En Midea Europa, la marca Teka entiende la economía circular como una forma de transformar la manera en que se diseñan, fabrican y gestionan los electrodomésticos a lo largo de todo su ciclo de vida. No se trata solo de reciclar más, sino de incorporar criterios de circularidad desde el origen: utilizar mejor los recursos, reducir residuos, facilitar la reparación y el desmontaje, optimizar los embalajes y reforzar una gestión responsable del final de vida de los aparatos. Ese enfoque forma parte de una visión industrial que busca generar menos impacto ambiental y, al mismo tiempo, más valor para la sociedad.
En el caso de Teka, este compromiso empieza con el ecodiseño, aplicando las directrices de diseño ecológico para minimizar residuos, reducir el uso de recursos naturales y energía y limitar la presencia de componentes peligrosos.
La selección de materiales también es clave. En Teka, el acero y el acero inoxidable representan casi el 70% de las materias primas consumidas por la compañía. Son materiales especialmente relevantes desde la perspectiva de la economía circular porque son 100% reciclables y pueden reincorporarse repetidamente al ciclo productivo sin perder sus propiedades esenciales. A ello se suman avances concretos en planta. En Santander, por ejemplo, se ha incrementado el contenido de acero inoxidable reciclado en la fabricación de fregaderos, superando el 90%, frente al 70% anterior. Este tipo de mejoras permite reducir la dependencia de materias primas vírgenes y avanzar hacia un modelo de producción más eficiente y resiliente.
Otro ámbito de actuación prioritario es el packaging, donde distintas fábricas del grupo están impulsando medidas concretas para reducir materiales, mejorar la reciclabilidad y optimizar la logística. En Santander, durante 2025, se han incorporado protectores de cartón en sustitución de materiales plásticos, reduciendo de forma significativa el uso de poliestireno expandido (EPS), además de eliminar bolsas de plástico en determinados embalajes y sustituirlas por soluciones basadas en cartón. En la fábrica de Zepa (Italia), por su parte, se está desarrollando una solución de embalaje 100% papel para placas de gas, actualmente en fase final de validación técnica y funcional antes de su implantación en línea. A ello se suma TEKA Mexicana, donde está prevista la sustitución de determinados protectores de embalaje por alternativas de cartón reciclable, reforzando así la alineación del packaging con criterios de circularidad. Estas actuaciones se enmarcan, además, en una tendencia más amplia de optimización de materiales observada en 2025, con reducciones relevantes en categorías ligadas al embalaje, como el cartón en TEKA España y el polietileno y el papel en TEKA Internacional.
La circularidad también se juega en la gestión de los residuos generados durante la producción. En Teka, tanto los residuos peligrosos como los no peligrosos se gestionan a través de gestores autorizados, priorizando el tratamiento adecuado, el reciclaje y la valorización frente a la eliminación. Existen además medidas específicas por planta para reducir impactos y mejorar procesos. En Santander, por ejemplo, se ha optimizado el protocolo de secado de los lodos procedentes de las lavadoras industriales, reduciendo el volumen de un residuo peligroso. En TEKA Mexicana, por su parte, se han impulsado iniciativas de valorización especialmente relevantes, como el reciclaje del papel intercalado utilizado para proteger bobinas de acero inoxidable y la mejora de la gestión del aceite usado generado por maquinaria mediante esquemas externos de reciclaje y valorización.
Pero una estrategia de economía circular no termina en la fábrica. En el caso de Teka, también alcanza al final de vida de los productos puestos en el mercado. Como fabricante e importador de aparatos eléctricos y electrónicos, la compañía trabaja para garantizar que esos residuos sean correctamente recogidos y tratados, favoreciendo la recuperación de materiales y la preparación para la reutilización cuando resulta técnica y normativamente viable. Este enfoque permite alargar la vida útil de los productos, reducir el impacto ambiental asociado a su desecho y reforzar la lógica circular más allá de la venta.
Además, en España, este modelo incorpora una dimensión social especialmente valiosa. La gestión del final de vida se apoya también en entidades de economía social y centros especiales de empleo especializados en recogida, transporte, reciclaje y preparación para la reutilización. Esto permite que la economía circular no solo tenga efectos ambientales positivos, sino también impacto social real: inserción laboral de colectivos vulnerables, impulso del empleo inclusivo y fortalecimiento del tejido social en los territorios. En el ámbito de la preparación para la reutilización, esta red colaborativa incluye organizaciones como Traperos de Emaús, Koopera, Solidança, AMIAB/EMMA o ECOINTEGRA-FANE, entre otras. En conjunto, opera en 12 de las 17 comunidades autónomas y en dos ciudades autónomas, habiendo gestionado de forma agregada el equivalente al 27% de las cantidades gestionadas y al 20% de la facturación del modelo colaborativo analizado. Ahí está una de las ideas más potentes de la economía circular: no solo reduce residuos; también puede generar inclusión y cohesión social.
En definitiva, para Teka, dentro de Midea Europa, la economía circular no es una acción aislada ni una tendencia pasajera. Es una manera de entender la industria: diseñar mejor, usar mejor los materiales, reducir el desperdicio, optimizar los embalajes y asegurar que el final de vida de los productos genere el máximo valor ambiental y social posible. Porque el futuro industrial no pasa por producir más residuos, sino por conservar más valor durante más tiempo.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Economía Circular: un camino hacia el futuro con menos desperdicio y más valor


