Xavier Carbonell, Coordinador Académico, Profesor y Director del Centre d’Estudis de Bon Govern y Director de la Cátedra Mango de Innovación Social de ESCI-UPF, comenzó a aproximarse a la Responsabilidad Social a finales de los años ochenta, mucho antes de que la disciplina contara con marcos consolidados, equipos especializados o una presencia real en la estrategia empresarial. Su experiencia en auditoría externa y, posteriormente, dentro de una organización con una cadena de suministro internacional le permitió observar de primera mano que las responsabilidades de una compañía van más allá del estricto cumplimiento legal. Después de décadas dedicadas a la gestión, el análisis y la docencia, mantiene una convicción clara: “La credibilidad se construye con hechos y se destruye con palabras vacías” y, en esta materia, “no hay atajos”.
- Xavier, ¿Cómo se produjo tu primer acercamiento profesional a estas cuestiones y qué hizo que acabaras implicándote de una manera más directa?
- Desde aquellos años en los que apenas existían referencias hasta el escenario actual, ¿qué transformaciones explican mejor la madurez alcanzada por la profesión?
- En esa etapa de consolidación surgieron también espacios que dieron entidad propia a la disciplina. ¿Cómo recuerdas la aparición de Corresponsables y qué aportación destacarías de su trayectoria?
- Si tuvieras que reconstruir el camino que ha llevado de aquellas iniciativas aisladas al actual sistema de gestión, medición y rendición de cuentas, ¿qué hitos señalarías?
- Más allá de la evolución de los marcos y las obligaciones, ¿qué has aprendido sobre aquello que convierte un compromiso empresarial en algo verdaderamente creíble?
- ¿Hay alguna experiencia de aquellos primeros años que te ayudara a confirmar que esta agenda empezaba a adquirir una dimensión internacional y estratégica?
- Cuando miras a quienes abrieron camino antes de que existieran estructuras consolidadas, ¿dónde sitúas el verdadero carácter pionero?
- ¿Qué tipo de prácticas representan mejor, para ti, el paso de una comunicación puramente reputacional a una gestión responsable y transformadora?
- La profesión afronta ahora una etapa marcada por la regulación, la fatiga normativa y nuevas capacidades tecnológicas. ¿Dónde situarías los grandes retos y oportunidades de las próximas décadas?
- Y para terminar, Xavier, ¿cómo deberían incorporarse las nuevas generaciones a este recorrido para aprovechar lo construido sin limitarse a reproducirlo?
En el marco del 20º Aniversario de Corresponsables, Carbonell, como uno de los grandes pioneros de la RSE, recuerda la aparición de “uno de los primeros espacios en España en los que la RSC tuvo voz propia”, en una etapa en la que todavía solía ocupar un lugar secundario en las publicaciones generalistas. A su juicio, disponer de un medio especializado que abordara estas cuestiones con seriedad “ayudó a legitimar la disciplina, a crear comunidad” y a compartir experiencias empresariales que comenzaban a abrir camino. Veinte años después, valora especialmente que Corresponsables haya logrado mantener su condición de referencia dentro de un ecosistema mediático y profesional en permanente transformación.
Xavier, ¿Cómo se produjo tu primer acercamiento profesional a estas cuestiones y qué hizo que acabaras implicándote de una manera más directa?
Mi primer contacto con lo que hoy llamamos Responsabilidad Social y Sostenibilidad se produjo a finales de los años ochenta, cuando trabajaba en el ámbito de la auditoría externa.
Sin embargo, el momento en el que me impliqué de una manera más directa llegó durante los años noventa, cuando empecé a analizar desde dentro de una organización cómo una empresa con una cadena de suministro internacional podía actuar responsablemente más allá de lo estrictamente exigido por la ley.
No fue una decisión puramente ideológica, sino algo que surgió de la práctica profesional. Cuanto mejor conocías el funcionamiento real de las cadenas de suministro, más evidente resultaba que había aspectos que mejorar y que la Responsabilidad Social debía incorporarse progresivamente a la gestión empresarial.
Desde aquellos años en los que apenas existían referencias hasta el escenario actual, ¿qué transformaciones explican mejor la madurez alcanzada por la profesión?
Cuando empecé a trabajar en este ámbito, los términos “Responsabilidad Social” y “Sostenibilidad” eran prácticamente desconocidos. Había iniciativas aisladas, mucha voluntad y pocos marcos de referencia. Explicar en qué consistían estas cuestiones requería paciencia, porque las personas no terminaban de comprender bien su alcance.
Hoy el contexto es radicalmente distinto. Existe regulación, los consumidores demandan una mayor responsabilidad y los inversores exigen transparencia. Quizá se haya generado demasiada normativa sin que todas las empresas dispongan de capacidad suficiente para asimilarla adecuadamente, pero, en cualquier caso, el avance ha sido enorme.
Destacaría tres cambios fundamentales. El primero es la profesionalización. Antes, estas cuestiones las asumía quien tenía tiempo o una convicción personal; hoy existen equipos, formación específica y perfiles profesionales dedicados.
El segundo es la integración en la estrategia de negocio. La Responsabilidad Social y la Sostenibilidad han dejado de pertenecer exclusivamente a un departamento aislado para formar parte de las decisiones centrales de las empresas, aunque todavía quede camino por recorrer.
El tercero es la creciente relevancia de los grupos de interés. Proveedores, clientes, administraciones públicas, inversores y otros actores han adquirido una capacidad real para participar en las decisiones y condicionar la actuación de las compañías. Esa influencia era mucho menor cuando comenzamos.
En esa etapa de consolidación surgieron también espacios que dieron entidad propia a la disciplina. ¿Cómo recuerdas la aparición de Corresponsables y qué aportación destacarías de su trayectoria?
Corresponsables fue uno de los primeros espacios en España en los que la RSC tuvo voz propia, no como un apéndice de otras publicaciones, sino como protagonista.
Para quienes trabajábamos en este ámbito desde el principio, contar con un medio especializado que se tomara esta materia en serio fue importante. Ayudó a legitimar la disciplina, a crear comunidad y a que las empresas que desarrollaban iniciativas interesantes pudieran compartirlas.
Veinte años después continúa siendo una referencia, y eso no es fácil de mantener dentro de un ecosistema mediático tan cambiante.
Si tuvieras que reconstruir el camino que ha llevado de aquellas iniciativas aisladas al actual sistema de gestión, medición y rendición de cuentas, ¿qué hitos señalarías?
El Pacto Mundial de las Naciones Unidas fue un punto de inflexión porque contribuyó a articular un lenguaje común entre las empresas y los organismos internacionales.
También lo fueron los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que establecieron un marco específico para orientar los esfuerzos. Asimismo, hay que tener en cuenta las iniciativas internacionales de elaboración de informes, como la Global Reporting Initiative, que contribuyeron a sentar las bases de la divulgación de información en este ámbito.
Más recientemente, la normativa europea sobre información no financiera y otras materias ha cambiado las reglas del juego, porque convierte lo que antes era voluntario en obligatorio y trazable.
Esto tiene consecuencias positivas y negativas. Es positivo porque eleva el mínimo exigible, pero también puede convertirse en un ejercicio de cumplimiento sin sustancia cuando no existe una convicción real detrás.
Más allá de la evolución de los marcos y las obligaciones, ¿qué has aprendido sobre aquello que convierte un compromiso empresarial en algo verdaderamente creíble?
He aprendido que la credibilidad se construye con hechos y se destruye con palabras vacías; que lo importante no es el informe, sino aquello que existe detrás de él; y que en esta materia no hay atajos.
Una empresa que quiera ser realmente responsable debe estar dispuesta a analizar dónde genera sus principales impactos, revisar procesos que quizá funcionaron en otro momento, pero que ya no resultan aceptables, y realizar los cambios necesarios sin esperar obligatoriamente un retorno inmediato.
También he aprendido que los errores son inevitables. Lo que diferencia a las organizaciones serias es la manera en que los gestionan: con transparencia, voluntad de mejora y sin tratar de esconderlos.
¿Hay alguna experiencia de aquellos primeros años que te ayudara a confirmar que esta agenda empezaba a adquirir una dimensión internacional y estratégica?
En abril de 2002 tuve la oportunidad de mantener una breve conversación con Kofi Annan, entonces Secretario General de las Naciones Unidas, en el contexto de una iniciativa relacionada con el Pacto Mundial.
Me sorprendió comprobar hasta qué punto conocía la realidad empresarial y el tipo de esfuerzos que algunas organizaciones estaban empezando a realizar dentro de sus cadenas de valor.
Aquella conversación me hizo ver que, desde los niveles más altos de las instituciones internacionales, existía un interés real por impulsar la responsabilidad de las empresas.
También recuerdo que, durante esos primeros años, todavía resultaba difícil explicar por qué una organización debía adoptar determinadas medidas cuando ninguna norma la obligaba a hacerlo. La respuesta era que actuar responsablemente no solo era lo correcto, sino que también tenía sentido para la Sostenibilidad del negocio a largo plazo.
Cuando miras a quienes abrieron camino antes de que existieran estructuras consolidadas, ¿dónde sitúas el verdadero carácter pionero?
En España hubo empresas y profesionales que apostaron por estas cuestiones cuando todavía no existían marcos consolidados ni un reconocimiento generalizado.
En el ámbito académico, algunas universidades empezaron a tomarse en serio la ética empresarial mucho antes de que se convirtiera en una tendencia. En el sector privado, compañías de diferentes tamaños y sectores —no únicamente las grandes empresas— fueron ensayando modelos y aprendiendo a partir de la experiencia.
En el Tercer Sector, las organizaciones que llevaban años exigiendo una mayor responsabilidad a las empresas también desempeñaron un papel imprescindible.
Prefiero no señalar nombres concretos para no dejarme a nadie, pero muchos de aquellos pioneros siguen vinculados actualmente a este ámbito, lo que ya resulta muy significativo.
¿Qué tipo de prácticas representan mejor, para ti, el paso de una comunicación puramente reputacional a una gestión responsable y transformadora?
Sin entrar en casos concretos, que corresponde explicar a sus propias organizaciones, lo que más me ha impresionado a lo largo de estos años son las experiencias en las que una empresa ha tenido la valentía de comunicar no solo aquello que funciona, sino también sus dificultades, sus limitaciones y los aspectos que todavía debe mejorar.
La transparencia real, y no meramente estética, es uno de los logros más difíciles y valiosos en materia de Responsabilidad Social y Sostenibilidad.
También considero especialmente relevantes los proyectos que abordan de manera rigurosa la trazabilidad de las cadenas de suministro, la circularidad de los materiales, la reducción de los impactos ambientales o la canalización de productos hacia fines sociales.
Ninguna iniciativa es perfecta. Lo fundamental es que exista una voluntad real de medir los resultados, reconocer las limitaciones y mejorar progresivamente.
La profesión afronta ahora una etapa marcada por la regulación, la fatiga normativa y nuevas capacidades tecnológicas. ¿Dónde situarías los grandes retos y oportunidades de las próximas décadas?
El gran reto es que la RSE y la Sostenibilidad dejen de considerarse ámbitos separados y se integren en la forma habitual de hacer negocios.
La regulación europea nos empuja en esa dirección, pero la regulación por sí sola no transforma las culturas organizativas.
Otro desafío será mantener la ambición en un contexto en el que existe mucha fatiga regulatoria y en el que algunos actores intentan dar marcha atrás.
Las oportunidades también son reales. Las nuevas tecnologías permiten una trazabilidad impensable hace diez años; existen generaciones de profesionales formadas en estas materias desde el comienzo de su trayectoria; y los mercados financieros han incorporado de manera significativa criterios de Responsabilidad Social y Sostenibilidad.
El futuro será mejor si sabemos mantener el foco en lo sustancial.
Y para terminar, Xavier, ¿cómo deberían incorporarse las nuevas generaciones a este recorrido para aprovechar lo construido sin limitarse a reproducirlo?
Deben desempeñar un papel central, pero sin caer en la trampa de pensar que parten de cero.
Hay mucho construido: existen marcos, herramientas, redes y experiencias que merece la pena conocer antes de querer reinventarlo todo.
Dicho esto, las nuevas generaciones tienen algo que las anteriores no teníamos desde el principio: una conciencia mucho más afinada sobre aquello que está en juego. Han crecido con la emergencia climática como una realidad cotidiana, con la desigualdad como una realidad visible y con la información disponible de manera inmediata.
Eso genera una exigencia distinta, quizá más impaciente, pero necesaria.
Lo que les pediría es que conviertan esa energía en una transformación real, impulsando cambios desde dentro de las organizaciones.
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