La celebración del Safer Internet Day nos recuerda que hay momentos en los que entendemos, casi sin querer, que la reputación de una marca se juega en los pequeños detalles… y también en los grandes sobresaltos. En un mundo donde lo digital se mueve más rápido que nosotros, las amenazas no solo ponen a prueba nuestros sistemas: ponen a prueba la confianza que las personas depositan en nosotros cada día.
La valoración que hacen nuestros clientes, socios, empleados y sociedad en general sobre nuestra capacidad para cumplir aquello que prometemos es lo que determina la reputación de la compañía y la confianza que genera nuestra marca. Algo que puede parecer tan intangible, en Allianz Partners lo entendemos como esencial: nuestro día a día consiste precisamente en proteger esa confianza, también en un entorno tan expuesto como es el digital.
Imagina que hoy, por la mañana, tu empresa recibió un aviso de actividad sospechosa. En cuestión de minutos, el equipo técnico contiene el incidente. Todo bajo control. Pero al día siguiente, las búsquedas en Google sobre la marca se disparan, los clientes hacen preguntas que antes no se atrevían a formular, y los comerciales empiezan a notar silencios incómodos en sus reuniones. El ataque ha durado horas, pero el impacto en la percepción durará semanas.
Y esto ya no es la excepción. El año pasado, el 67% de las organizaciones sufrió más incidentes que el año anterior. Pero la cifra que realmente estremece es otra: el 47% de las empresas tuvo dificultades para atraer nuevos clientes después de un ataque. No por el fallo técnico —que casi siempre se soluciona rápido— sino por ese mensaje silencioso que se instala en la mente de las personas: “¿puedo seguir confiando en esta marca?”
Otro ejemplo habitual: una compañía innovadora, ágil, bien percibida, con clientes fieles, se enfrenta a una brecha que expone correos internos y parte de su base de datos. El equipo de Comunicación trabaja sin descanso, publica con la mayor transparencia posible el estado de la brecha y colabora con los medios de comunicación para evitar malentendidos o desinformación. Pero aun así, durante semanas, encontrará titulares confusos y dañinos circulando por internet. El 38% de las organizaciones experimentó esta mala publicidad tras una brecha, y muchas —un 21%— vieron cómo los socios comerciales se distanciaban, al menos inicialmente.
En un entorno empresarial interconectado, la confianza viaja tan rápido como la desconfianza. Y se rompe con la misma facilidad.
Por eso, hoy más que nunca, la reputación no es solo un valor: es un reflejo de cómo respondemos cuando las cosas se complican. No se construye en las campañas, sino en los momentos críticos. En la capacidad de reaccionar, comunicar y acompañar a las personas cuando sienten incertidumbre.
La realidad es que el coste reputacional de un incidente ya supera en muchos casos al económico: el 87% de los consumidores abandonaría una marca si percibe que no gestiona sus datos con seguridad. La confianza en la gestión de la información es una condición imprescindible para mantener cualquier relación comercial.
Por eso, hablar de ciberseguridad y fraude ya no es un debate limitado a áreas técnicas o a departamentos especializados. Es una cuestión de gobernanza. La protección de la reputación corporativa depende, cada vez más, de la capacidad de las organizaciones para anticipar riesgos digitales, gestionarlos con rapidez y transparencia, y contar con estructuras que integren la ciberseguridad en la estrategia global del negocio.
En nuestro caso, en Allianz Partners, la relación con nuestros clientes se basa en algo esencial: estar ahí cuando más nos necesitan. Pero para poder estar ahí, primero debemos garantizar que su información está segura con nosotros y que tenemos la capacidad de responder con agilidad ante cualquier amenaza. La confianza no se gana solo con productos y servicios excelentes, sino también demostrando responsabilidad, ética y compromiso con la seguridad.
Las nuevas tecnologías están redefiniendo el riesgo: la inteligencia artificial generativa ha facilitado la creación tanto de innovaciones positivas como de ataques cada vez más sofisticados —desde deepfakes hasta fraudes automatizados—. Para las áreas de comunicación, esta nueva realidad implica un desafío adicional: gestionar la narrativa en un entorno donde la desinformación puede propagarse tan rápido como el propio ataque. Un incidente mal gestionado puede multiplicar el daño reputacional, incrementar la pérdida de confianza y prolongar la recuperación. Por eso, hoy la comunicación es un pilar esencial de la gestión del riesgo: no solo importa lo que hacemos, sino cómo y cuándo lo contamos.
Más del 61% de los líderes empresariales reconoce que un ciberataque tendría un efecto significativamente negativo en la reputación de su organización, y el 64% teme perder clientes si no demuestra capacidad para gestionar los datos de forma rápida y segura. Esta percepción no es casual: los ciudadanos son cada vez más conscientes de la vulnerabilidad de su información personal y exigen a las empresas estándares más altos de protección.
Estoy convencida de que el verdadero reto no es únicamente defendernos de las amenazas: la reputación se construye con hechos, pero se sostiene con coherencia. Y en un mundo digital tan incierto, es la ciberseguridad la que nos permite mantener esa coherencia.
La tecnología seguirá evolucionando y las amenazas también. Lo que no debe cambiar es nuestro compromiso con la transparencia, la responsabilidad y el buen gobierno.

