En plena década decisiva para el clima y la gestión responsable de los recursos, España afronta un escenario hídrico cada vez más complejo, marcado por sequías, mayor estrés sobre los acuíferos y fenómenos extremos, como las DANAS que han azotado en los últimos meses diferentes zonas del país, que tensionan la disponibilidad de agua. En este contexto, hablar de sostenibilidad no puede limitarse a declaraciones de intenciones. Necesitamos modelos que funcionen, que aporten datos contrastables y que puedan servir de guía para otras industrias y, en mi opinión, uno de ellos es el sector español de aguas minerales.
Su contribución suele pasar desapercibida en el debate público, pero ofrece una realidad especialmente valiosa para un país vulnerable al cambio climático, siendo una actividad que depende directamente de la naturaleza y que, precisamente por ello, ha construido su desarrollo sobre la protección del agua, el rigor científico y la gestión responsable del entorno.
El sector de aguas minerales utiliza solo el 0,03% de los recursos hídricos subterráneos disponibles en nuestro país (FUENTE: IGME) y lo hace bajo controles estrictos, con sistemas de autocontrol en captaciones, certificaciones ambientales y una inversión sostenida en protección del medio natural. En un escenario de estrés hídrico creciente, estos datos no son un mérito, son un ejemplo de cómo integrar la sostenibilidad en el núcleo del negocio.
A esta visión a largo plazo se suma otra dimensión igualmente relevante, como es la transición hacia modelos bajos en carbono y circulares. La reducción superior al 25% de la huella de carbono en cuatro años -según los datos hechos públicos, recientemente, por la Asociación de Aguas Minerales de España (ANEABE)– el uso mayoritario de energías renovables, la mejora de la eficiencia energética o el incremento del PET reciclado -en el conjunto del Sector- hasta casi la mitad del material de las botellas (cada vez tenemos más ‘botellas hechas de otras botellas’) muestran que descarbonizar no es una aspiración futura, sino un proceso ya en marcha. La circularidad, lejos de ser un imperativo regulatorio, se ha convertido en una oportunidad para innovar, reducir dependencias y crear un modelo más resiliente. Y los resultados lo confirman, con 162 medidas de ecodiseño en dos años, 100% de botellas reciclables y altos niveles de valorización de residuos.
Esta combinación de la protección del recurso y transformación industrial explica algo que a menudo olvidamos: una industria sostenible puede ser también un motor de cohesión territorial. En España, donde el reto demográfico es uno de los grandes desafíos del siglo, el sector de aguas minerales aporta empleo estable en zonas rurales que, en muchos casos, dependen de muy pocas oportunidades económicas. Allí donde opera, ya que es una actividad no deslocalizadle, la presencia de una planta genera actividad en servicios, transporte o comercio, fortaleciendo un tejido económico que de otro modo sería más frágil.
El caso del sector de aguas minerales no es perfecto ni está cerrado, y como todas las industrias, afronta retos importantes. La mayor presión sobre los recursos, nuevas indicaciones en reciclaje o la necesidad de seguir avanzando en circularidad y eficiencia son algunos de ellos. Pero sí demuestra que es posible compatibilizar producción, protección y valor social, y que la sostenibilidad deja de ser un “coste” y se convierte en una estrategia de futuro. Que el compromiso ambiental puede, y debe, ser también un compromiso con el territorio y las personas.
En un momento en que España necesita actividades capaces de generar desarrollo sin comprometer sus recursos naturales, el sector de aguas minerales ofrece un modelo útil basado en ciencia, continuidad y responsabilidad. Y, sobre todo, demuestra que proteger la naturaleza no está reñido con dinamizar la economía, sino que puede ser el camino más sólido para asegurar nuestro futuro común.
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