Después de una vida en el negocio bancario convencional, un año de experiencia en una entidad basada en valores me ha llevado a reflexionar sobre la importancia de combinar el rigor bancario con un activismo enfocado en las transiciones energética, alimentaria, de recursos, social y cultural.
Aunque por mi trayectoria la faceta del rigor bancario me ha acompañado durante más tiempo, me interesa mucho cómo los bancos podemos ayudar a canalizar los ahorros y las inversiones de las personas y empresas que confían en nuestras entidades hacia actividades empresariales de la economía real y con impacto transformador, y cómo nos mantenemos dentro de los límites planetarios y contribuimos a un mundo más justo.
Dentro de mi actividad profesional acudo a algunos actos en los que se aborda el presente y el futuro del sector. Recientemente, estuve en uno en el que participaban, al nivel más alto, personas y organizaciones del sistema financiero nacional y que contó también con una altísima representación institucional de la economía y las finanzas en España. Durante el encuentro, enfocado en competitividad y crecimiento, sólo hubo un par de menciones, y muy breves, sobre papel de la banca en la transición energética y la descarbonización, y ambas fueron por boca de las personas que tenían representación política o institucional. El resto de quienes intervinieron no hablaron en ningún momento sobre la sostenibilidad. Y el informe de una consultora externa que se presentaba también en el evento sólo se refiere a los conceptos de sostenibilidad y ESG desde el punto de vista de la necesidad de reducir la carga de reporting en ese ámbito, con el consecuente riesgo de desregulación.
Este ejemplo de hace pocas semanas me sirve para hacer una reflexión. Tengo la impresión de que la sostenibilidad ya no se considera un reto clave en el sector financiero. Como si los límites planetarios hubieran desaparecido, algo que obviamente no es así porque vivimos los efectos del cambio climático a través de una ola de calor tras otra en Europa – y no sólo en los países del sur- y otros desastres climáticos en todo el mundo.
Es importante explicar por qué y para qué es necesario el crecimiento, y qué tipo de crecimiento se necesita. En el llamado “Informe Draghi” está bien claro. En el documento se identifican tres transformaciones clave: la innovación, la descarbonización y la seguridad económica, y se pone en evidencia que la sostenibilidad es un objetivo en sí mismo y por eso Europa no debería perseguir el crecimiento sin importar dónde y cómo se produce. ¿Cómo va a asegurar la banca que lo que financia sirve también al objetivo de descarbonización y a la sostenibilidad? En el evento eché en falta abordar esas cuestiones desde el sistema financiero.
Hace unas semanas se publicó un informe del World Inequality Lab titulado “Global Justice Report”, en el que se visualiza un futuro en el que todos los países del mundo convergen en una renta per cápita de 5.000 dólares mensuales hasta el fin del siglo, y donde el crecimiento de la economía vendría principalmente de actividades de sanidad y educación, con el calentamiento global limitado a 1,8º C. En esa visión se logra resolver tanto el desafío del cambio climático como la falta de igualdad. Como en cualquier documento para el debate, hay aspectos que se pueden discutir, como, en mi opinión, la propuesta de crear de un fondo transnacional único para centralizar el 10 % del PIB mundial, pero seguro que se podrían establecer mecanismos que eviten esa concentración de poder y que favorezcan la competitividad.
Aunque esta visión de convergencia global puede parecer ambiciosa, no resulta imposible si se crean las condiciones adecuadas. Como ya indicaron expertos en economía hace más de una década, la pobreza no es una excepción, sino el punto de partida de muchas sociedades. Lo que permite salir de ella es la construcción de instituciones sólidas, con contrapesos frente al abuso de poder. Europa también atravesó etapas de pobreza y hambrunas antes de consolidar las suyas. Si ese camino fue posible aquí, ¿por qué no podrían recorrerlo también los países que hoy consideramos pobres? Obviamente, nos podría preocupar que Europa quede atrás, pero tampoco tiene sentido insistir en una situación de privilegio eterna de los países que establecieron antes esas instituciones. A punto de llegar a los límites de nuestro planeta, un “empate” entre toda la humanidad sería un muy buen resultado, que no tiene por qué suponer una igualdad económica absoluta. No todos los países pueden o quieren aportar lo mismo y debe existir algún incentivo para que quienes más pueden contribuir lo hagan en beneficio general. Mis propias vivencias me han demostrado que intentos que no reconozcan esa realidad de la naturaleza humana fracasarán.
¿Cómo puede la banca contribuir a este modelo de crecimiento basado en la generación de bienestar social y equilibrio ecológico ajustado a las realidades de nuestro planeta y a la creación de un mundo más justo? Primero, si evitamos financiar actividades que hacen daño. Segundo, al promover la financiación de actividades que sí impulsan los cambios necesarios, como las energías renovables y las baterías para almacenarlas, la agricultura regenerativa, las soluciones basadas en la naturaleza, la vivienda social y asequible, los servicios de cuidado de personas (salud, educación, social) y el enriquecimiento cultural.
Está claro que de un día a otro no van a desaparecer los combustibles fósiles y algunos bancos aún los financiarán como evidencian los informes de Banking on Climate Chaos. Pero sí podemos, como sector, exigir su reducción paulatina, que se dejen de emprender explotaciones o que se invierta en fuentes energéticas alternativas, y así promover la transición ecológica y justa en línea con el Plan europeo de Finanzas Sostenibles y el Pacto Verde Europeo. Porque hay una diferencia enorme entre financiar mayoritariamente actividades que hacen daño y hacer lo contrario, como es el caso de la mayoría de las entidades basadas en valores, en las que el 100 % de la financiación se dirige desde siempre y únicamente a los sectores que tienen impacto positivo.
Desde cierto activismo, a veces se culpa sólo a las grandes empresas del daño al medioambiente. Pero usar el coche de combustión en vez de otras alternativas, mantener una alimentación poco sostenible – basada en proteínas de animales, solo al alcance de una minoría de la población del mundo – o subir a un avión son, todas ellas, decisiones personales e individuales. Cada persona puede (podemos) tomar también decisiones de impacto, incluidas las relativas a nuestras finanzas personales y, de esa manera, confiar nuestro dinero de ahorro o inversión a bancos que promueven esa transición de la economía y la sociedad hacia un modelo más sostenible y justo.
La decisión está en cada una de nuestras manos y nunca es tarde para tomarla. Las futuras generaciones nos lo agradecerán. Todo cuenta. No comer carne un par de días a la semana, utilizar el transporte público o la bici siempre que sea posible o confiar parte de nuestro dinero a entidades que promueven el cambio sostenible son pasos pequeños que contribuyen, sobre todo si los sumamos.
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