El Another Way Film Festival celebra su duodécima edición con una programación de 40 títulos de cineastas procedentes de más de 20 países, que invitan a reflexionar sobre los grandes desafíos ecosociales de nuestro tiempo, desde la pérdida de biodiversidad y el extractivismo hasta la transición energética y la defensa de los territorios. Con Corresponsables como media partner del evento, el festival reivindica el poder del cine para sensibilizar, generar espacios de diálogo y movilizar a la ciudadanía hacia modelos de vida más sostenibles, apostando por narrativas que, sin dejar de denunciar la gravedad de la crisis climática, también muestran soluciones y futuros posibles.
- Another Way Film Festival llega este año a su duodécima edición con una selección de 40 títulos y cineastas procedentes de más de 20 países, que abordan cuestiones como la biodiversidad, el extractivismo, la transición energética o la defensa de los territorios. ¿Qué preocupaciones comunes detectan actualmente en las historias que llegan desde distintos lugares del mundo y cómo ha evolucionado la forma de abordar la crisis ecosocial a través del cine?
- En los últimos años parece haber cambiado también la forma de contar la crisis climática: del relato centrado en la catástrofe y la denuncia hacia historias que buscan mostrar alternativas y futuros posibles. ¿Está el cine ante un cambio de narrativa y qué papel puede jugar la esperanza para movilizar al público sin restar gravedad a la situación?
- Another Way defiende que el cambio cultural hacia la sostenibilidad debe percibirse como algo deseable y no como una obligación. En un contexto de saturación de mensajes sobre sostenibilidad y emergencia climática, ¿cómo se consigue captar la atención del público y evitar que termine desconectando del problema?
- Another Way señala que el 51% de sus asistentes toma medidas el mismo día de participar. ¿Cómo se ha obtenido este dato y qué cambios concretos han podido observar en el comportamiento de las personas que pasan por el festival?
- Esta edición mantiene su apuesta por conectar el cine con la industria audiovisual a través de la Sesión de Pitch y el Encuentro Documental de Cine de Impacto. ¿Qué necesita actualmente el sector para que las historias relacionadas con la sostenibilidad no solo encuentren un espacio en los festivales, sino que puedan ser producidas, financiadas y llegar a un público amplio?
- La propia industria audiovisual tiene una importante huella ambiental y social. Después de años trabajando para impulsar una producción más sostenible, ¿en qué punto considera que se encuentra actualmente el sector en España y cuál sigue siendo su principal asignatura pendiente?
- Muchas de las historias que llegan a Another Way abordan problemas globales cuya dimensión puede resultar difícil de comprender para el ciudadano. ¿Qué puede conseguir el cine que no consiguen otros formatos de comunicación cuando se trata de acercar estos problemas al público y generar una respuesta?
- Después de doce ediciones, ¿cuál considera que debe ser ahora el siguiente paso de Another Way y qué transformación le gustaría haber contribuido a impulsar cuando el festival llegue a su vigésima edición?
En esta entrevista, Marta García Larriu, directora de Another Way Film Festival, analiza cómo está evolucionando el relato audiovisual sobre la sostenibilidad y defiende la emoción y la esperanza como motores del cambio cultural. Asimismo, profundiza en el impacto real del festival sobre los hábitos de su público, los retos de distribución y exhibición del cine de impacto y las asignaturas pendientes de la industria audiovisual española para integrar la sostenibilidad más allá de los rodajes. Una conversación que pone el foco en la capacidad del cine para transformar la conciencia ambiental en compromiso ciudadano y acción colectiva.
Another Way Film Festival llega este año a su duodécima edición con una selección de 40 títulos y cineastas procedentes de más de 20 países, que abordan cuestiones como la biodiversidad, el extractivismo, la transición energética o la defensa de los territorios. ¿Qué preocupaciones comunes detectan actualmente en las historias que llegan desde distintos lugares del mundo y cómo ha evolucionado la forma de abordar la crisis ecosocial a través del cine?
A través de la selección de este año, observamos una radiografía cristalina de un sistema agotado y profundamente cuestionado. Si bien las historias provienen de geografías muy diversas, detectamos preocupaciones transversales que marcan el pulso del cine documental contemporáneo:
En primer lugar, hay una denuncia frontal al acaparamiento y la explotación voraz de los recursos (tanto naturales como económicos) perpetrados por grandes corporaciones que, con frecuencia, operan bajo la amparo o pasividad de estructuras gubernamentales complicadas. Vemos la mano oscura del extractivismo sobre materias primas al límite del agotamiento. Un ejemplo sería Of Mud and Blood, una película sobre la extracción del coltán en el Congo, o Silver, sobre las minas de Cerro Rico en Bolivia. Este capitalismo sin límites llega incluso a vulnerar y distorsionar comunidades y pueblos originarios, una realidad alarmante que aborda Amazomania al revisar el legado colonial sobre tribus indígenas. En este escenario, la defensa del territorio (ya sea geográfico, cultural o habitacional) se consolida como una lucha profundamente injusta de David contra Goliat, algo que retratan con fuerza Yanuni en la Amazonia o Let Our Mountains Live en el Norte de Europa.
En segundo lugar, se manifiesta una creciente incertidumbre ante el futuro de las próximas generaciones. Detectamos el retrato de una sociedad cada vez más anestesiada, desconectada del entorno y aislada en dinámicas virtuales o en procesos de turistificación masiva que nos alejan de las problemáticas reales de los territorios que habitamos, como explora de forma innovadora Social Landscapes.
Sin embargo, frente a este diagnóstico, la evolución narrativa del cine ecosocial ha encontrado un contrapeso transformador. El gran leitmotiv y la fuerza de esta edición residen en el amor, la preservación y la reconexión con la naturaleza. El cine ya no denuncia únicamente la herida, sino que ensaya la curación y la resistencia. Títulos como Super Nature o Elements of(f) Balance demuestran que existe una búsqueda activa de soluciones, de cooperación y de un equilibrio posible. La pantalla se convierte así en un espacio para recordar que defender la tierra es, ante todo, un acto de cuidado, dignidad y esperanza colectiva.
En los últimos años parece haber cambiado también la forma de contar la crisis climática: del relato centrado en la catástrofe y la denuncia hacia historias que buscan mostrar alternativas y futuros posibles. ¿Está el cine ante un cambio de narrativa y qué papel puede jugar la esperanza para movilizar al público sin restar gravedad a la situación?
Efectivamente, vivimos una transformación necesaria, aunque es un proceso en marcha. Si bien la distopía y la fascinación por el colapso siguen acaparando gran parte del espectro audiovisual, desde Another Way a través de nuestra iniciativa Another Narrativas trabajamos activamente para mover el foco. Mediante programas de formación con la industria audiovisual madrileña, impulsamos la incorporación de la «lente climática» en la creación y fomentamos relatos que no sólo diagnostiquen, sino que imaginen alternativas y proyecten futuros inspiradores.
Aspiramos a lo que denominamos un optimismo realista. Existen numerosos estudios que sugieren que tanto la distopía paralizante como la utopía ingenua acaban generando indiferencia en el espectador: la primera por desesperanza y abrumamiento, y la segunda por falta de credibilidad. Por eso, el equilibrio reside en nombrar los retos con toda su gravedad, pero abriendo un espacio de juego, creatividad e innovación donde se proyecten soluciones deseables. Necesitamos conmover a la audiencia para que se acerque a la realidad climática sin miedo y con ganas de participar en un proyecto común.
El cine tiene un papel determinante en este cambio porque todo lo que hoy es realidad, primero tuvo que ser imaginado. La esperanza no es ingenuidad; es la herramienta movilizadora más potente que tenemos. Para lograrlo, el cine se convierte en una vía transformadora cuando genera una mayor conciencia ambiental y nos enseña a entender y proteger nuestros ecosistemas. Necesitamos historias que proyecten futuros posibles y apetecibles, que muestren un horizonte digno por el que realmente valga la pena luchar y que sustituyan los relatos opresivos por aquellas narrativas inclusivas y colectivas.
En definitiva, no se trata de restar gravedad a la crisis ecosocial, sino de dar al público las herramientas y la motivación necesarias para pasar de la contemplación a la acción.
Another Way defiende que el cambio cultural hacia la sostenibilidad debe percibirse como algo deseable y no como una obligación. En un contexto de saturación de mensajes sobre sostenibilidad y emergencia climática, ¿cómo se consigue captar la atención del público y evitar que termine desconectando del problema?
Para nosotras la clave es la calidad en el centro de todo. En un entorno saturado de discursos, no buscamos abrumar sino emocionar y ofrecer una experiencia auténtica. Esa calidad empieza en la propia pantalla. Contamos con la visión de nuestra programadora Sandra Ruesga —documentalista con más de cinco ediciones al frente del festival—, lo que nos hace ser profundamente exigentes con la forma y la fuerza del lenguaje audiovisual. Estamos programando cine, no libros de texto; por eso elegimos películas sensibles a las corrientes creativas actuales, capaces de sorprendernos y de transportarnos a otros mundos.
Pero la experiencia no termina cuando se encienden las luces. Arropamos cada película con ponentes de gran nivel: perfiles rigurosos, cercanos y elocuentes que ayudan a conectar esa realidad global que retrata la pantalla con el día a día del público. Reclamamos el valor de la conversación profunda y de la experiencia compartida en espacios con personalidad propia como Cineteca, la Filmoteca Española, la Sala Equis o el Instituto Francés. Queremos que la gente encuentre un refugio donde concentrarse, pausar y conectar, alejándonos de esa prisa o del FOMO tan habituales en la actualidad.
De hecho, para facilitar esa búsqueda y animar al público a dejarse llevar, este año hemos diseñado recorridos temáticos según la motivación de cada persona, ya sea para esperanzarse, informarse o maravillarse. Creemos que parte de la magia de un festival es ser valiente, dejar la puerta abierta a la sorpresa y confiar en que cada título ha sido seleccionado con un cuidado minucioso.
Al final, se trata de una fórmula donde el espectador nunca es un sujeto pasivo: combinamos un cine de alta calidad con coloquios únicos y actividades donde la gente puede, literalmente, poner las manos en la tierra. Hacemos un trabajo de fondo continuo para cuidar y sostener a la comunidad. De hecho, que más de la mitad de nuestro público repita su asistencia edición tras edición nos demuestra que se sienten seguros en el espacio creado, y con ganas para aprender y debatir sobre lo que de verdad les mueve. La combinación entre cine exigente, diálogo abierto y encuentro comunitario es, sin duda, el corazón de Another Way.
Another Way señala que el 51% de sus asistentes toma medidas el mismo día de participar. ¿Cómo se ha obtenido este dato y qué cambios concretos han podido observar en el comportamiento de las personas que pasan por el festival?
Estamos muy orgullosas de ser un proyecto enfocado en el impacto real. Por eso, llevamos tres años realizando encuestas directas a nuestro público para escucharles y medir la huella que deja el festival. Es un proceso metodológico exigente que requiere tiempo y recursos, pero para nosotras es prioritario seguir aprendiendo y afinando estas herramientas para entender cada vez mejor los cambios que generamos.
Aun así, al llevar un recorrido relativamente reciente con esta medición, nos encontramos en una fase inicial de observación. Más allá de los datos fríos, lo más revelador para nosotras son los testimonios directos y cotidianos que recibimos. Hay personas que nos cuentan cómo una película les llevó a tomar decisiones tan drásticas como dejar de consumir ropa ultrarrápida o cambiar su alimentación, mientras que otras nos dicen con humor y cariño: “¡Cada vez que venimos al festival aparece un cubo de reciclaje nuevo en casa!”.
Sin embargo, al hablar de ese 51% que toma medidas el mismo día, para nosotras una acción fundamental, y en absoluto menor, es el acto de compartir e integrar estas reflexiones en las conversaciones del día a día. Llevar lo aprendido a la mesa de cenar, contárselo a la familia o debatirlo con amistades es, precisamente, donde germinan los verdaderos movimientos de cambio cultural. Romper la indiferencia y colocar la crisis ecosocial en la conversación cotidiana ya es una medida transformadora en sí misma, y sobre esa base seguimos trabajando para profundizar y medir nuestro impacto año tras año
Esta edición mantiene su apuesta por conectar el cine con la industria audiovisual a través de la Sesión de Pitch y el Encuentro Documental de Cine de Impacto. ¿Qué necesita actualmente el sector para que las historias relacionadas con la sostenibilidad no solo encuentren un espacio en los festivales, sino que puedan ser producidas, financiadas y llegar a un público amplio?
Si analizamos el contexto actual, el cuello de botella ya no se encuentra en la producción audiovisual. España es una potencia creadora: en los últimos años hemos alcanzado cifras récord, situándonos por encima de los 400 largometrajes producidos al año, lo que supone más de un estreno diario solo de cine nacional, y superando en volumen de producción a mercados con industrias históricamente mayores como Francia o Italia. Aunque la financiación siempre sea una batalla abierta y mejorable, las cifras demuestran que el verdadero problema reside en la distribución, la exhibición y el acceso a un público saturado.
El reto urgente hoy está en la otra mitad de la cadena. Es fundamental transmitir a compradores, programadores, canales de televisión y plataformas de streaming que dar visibilidad al cine de impacto no es solo una decisión comercial inteligente porque responde a un interés real de la audiencia, sino que constituye casi una responsabilidad cultural. Necesitamos que las plataformas se comprometan creando secciones específicas dedicadas al cine ecosocial y priorizando estos contenidos en sus catálogos.
En un panorama audiovisual dominado por la estandarización, las franquicias y la repetición de fórmulas, el cine de impacto representa una oportunidad fresca, innovadora y diferenciadora. El público está cansado de la saturación de sagas y busca un cine que funcione como un reflejo auténtico de la realidad. Quieren historias con sustancia que utilicen el lenguaje cinematográfico para ir más allá del entretenimiento: películas que cuiden el detalle, lancen una advertencia, inviten a la reflexión crítica y, en última instancia, incentiven la participación activa de la sociedad.
La propia industria audiovisual tiene una importante huella ambiental y social. Después de años trabajando para impulsar una producción más sostenible, ¿en qué punto considera que se encuentra actualmente el sector en España y cuál sigue siendo su principal asignatura pendiente?
Ha sido un proceso vertiginoso participar en la transformación de la industria, principalmente a través de la integración de criterios de sostenibilidad en las ayudas públicas y liderando formaciones en producción sostenible. Un avance crucial de estos años ha sido la consolidación del ecomanager como una figura indispensable en los equipos de rodaje. Es cierto que, cuando algunas medidas se implementan por pura obligatoriedad, no siempre se consigue mover los valores de quienes producen; sin embargo, en muchos otros casos es indudable que este cambio ha transformado la percepción y la mirada de los equipos. Como ocurre en cualquier otro sector, es una metodología que aún tiene un enorme recorrido por delante.
La adaptación ya no es una opción, es una necesidad: los propios efectos del cambio climático están alterando los planes de rodaje y es imposible desarrollar nuestra actividad al margen de la crisis ecosocial. Además, si miramos la vertiente social, se vuelve imprescindible abordar el impacto en el territorio e incidir en la mediación con los vecinos de zonas ya tensionadas por el turismo y la vivienda, que a menudo deben acoger rodajes en sus calles. Afortunadamente, esta es una industria fascinante que aprende y evoluciona a gran velocidad, como hemos visto también con la rápida incorporación de las coordinadoras de intimidad. Se trata, en definitiva, de abrazar tanto la responsabilidad como las oportunidades de rodar mejor cuando creamos en coherencia con el entorno natural y social que nos rodea.
En cuanto a nuestra principal asignatura pendiente, creo que reside en dar el salto de la métrica a la mentalidad: pasar de la mera reducción de la huella de carbono a la integración de la lente climática en el propio corazón del relato y en la toma de decisiones. La sostenibilidad no puede quedarse en un listado de verificación técnico en el set de rodaje; debe impregnar desde el guion hasta los modelos de trabajo, garantizando no solo una huella ambiental neutra, sino un impacto social y cultural verdaderamente positivo y duradero.
Muchas de las historias que llegan a Another Way abordan problemas globales cuya dimensión puede resultar difícil de comprender para el ciudadano. ¿Qué puede conseguir el cine que no consiguen otros formatos de comunicación cuando se trata de acercar estos problemas al público y generar una respuesta?
El cine tiene la capacidad única de sintetizar y traducir problemas globales hipercomplejos que, si se quedaran únicamente en informes técnicos, datos o cifras abstractas, jamás llegarían al gran público ni lograrían conmoverlo. La investigación, la sensibilidad y la reinterpretación que hacen los cineastas nos permiten entender esos grandes retos a través de la escala humana: trayendo historias personales con las que es imposible no empatizar.
En Another Way somos fieles a una premisa: el cambio tiene que sentirse antes de hacerse. Por eso apostamos firmemente por la emoción para movilizar a las personas. Las estadísticas nos quedan lejanas en el día a día, pero el relato —esa forma milenaria que tenemos las sociedades para transmitir conocimiento y valores— nos conecta de inmediato.
El sello de Another Way reside en esa combinación: unir la emoción viva del cine con el método de los coloquios posteriores. Al salir de la proyección y abrir la conversación, convertimos esa sacudida emocional en una comprensión profunda, logrando generar ese cambio de perspectiva que es el primer paso indispensable para la acción.
Después de doce ediciones, ¿cuál considera que debe ser ahora el siguiente paso de Another Way y qué transformación le gustaría haber contribuido a impulsar cuando el festival llegue a su vigésima edición?
Tras doce ediciones, el siguiente paso de Another Way es consolidar y profundizar el impacto de la Teoría del Cambio sobre la que trabajamos día a día, actuando simultáneamente en dos frentes indispensables: el compromiso ciudadano y la transformación de la industria cultural.
Si miramos hacia esa vigésima edición, nos gustaría haber contribuido de forma decisiva a un cambio sistémico en el sector audiovisual. Soñamos con una industria donde no solo se produzcan más películas sobre la crisis ecosocial y de forma estrictamente sostenible, sino donde los criterios ambientales sean la norma en las ayudas públicas y donde existan galardones específicos que premien este compromiso en todos los grandes certámenes. Al mismo tiempo, nuestro reto es seguir impulsando desde el cine que estos temas ocupen el centro de la opinión pública.
En cuanto al público, aspiramos a haber catalizado un mayor compromiso ciudadano y una acción compartida real. Queremos ser ese espacio de referencia donde cada vez más personas encuentren y cuenten con alternativas tangibles de futuro, multiplicando el número de voces que integran la sostenibilidad en su conversación cotidiana. Sabemos que la transformación cultural es un proceso gradual y complejo, pero si dentro de ocho años hemos ayudado a que la industria cree con más coherencia y a que la ciudadanía actúe con más herramientas, habremos cumplido nuestro propósito.
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