El pasado 12 de octubre, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, Barham Salih, pronunció en Ginebra su primer discurso ante el Comité Ejecutivo de ACNUR. Habló de más de 117 millones de personas forzadas a huir y de crisis como las de Sudán, Ucrania, el Sahel o Yemen. Su diagnóstico fue rotundo: los conflictos provocan desplazamientos más rápido de lo que el mundo es capaz de resolverlos.
Sin embargo, aquel discurso dejó otra idea que me dejó huella. Salih pidió trabajar por un futuro en el que una generación de refugiados no se vea obligada a transmitir su desplazamiento a la siguiente. Campamentos levantados en plena emergencia siguen en pie décadas después, y niños que nacieron en ellos crían allí a sus propios hijos. Para millones de personas, el exilio se ha convertido en una herencia.
Como sociedad, nos hemos acostumbrado a mirar a las personas refugiadas solo cuando una emergencia ocupa titulares y a olvidarlas en cuanto deja de hacerlo. La ayuda inmediata salva vidas, pero no puede ser el único horizonte que les ofrezcamos. Tampoco son sujetos pasivos: en los principales países de acogida, las familias refugiadas ya cubren entre el 60% y el 90% de sus necesidades con sus propios ingresos. Piden oportunidades, y las oportunidades solo son posibles cuando existe un compromiso sostenido en el tiempo.
Si el desplazamiento puede heredarse, también puede heredarse la oportunidad de superarlo. De esa idea parte El Legado de los Héroes, nuestra campaña de testamento solidario. Sus protagonistas no llevan capa: son personas refugiadas que, pese a haberlo perdido todo, han reconstruido su vida y, muchas veces, también las de quienes les rodean.
Tateh Lehbib creció en los campamentos de Tinduf, estudió energías renovables con una beca DAFI y construyó viviendas con botellas de plástico rellenas de arena que hoy protegen a decenas de familias. Ashtar Alahmad, artista siria, tardó años en volver a caminar tras el impacto de un misil en su casa y hoy defiende los derechos de las personas refugiadas. Mateo Zamudio llegó a España como solicitante de asilo y hoy impulsa Música Sin Fronteras. Guisma huyó con sus hijos de la guerra en Sudán y cruzó la frontera hacia Chad apenas con lo puesto, dejando atrás su hogar y todo cuanto poseía. En el asentamiento de Gaga encontró refugio y apoyo y, gracias a ACNUR, pudo cumplir un sueño: escolarizar a sus hijos.
Por eso imaginamos un testamento cuya primera disposición dice “Dispongo incluir en este testamento como heredero a un héroe”, basado en cinco pilares fundamentales:
- Primero. Un héroe es quien reconstruye su vida con dignidad y ayuda a otras personas a hacerlo. Ninguno de ellos lo logró solo. Personas como Tateh, Ashtar, Mateo o Guisma nos recuerdan que detrás de cada vida reconstruida hay alguien que apostó por ella. Dejar un legado es una forma de seguir apostando cuando ya no estamos.
- Segundo. La infancia es una prioridad. Hoy, 5,8 millones de niños y niñas refugiados siguen sin pisar un aula. Cada aportación contribuye a que más niños y niñas encuentren, como los hijos de Guisma, un lugar seguro donde aprender.
- Tercero. Dejar un legado no es cosa de grandes fortunas. Cualquier persona mayor de 14 años y en plena posesión de sus facultades puede hacer testamento, e incluir a una o varias organizaciones.
- Cuarto. Es un gesto simple. Basta con informarse y decidir dar el paso que ayude a construir el legado de una persona refugiada.
- Quinto. Cada legado se convierte en ayuda real. En refugio, protección, educación, agua potable y apoyo para familias obligadas a huir.
Cada vez que escucho estas historias me reafirmo en una convicción: el talento, la capacidad y las ganas de salir adelante ya están ahí. Lo que marca la diferencia es que alguien decida apostar por ellas.
Tateh, Ashtar, Mateo o Guisma no son excepciones. Son la prueba de lo que ocurre cuando una oportunidad llega a tiempo. Por eso, quien incluye a ACNUR en su testamento está dejando oportunidades allí donde durante demasiado tiempo solo hubo incertidumbre.
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