Hablar de una marca transparente y sostenible implica, inevitablemente, asumir el reto de construir una empresa que también lo sea. Para ello, resulta imprescindible que la cultura corporativa esté alineada con estos dos pilares: la transparencia como valor clave y fundamento de la relación con todos los grupos de interés, y la sostenibilidad como estrategia transversal, plenamente integrada en el negocio.
Una cultura de transparencia va mucho más allá de comunicar lo que hacemos. Exige generar un entorno seguro para las personas trabajadoras, basado en la confianza y en la capacidad de compartir no solo aquello que funciona bien, sino también aquello que debemos mejorar. La transparencia trasciende las dinámicas de comunicación para situarse en el ámbito del liderazgo, los valores y la gestión del talento. Una organización transparente hacia fuera lo es, primero, hacia dentro.
La transparencia genera confianza, y ambas constituyen pilares esenciales para una colaboración honesta, productiva y sostenible en el tiempo. Para crear esa confianza no basta con lo que hacemos (en ESTEVE, mejorar la vida de las personas), sino también con la manera en que lo hacemos. Y ese “cómo” viene determinado por la cultura corporativa y por nuestra estrategia de sostenibilidad y criterios ESG (Environmental, Social & Governance), que definen un marco claro de actuación.
Ser una empresa sostenible implica generar un impacto positivo en las personas, alineado con nuestro propósito y reforzado por aquellas acciones dirigidas a pacientes, comunidades y profesionales. Ser una empresa responsable exige minimizar nuestro impacto medioambiental. Y trabajamos, asimismo, para garantizar un sistema de gobierno corporativo que vele no solo por el cumplimiento normativo, sino por los más altos estándares éticos en todas nuestras decisiones.
Según el Edelman Trust Barometer de 2025, el estudio anual de referencia global que analiza la confianza de la población hacia compañías, gobiernos, medios de comunicación y ONGs, las empresas son percibidas como competentes y éticas, pero se exige más acción por parte de estas para generar valor. La confianza (difícil de ganar y fácil de perder) se construye demostrando, de forma transparente, que lo que hacemos y cómo lo hacemos responde al compromiso real que tenemos con las personas y con el planeta.
Y, sin embargo, no es suficiente con contarlo. No se trata únicamente de comunicar. Se trata de actuar. De ser coherentes. De asumir compromisos reales. De tener una responsabilidad clara. De seguir una estrategia sólida y verificable.
¿Y cómo se traduce todo esto en la práctica?
En primer lugar, es fundamental contar con un propósito claro, que impregne a toda la organización y oriente cada acción y cada decisión. Además, la cocreación de la estrategia de sostenibilidad con los grupos de interés permite generar un impacto compartido, reforzando la legitimidad y pertinencia de las iniciativas.
En segundo lugar, resulta clave disponer de canales y materiales de comunicación claros, accesibles y verificables. La página web corporativa o el informe anual (auditado y con información contrastable) son ejemplos concretos que contribuyen a consolidar la confianza.
Y, por último, es importante alinearse con estándares internacionales. Formar parte de movimientos como B Corp u obtener acreditaciones como EcoVadis demuestran que no hablamos solo de narrativa: hablamos de adoptar una forma responsable, exigente y medible de hacer las cosas.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Comunicación Responsable: Claves para construir una marca transparente y sostenible


