El cambio climático no es un problema del futuro: la viña es la primera en sentir sus efectos. Sus impactos afectan directamente a los cultivos y al equilibrio de la uva, poniendo en riesgo no solo la producción, sino también la identidad de cada región vitivinícola. Adaptar los viñedos, hacerlos más resilientes y gestionar los recursos de manera eficiente se ha convertido en una prioridad absoluta.
Cada bodega está profundamente ligada al territorio que la acoge. Pequeños pueblos y parajes esconden viñedos que generan vida y riqueza para la región. El vino es el reflejo de la tierra en la que crecen las viñas, de sus variedades y de la tradición que las rodea. Por tanto, proteger los viñedos es apostar por un patrimonio agrícola, cultural y ambiental, asegurando un futuro sostenible para todos.
En nuestros viñedos aplicamos medidas de adaptación que buscan amortiguar el impacto del calentamiento global: ajustamos la orientación de las plantas para favorecer el sombreado natural de los racimos, identificamos variedades más resistentes y diseñamos nuevas plantaciones en zonas resguardadas o de mayor altitud. Cada decisión busca mantener la salud de la vid y la calidad del fruto, a la vez que se protege el entorno natural.
Para González Byass, la viticultura regenerativa se ha convertido en una guía de trabajo: técnicas que respetan el suelo, la flora y la fauna, creando suelos vivos capaces de capturar carbono de manera natural. Al mismo tiempo, se aplica un riego controlado que da a la viña solo el agua que necesita, combinando eficiencia con respeto por el entorno.
Pero la adaptación al cambio climático no se limita al viñedo: es necesario integrar medidas en toda la cadena de producción. El camino hacia la descarbonización comienza con comprender dónde se generan los mayores impactos y establecer objetivos claros y alcanzables. Para ello, se impulsa la eficiencia energética y se sustituyen progresivamente los combustibles fósiles por energías limpias. La innovación se convierte en un aliado estratégico, con la implementación de distintas fuentes renovables: energía solar, biomasa, aerotermia, geotermia, hidrógeno verde y biogás, entre otras. Todo ello permite que más de la mitad de la energía utilizada provenga hoy de fuentes renovables.
A esto se suma la captura de CO₂, transformando emisiones en energía limpia y cerrando un círculo que reduce la huella de carbono. La movilidad también avanza hacia la sostenibilidad, con vehículos eléctricos e híbridos y puntos de recarga gratuitos en varias bodegas. Por otro lado, el ecodiseño del envasado reduce el peso de las botellas, elimina plásticos y fomenta la reutilización y el reciclaje. Un manual técnico establece criterios claros para seleccionar materiales responsables y garantizar la reciclabilidad integral, mitigando así uno de los impactos más significativos del sector vitivinícola.
Solo con un enfoque integral, que combine adaptación, innovación y respeto por el territorio, es posible enfrentar el cambio climático sin perder la esencia del viñedo ni el legado de las regiones vitivinícolas. Es un camino que requiere compromiso, visión y acción constante, pero que asegura que el vino siga contando la historia de la tierra y de quienes la trabajan.


