambios profundos. Caminar juntas, escucharnos y asumir responsabilidades compartidas es una estrategia de transformación social.


