Este año cumplo 11 años en Allianz Partners. 11 años de evolución profesional, de nuevas responsabilidades y de aprendizajes que han marcado quién soy hoy. Y si echo la vista atrás, hay algo que me sorprende incluso a mí: en una década, nunca me he sentido discriminada por ser mujer. Nunca.
Lo escribo porque sé que no es lo habitual, y precisamente por eso me parece importante reconocerlo. Mi experiencia profesional se ha desarrollado en un entorno donde el talento pesa más que cualquier etiqueta y donde las oportunidades se abren por méritos, no por género. Un entorno en el que, además, las mujeres somos mayoría y ocupamos posiciones de liderazgo con naturalidad, sin que sea un titular ni una excepción.
Con el tiempo he entendido que la igualdad real no siempre necesita grandes declaraciones. Muchas veces se construye de forma silenciosa, en el día a día: en la confianza que depositan en ti, en que te den espacio para crecer, en saber que equivocarte no implica retroceder y en la libertad de poder levantar la mano sin preguntarte si “toca” o “no toca”.
Y esa normalización —la verdadera— acaba filtrándose también fuera del trabajo. En cómo educamos, en cómo miramos el mundo y en cómo acompañamos las decisiones de quienes vienen detrás. En mi caso, esto se hizo evidente en casa. Tengo una hija de 20 años. Desde pequeña le han apasionado las motos y la mecánica. Un día, con total naturalidad, me dijo:
“Mamá, yo quiero ser mecánica.” Mi reacción no fue tan natural. Me llenó de orgullo… pero también de vértigo.
Un vértigo muy nuestro, muy generacional. El miedo a que un entorno tradicionalmente masculino le pusiera más barreras. A que tuviera que demostrar el doble. A que yo no pudiera protegerla de todo eso. Fue un momento espejo: ¿De quién eran realmente esos miedos? ¿Suyos… o míos?
Ella siguió adelante. Estudió electromecánica, se formó, insistió. Hoy trabaja en un taller de un fabricante, exactamente donde quería estar. Habla de su profesión con seguridad, con pasión y —sobre todo— con una naturalidad que me emociona. Su sueño es formar parte algún día del equipo técnico de Marc Márquez. Lo dice sin épica, sin reivindicación, como quien se marca un objetivo profesional más. Y eso, precisamente eso, es igualdad.
Con el tiempo he entendido que su seguridad viene de muchas cosas: de su carácter, de su esfuerzo, de su amor por lo que hace. Pero también de haber crecido viendo que las mujeres pueden liderar, decidir y construir su carrera sin pedir permiso. Y ahí, sin buscarlo, mi entorno profesional ha sido un espejo para ella.
Por eso, cuando pienso en el Día de la Mujer, no pienso solo en lo que queda por hacer —que es mucho—, sino también en lo que ya hemos construido. En la importancia de revisar nuestros propios sesgos, incluso los más pequeños. Y en la responsabilidad que tenemos desde las empresas de seguir impulsando entornos donde la igualdad no sea un lema, sino una práctica diaria y sostenida.
Si hoy mi hija puede decir “quiero ser mecánica” sin dudar, y yo puedo acompañarla desde la confianza y no desde el miedo, es porque algo estamos haciendo bien.
En la empresa.
Y en casa.



