En el debate público sobre la transición energética, a menudo las cifras de gigavatios y reducción de emisiones eclipsan una realidad mucho más tangible: el impacto directo sobre el territorio y las personas. Sin embargo, para los profesionales del sector, es evidente que la sostenibilidad de cualquier infraestructura renovable ya no depende solo de su eficiencia técnica, sino de su capacidad para integrarse en el tejido social. La legitimidad social ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en un indicador de éxito empresarial. El reto, por tanto, no es solo generar energía limpia, sino generar valor social medible y duradero.
Los territorios donde operamos no son espacios vacíos a la espera de inversión, sino ecosistemas vivos con dinámicas sociales, económicas y culturales complejas. En este escenario, la convivencia con la comunidad solo se consolida si la infraestructura actúa como una verdadera palanca de desarrollo endógeno. Un enfoque que implica asumir una responsabilidad proactiva: entender en profundidad las inquietudes reales de la población local y articular mecanismos para contribuir a su resolución, estableciendo un compromiso de permanencia que alinee los intereses corporativos con el bienestar comunitario.
La importancia de un diagnóstico territorial riguroso
Una gestión experta de este impacto requiere abandonar las fórmulas genéricas. Y la experiencia demuestra que la efectividad radica sobre todo en la fase preliminar, mucho antes de iniciar la construcción. Para ello, resulta imperativo realizar lo que en BNZ denominamos Social Screening, un análisis socioeconómico profundo de la región para identificar no solo a los actores clave (instituciones, asociaciones agrarias, entidades educativas), sino aspectos críticos como las tasas de desempleo, la renta per cápita, las principales actividades económicas y, crucialmente, el sentimiento social existente en torno al proyecto.
Solo diagnosticando la realidad específica de cada territorio es posible diseñar planes que alineen la estrategia empresarial con las necesidades preexistentes de la comunidad. Así, este análisis permite identificar los retos prioritarios y definir una contribución corporativa pertinente, reservando recursos para iniciativas locales que adapten la ayuda de forma quirúrgica a la realidad detectada en el estudio. De este modo, es posible dirigir los esfuerzos a programas de inserción laboral en zonas de desempleo endémico, o bien respaldar la puesta en valor del patrimonio en aquellas áreas donde el turismo y la cultura actúan como motores económicos.
Vectores estratégicos para la cohesión territorial
La estrategia de cohesión social se articula sobre vectores fundamentales donde la industria debe focalizar sus esfuerzos para legitimar su presencia y maximizar su impacto positivo. El primero persigue la simbiosis ambiental y patrimonial, entendiendo que las plantas renovables no deben ser islas valladas, sino partes vivas del ecosistema. Una premisa que encuentra su máxima expresión en proyectos como Alya y Alamak (Alcalá de los Gazules, Cádiz), donde la tecnología se adapta al territorio y no al revés. En estos parques solares, los primeros inaugurados en España por BNZ, la integración se materializa respetando el trazado del histórico Camino Real y aprovechando los paneles para dar refugio al ganado en un esquema de pastoreo rotacional. Del mismo modo, se garantiza la conectividad ecológica mediante vallados permeables sin elementos cortantes y con pasos de fauna cada 100 metros, dando cuenta de que la protección del patrimonio y la biodiversidad es la única vía para integrarse en la identidad rural.
Simultáneamente, la inclusión sociolaboral se erige como un segundo pilar indispensable. En muchas regiones con alto potencial renovable, donde el desempleo es un reto endémico, el sector energético tiene la capacidad de actuar como dinamizador inclusivo, promoviendo la inserción de colectivos vulnerables. En este marco, el Programa de Financiación Comunitaria de BNZ, que ha sido clave en Cádiz, ha permitido el impulso de iniciativas como “Haciendo Camino”, con la que se ha logrado adaptar 20 rutas de la Sierra de Cádiz, garantizando así el pleno acceso a la naturaleza a personas con movilidad reducida.
Finalmente, la educación se consolida como el legado más potente a largo plazo. La transferencia de conocimiento mediante el fomento de la educación ambiental y las vocaciones en sostenibilidad en las escuelas locales prepara a las nuevas generaciones para los retos del futuro. Un referente en este aspecto es el programa educativo impulsado en Moratalla, que movilizó a 600 alumnos para crear soluciones reales, como calentadores solares o mobiliario reciclado, acercando esta realidad tecnológica a los estudiantes y promoviendo la innovación local para desmitificar la energía renovable.
Legitimidad social y participación activa
Por último, para que el impacto social sea legítimo, debe ser participativo. Un claro ejemplo de este cambio de paradigma es precisamente la implementación del Programa de Financiación Comunitaria de BNZ en Italia, a través del cual, apostando por un enfoque más dinámico e inclusivo, se ha habilitado una iniciativa dotada con 30.000 euros para que fueran las propias asociaciones, grupos comunitarios y centros educativos locales quienes propusieran y lideraran los proyectos.
Gracias a herramientas de análisis automatizado para identificar las necesidades reales, este mecanismo ha permitido financiar iniciativas como la desarrollada en Viterbo, donde se han respaldado desde un programa de reforestación con una escuela local hasta programas integrales de autonomía para menores y jóvenes extutelados; o en Montalto di Castro, facilitando la compra de instrumentos y clases de música para la inclusión juvenil, así como talleres de concienciación ecológica.
En conclusión, estas iniciativas confirman que la integración territorial se logra mediante la escucha y la participación, elevando la transición energética a motor de desarrollo compartido. El verdadero liderazgo residirá en quienes comprendan que la viabilidad de sus proyectos es inseparable de la confianza y el bienestar de las comunidades que los acogen.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Impacto social local: Empresas comprometidas con el bienestar de sus comunidades

