Utilizamos a diario tantas palabras como “verde”, “sostenibilidad” o “renovable” que, a fuerza de repetirlas, corremos el riesgo de vaciarlas de significado. Se han convertido en parte del vocabulario habitual de empresas, instituciones y ciudadanos, hasta el punto de que a veces parecen más una obligación discursiva que una verdadera declaración de intenciones. Sin embargo, ahora más que nunca, necesitamos seguir utilizándolas. Y, sobre todo, hacerlo con sentido. Porque si dejamos de insistir en la importancia de combatir el cambio climático, alguien se encargará de que, de manera súbita, dejemos de escuchar hablar de él de un día para otro.
No faltan motivos para sentir que vivimos tiempos convulsos. La incertidumbre económica, las tensiones geopolíticas, los conflictos internacionales y la presión sobre el coste de la vida ocupan un lugar prioritario en las preocupaciones de nuestras sociedades. En España y en el conjunto de Europa, las urgencias cotidianas reclaman respuestas inmediatas. En semejante contexto, hablar de sostenibilidad puede parecer, a ojos de algunos, un lujo que no siempre podemos permitirnos.
Pero es precisamente ahora cuando debemos recordar que la lucha contra el cambio climático no compite con la seguridad, la prosperidad o el bienestar social: forma parte de ellos.
Una cuestión de seguridad y competitividad
Las sucesivas crisis energéticas han demostrado hasta qué punto nuestras economías están expuestas a las dependencias exteriores y a la volatilidad de los mercados internacionales. Cuando se tensionan los suministros o se disparan los precios, las consecuencias llegan a los hogares, a las industrias y a las administraciones públicas. Reducir esa vulnerabilidad exige diversificar las fuentes de energía, mejorar la eficiencia y aprovechar los recursos disponibles en nuestros propios territorios.
La transición ecológica tiene, por tanto, una dimensión económica y estratégica que no debemos perder de vista. Invertir en energías renovables, almacenamiento, eficiencia energética, economía circular o gases renovables no responde únicamente a una motivación ambiental. También permite desarrollar nuevas capacidades industriales, reducir determinadas dependencias y generar oportunidades de negocio y empleo.
La rentabilidad de estas inversiones debe analizarse con una perspectiva amplia, que contemple no solo los costes inmediatos, sino también la exposición futura a los precios de la energía, los riesgos climáticos, las exigencias regulatorias y la transformación de los mercados. No se trata de afirmar que toda inversión verde es rentable por definición de manera inmediata, sino de reconocer que ignorar los riesgos de la transición puede tener un coste económico creciente y muy real.
En Europa, además, la dirección está marcada. La legislación climática comunitaria establece objetivos vinculantes de reducción de emisiones para 2030 y 2040 y mantiene la neutralidad climática como horizonte para 2050. Estas metas son una señal para los gobiernos, pero también para las empresas y los inversores: transformar los modelos productivos ya no es una cuestión periférica, sino una condición para competir en la economía que estamos construyendo.
La ciencia no entiende de treguas
Más allá de la coyuntura económica y política, la evidencia científica nos recuerda por qué no podemos permitirnos bajar la guardia. El Planetary Health Check 2026, una evaluación científica del estado del planeta, concluye que siete de los nueve límites planetarios identificados por la ciencia han sido transgredidos. Entre ellos se encuentra el del cambio climático, cuyo deterioro incrementa los riesgos para los ecosistemas, la salud, la producción de alimentos, el agua y la estabilidad económica.
El informe también advierte de una cuestión especialmente relevante: la capacidad de los ecosistemas terrestres para absorber carbono está mostrando señales de debilitamiento. La naturaleza no es un escenario ajeno a la economía, sino una infraestructura esencial para sostenerla. Cuando se degradan los bosques, los suelos o los recursos hídricos, perdemos parte de la capacidad del planeta para amortiguar los impactos de nuestra actividad.
Esta realidad debería ayudarnos a abandonar una visión reducida de la sostenibilidad. Combatir el cambio climático requiere reducir las emisiones, pero también proteger y restaurar los ecosistemas, utilizar los recursos de manera responsable y diseñar soluciones que tengan en cuenta sus efectos ambientales y sociales. No basta con transformar una parte del sistema si, al hacerlo, deterioramos otra.
De las palabras a las decisiones
La distancia entre los compromisos y los resultados sigue siendo uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Declarar objetivos climáticos es necesario, pero no suficiente. Hace falta convertirlos en decisiones de inversión, innovación, producción y consumo; establecer prioridades y evaluar los resultados con criterios rigurosos.
Las empresas tenemos una responsabilidad particular en ese proceso. Debemos integrar los riesgos y las oportunidades climáticas en nuestra estrategia, impulsar tecnologías que permitan reducir las emisiones y desarrollar modelos de negocio capaces de combinar competitividad y respeto por el entorno. La evolución de compañías energéticas como Solarig hacia modelos más industriales y diversificados refleja, precisamente, la necesidad de ampliar las soluciones disponibles para descarbonizar la economía.
No existe una única tecnología capaz de resolver todos los desafíos. La electrificación y los electrones renovables son fundamentales, pero determinados usos industriales y del transporte requieren moléculas para cumplir con sus objetivos de descarbonización de manera realista. La economía circular, el aprovechamiento sostenible de los residuos y los gases renovables pueden contribuir a reducir emisiones y a generar actividad económica allí donde los recursos están disponibles y, en el caso del biometano, de manera casi inmediata.
Y hay una dimensión que no podemos olvidar: la territorial. La transición ecológica será más sólida si las comunidades que acogen nuevas infraestructuras participan en su desarrollo y perciben beneficios tangibles en forma de empleo de calidad, inversión, actividad industrial y oportunidades para las siguientes generaciones. La protección ambiental, la competitividad y la justicia social no deberían avanzar por caminos separados y estos son conceptos que los proyectos deben incorporar desde el inicio.
La esperanza también es una forma de responsabilidad
Conmemorar el Día Internacional del Cambio Climático no debería consistir en repetir mensajes que ya conocemos. Debería servir para preguntarnos qué estamos haciendo, qué nos falta por hacer y qué consecuencias tendrá nuestra inacción.
Hay motivos para la preocupación, pero también para la esperanza. Ahora más que nunca, debemos reivindicar palabras como sostenibilidad, renovable o verde. No como etiquetas con las que adornar discursos, sino como conceptos que deben traducirse en decisiones verificables, inversiones responsables y mejoras concretas para las personas y el planeta.
Nuestros problemas solo serán resueltos por nosotros, nunca solos, pero debemos de reconocer que todavía estamos a tiempo de actuar, asumiendo toda la responsabilidad que ello conlleva.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Internacional Contra el Cambio Climático


