Nunca me propuse ganar premios ni construir monumentos.
Hace más de cuarenta años, en Níger, simplemente traté de ayudar a las personas a salir de la pobreza y sanar la tierra de la que dependían sus vidas. En cierta medida, fue tanto un acto de fe como de rebeldía, una creencia de que el cuidado de las personas y del planeta no tienen porqué estar reñidos.
Sin embargo, mientras estaba en Luxemburgo, aceptando el Premio de la Paz por la Construcción de la Paz Ambiental, mis pensamientos se remontaron a las áridas laderas de Etiopía dos décadas antes, a siete comunidades a las que una vez se les dijo que su sueño era imposible. A veinte largos años de perseverancia que, de forma silenciosa pero convincente, demostraron que los escépticos estaban equivocados.
Los proyectos Humbo y Sodo en el valle del Rift de Etiopía cumplen ahora dos décadas como las iniciativas de regeneración más antiguas de África en el marco del Mecanismo de Desarrollo Limpio de las Naciones Unidas. Lo que comenzó con dudas y una financiación modesta se ha convertido en una prueba viva y palpable de que las tierras degradadas no son tierras perdidas, y que quienes las habitan no son víctimas pasivas que esperan ayuda, sino agentes de renovación que esperan una oportunidad.
El sueño imposible
Cuando llegué por primera vez a Humbo en 2004, el paisaje parecía un lamento. La pobreza y el hambre habían talado todos los árboles para obtener combustible y madera; quedaba menos del uno por ciento de la cubierta forestal. Las comunidades dependían de la ayuda alimentaria, las sequías habían arrasado sus cultivos y la tierra misma parecía suspirar bajo el peso del agotamiento. Las inundaciones arrasaban los valles, el calor era implacable y la vida silvestre había desaparecido hacía mucho tiempo.
Recuerdo una frase que se repetía como un estribillo: «Con los escasos recursos que tienen, esto es imposible».
Sin embargo, la gente se negó a resignarse. Siete cooperativas decidieron restaurar 2.728 hectáreas de pastizales áridos mediante la Regeneración Natural Gestionada por los Agricultores (FMNR, por sus siglas en inglés), el mismo enfoque que, una década antes, había transformado la desolación de Níger en resiliencia. No hubo costosos plantones ni intervenciones mecánicas. Solo la poda cuidadosa y la protección de los sistemas radiculares vivos, un bosque subterráneo, dormido pero no muerto, esperando resurgir.
Cómo es la regeneración
Tres años después, regresé. Al salir del coche, una repentina oleada de cantos de pájaros, ausentes durante décadas, se elevó desde los árboles. Se podría decir que parecía como si la propia tierra estuviera exhalando. En 2012, la transformación de Humbo era asombrosa: las laderas, antes áridas, ahora estaban cubiertas de un manto verde. Las especies en peligro de extinción regresaron; las inundaciones cesaron; el clima se enfrió; el agua, que se había perdido en el recuerdo, volvió a fluir.
Humbo se convirtió en la primera comunidad africana en obtener créditos de carbono administrados por la ONU, lo que generó más de un millón de dólares para iniciativas locales, almacenamiento de granos, molinos harineros, apicultura y educación. Sin embargo, podría decirse que su verdadera riqueza residía en otra parte: en la dignidad recuperada, la esperanza renovada y la tranquila alegría de haber redescubierto la autodeterminación.
El viaje paralelo de Sodo
Unos años más tarde, Sodo comenzó su propia renovación. Antes del proyecto, las inundaciones y los deslizamientos de tierra eran tan frecuentes que, trágicamente, uno de ellos sepultó a toda una familia. Ahora, ambas regiones cuentan una historia diferente, ya que juntas generan 1,3 millones de dólares en créditos de carbono y capturan cientos de miles de toneladas de CO₂. El Gobierno etíope, convencido por las pruebas más que por la retórica, ahora busca replicar el modelo en 15 millones de hectáreas.
Esto no se trata de mí
FMNR ha dado forma al trabajo de mi vida, pero no puedo atribuirlo como mío. El movimiento pertenece a quienes lo hacen realidad: pequeños agricultores que cuidan árboles en tierras que tal vez nunca lleguen a ser de su propiedad, mujeres que forman grupos de ahorro porque la tierra vuelve a ser prometedora, madres que ya no tienen que caminar kilómetros para buscar agua y niños y niñas que por fin pueden seguir yendo a la escuela.
El comité del Premio Nobel de la Paz reconoció algo que yo llevo mucho tiempo observando: que la pobreza, el colapso medioambiental y los conflictos están profundamente entrelazados. La restauración desentraña ese enredo. A medida que vuelven los alimentos, el agua y el combustible, también lo hace la paz.
El movimiento que debemos construir
El mundo sigue enfrentándose a una inquietante realidad: cuatro mil millones de hectáreas de tierra siguen degradadas, y casi la mitad de los pobres del mundo dependen de ellas para sobrevivir. FMNR ofrece un remedio modesto pero potente hasta treinta y seis veces más barato que la plantación convencional de árboles. En Ghana, por ejemplo, un proyecto de 300.000 dólares generó más de 2 millones de dólares en beneficios sociales en cinco años.
Es por eso, posiblemente, por lo que World Vision y yo nos esforzamos por reverdecer mil millones de hectáreas para 2033. No solo para mitigar el cambio climático, sino para restaurar vidas, recalibrar la justicia y aliviar las presiones que desencadenan los conflictos, especialmente para los mil millones de niños y niñas que viven bajo un riesgo climático extremo.
FMNR es más que un método; es un movimiento de dignidad, persistencia y paz, una invitación a creer que al sanar la tierra, podemos, a su vez, sanarnos a nosotros mismos.
Todo el mundo es propietario de FMNR. La pregunta sigue siendo: ¿te unirás al movimiento?


