Hace unos días, en mi club de lectura compuesto por 15 maravillosas mujeres, madres de familia y grandes profesionales, me vi en una conversación que encaja especialmente bien con el Día Internacional de la Mujer. Estábamos comentando “Las cárceles que elegimos” de Doris Lessing, premio Nobel de Literatura, y aunque no estoy de acuerdo con todos sus planteamientos, hubo una idea que me gustó y se me quedó dentro: hablaba de la importancia de mantener vivo internamente nuestro propio ser y nuestro propio pensamiento individual y de buscar siempre preservar nuestras facultades críticas intactas mirando la realidad que nos rodea con un pensamiento crítico. Y que, para conseguir esto, era necesario escudriñar el mundo actual con cierto desapego. No un desapego frío, ni desinterés, sino con la capacidad de tomar distancia para mirar con claridad.
Esa distancia es importante cuando hablamos de igualdad. A menudo el debate se vive como un combate, y uno de los frentes más intensos es la aparente oposición entre ser madre y la alta responsabilidad profesional. Como si fueran realidades incompatibles. Como si una mujer tuviera que elegir entre dos identidades, y como si esa elección definiera su valor. Yo no creo que debamos aceptar ese marco, porque transforma la vida en un juicio permanente e inmutable. Y, además, añade un estrés innecesario: la sensación de que, elijas lo que elijas, estás fallando en algo.
Es cierto que ha habido avances. Se han ampliado oportunidades, han cambiado expectativas, y hoy vemos a más mujeres en espacios que antes estaban cerrados para ellas. Pero el reto ya no es solo de acceso, sino también estamos ante un reto cultural y emocional: cómo contamos la vida de una mujer, y cuánta presión ponemos sobre cada etapa. La igualdad no es únicamente llegar a puestos o conquistar metas. También es poder transitar distintas fases sin culpa y sin castigo, con libertad para redefinir prioridades y entendiendo el valor de poder pasar por cada una de estas etapas.
Me gusta pensar en la vida como si fuera un jarrón en el que caben dos o tres piedras grandes a la vez y otras más pequeñas. Durante un tiempo, tus piedras pueden ser la familia, la salud y la estabilidad. En otro momento, pueden ser la carrera, nuestra necesidad de querer influir al mundo de manera concreta y el crecimiento. Y a veces hay que sacar una piedra para meter otra. Nada más. Eso no significa rendirse, ni traicionarse, ni “elegir mal”. Significa vivir con realismo, sin convertir cada decisión en una guerra interna.
Ojalá sepamos transformar esas horas de ansiedad vital ante la perspectiva de un constante combate donde “tengo que elegir” o “tengo que renunciar” por una oportunidad para cultivar nuestra sabiduría y serenidad. Para transformar la tensión por una mirada más serena, civilizada y humana.
Y ante la pregunta de ¿Cómo consigo interpretar el mundo que me rodea desde una visión más libre, más serena, menos combatiente y más objetiva? Doris Lessing nos da de nuevo la clave. Ella habla de una élite entendida no como privilegio, sino como una actitud de exigencia personal a la que podemos llegar tú y yo y cualquier persona que quiera. No se trata de tener que encajar en un contexto o paradigma cultural o social concreto, pero sí que supone un firme compromiso con uno mismo de que no se va a conformar con el conocimiento actual que uno tiene. Sino que acudirá, con inquietud y deseo de aprender, a esas ciencias que cada vez están menos de moda, pero que tanto nos ayudan a conocer el comportamiento humano, como son la historia o la literatura o incluso la psicología que amplían el horizonte y nos recuerdan que el progreso no se mide solo por el ruido del conflicto, sino también por la calidad de nuestra comprensión. Si el Día Internacional de la Mujer habla de camino, quizá el siguiente paso sea recorrerlo con más calma y menos miedo a tener que elegir una sola forma de ser para siempre.


