Eso del orgullo de ser mujer, de lo que nos ha costado llegar hasta aquí, de lo que nos queda por conquistar, está muy bien, pero ¿y cómo nos va?
Esta mañana, al llegar al trabajo, me he cruzado en el ascensor con una compañera del departamento de compras y con mi nueva directora general, dos mujeres, generación Z. Mirándolas me he preguntado a cuál de las dos me gustaría parecerme de mayor: la primera lleva vaqueros, americana, pañuelo al cuello, mochila con ordenador a cuestas, zapatillas y una botellita de agua reutilizable. La otra, falda tubo por debajo de la rodilla, camisa abierta, bolso grande demasiado pesado, muy pesado, abrigo y botas altas de tacón. Y teléfono en mano, por supuesto.
En ese momento se ha abierto el ascensor y se ha incorporado a nuestro pequeño grupo una milenial ajetreada que, dando indicaciones con el móvil sujeto por el cuello mientras cerraba la cremallera de un bolso enorme donde se adivinaban toallitas, paquetitos de fruta y la agenda, llegaba tarde a una reunión por Teams.
En el sexto piso, con cara de despistada, ha subido una joven de un casual urbano perfectamente estudiado, o no, de mochila y zapatillas de gustar, con cara de venir a este edificio de coworking a una entrevista de trabajo.
Cualquiera de ellas representa a un montón de nosotras. Hoy ser mujer significa tener la oportunidad de llegar a ser quien realmente quieras ser. Pero eso no significa que las cosas sucedan simplemente por pertenecer a un género, significa que, al haber nacido mujer en el S. XXI, tienes la posibilidad de aceptar el reto de convertirte en algo más.
Volvamos a la escena, ¿quién crees que lo tiene más fácil? Si observamos un poco más allá de lo que se ve en sus fachadas, fácil, lo que se dice fácil, ninguna de ellas.
A la directiva de la falda tubo se le ha escapado la vida demostrándole al mundo que está ahí por lo que es capaz, que nadie le ha regalado nada.
La de los vaqueros vive disfrutando, de su trabajo, de su gimnasio, de sus hijos adolescentes, de las amigas, incluso del dolor. Pero si crees que su vida es plácida porque sabe quedar bien, te equivocas, superó un cáncer que ya olvidó, salvo cuando llega la revisión cada seis meses.
La del móvil ajetreado no sabe si reír o llorar: eso de la multiplicidad se lleva con orgullo, pero con mucho estrés.
Y la joven con cara de comerse el mundo, viene con la lacra actual de tener que sacrificar independencia por espacio vital a costa de compartir alquiler.
¿Y yo? ¿quién soy yo? Te diría que soy la que las mira y se siente tremendamente orgullosa de cada una de ellas, pero también soy la que no baja la guardia. La que piensa que hemos andado mucho, pero queda muchísimo por hacer. La que se imagina trabajos sin brecha salarial, casas donde se colabore de manera natural, niñas ingenieras y niños ingenieros por igual. Donde lo importante sea decidir en libertad quién eres y llegar a ser quien aspiras a ser.
Ser mujer sigue siendo pelear en el barro con un brazo atado detrás.
Yo te diré para quien es fácil: para ninguna. Pero, aun así, todas buscan su lugar en el mundo y seguro que también su espacio interior. Su espíritu crítico.
Y ese es el reto del 8 de marzo de 2026: recordarnos que lo más estratégico y revolucionario que puede hacer una mujer es saber pensar y hacerlo bien.
Las niñas que ahora crecen podrán disfrutar de un mundo dónde la igualdad de oportunidades, derechos y deberes si trabajamos por darles un lugar mejor. Es nuestro deber. Y nuestra libertad. El mundo es de las mujeres, el poder todavía está en manos de demasiados hombres.
Esperemos que días como el de hoy sean más que un slogan, y que el de este año sea: “Mujer, el mundo es tuyo. Hazlo crecer”


