Se ha avanzado mucho estos últimos años, es verdad, pero hablar de igualdad en el sector de la comunicación sigue siendo necesario. Quizás el verdadero avance llegará cuando dejemos de contabilizar porcentajes, dejemos de mirar el género como categoría diferenciadora y empecemos a ver a las personas como profesionales completas.
En normal, la igualdad no se vive como una cuota ni como una obligación o una normativa. Está normalizado dentro de nuestra cultura empresarial. Desde su fundación, liderada por dos profesionales -un hombre y una mujer-, la compañía ha crecido de forma orgánica hacia una estructura plural y equilibrada, donde la figura femenina está presente en todos los ámbitos: estrategia, creatividad, gestión y dirección. No como reivindicación, sino como consecuencia natural de una filosofía centrada en el talento y en el ser humano.
Esta convicción bien arraigada no nace de un manual corporativo, sino de la experiencia. Hace más de 20 años, en otra etapa profesional, personalmente viví situaciones que hoy serían inaceptables. Comentarios fuera de lugar, dinámicas de poder marcadas por prejuicios y una cultura donde la juventud y el hecho de ser mujer jugaban en contra. Aquellas experiencias no me definieron, pero sí marcaron una línea roja: en una empresa no hay espacio para la humillación ni para el silencio impuesto, u otras prácticas no inclusivas. La igualdad debe ser real y cotidiana.
Y creo que esta coherencia se traduce también en nuestra manera de comunicar. En un proyecto reciente, el equipo decidió no realizar retoques digitales a una actriz que perpetuaran estándares estéticos injustificados en las imágenes. Fue un gesto muy significativo, porque la comunicación transforma realidades. Porque cada imagen proyecta un modelo. Y porque las agencias tienen responsabilidad en la construcción de referentes más honestos.
Nuestra experiencia demuestra que el equilibrio no se limita al género. Los equipos fuertes son aquellos donde conviven miradas diversas, generaciones distintas, trayectorias complementarias y sensibilidades y culturas variadas. Esa pluralidad enriquece la creatividad, fortalece la toma de decisiones y mejora nuestros resultados empresariales.
La igualdad real se practica, no necesita proclamarse cada día. Las empresas plurales no sólo son más justas, sino también más inteligentes, más humanas y más competitivas.


