Las comunidades no se definen solo por límites geográficos. Se construyen a partir de los espacios que se comparten, de los servicios a los que se accede y de las decisiones cotidianas que influyen en cómo se vive. En ese marco, la actividad de las empresas tiene un impacto directo en el entorno más cercano. Reconocerlo no es un gesto retórico, sino el primer paso para asumir una responsabilidad que hoy resulta ineludible.
Durante años, el impacto social a nivel local se entendió como un complemento de la actividad empresarial, casi como un añadido voluntario. Ese enfoque, con el devenir de los tiempos, se ha quedado corto. En un contexto marcado por retos sociales, ambientales y de salud cada vez más complejos, el papel de las empresas no puede limitarse a generar actividad económica. Implica participar de forma activa en la construcción de entornos más saludables, inclusivos y sostenibles, desde una lógica de cercanía y corresponsabilidad.
¿Hasta qué punto puede una empresa influir realmente en la salud de la comunidad en la que opera? La respuesta pasa por entender que la salud no depende únicamente de la atención sanitaria. El entorno cotidiano condiciona de forma decisiva la salud física y emocional. La calidad del aire, la presencia de zonas verdes o la posibilidad de moverse de forma activa influyen en cómo se vive hoy y en cómo se vivirá mañana. Las ciudades funcionan, muchas veces sin que se perciba, como una infraestructura que también tiene un impacto directo sobre el estado de salud de quienes la habitan..
Adoptar esta mirada supone un hito relevante. El impacto social a nivel local deja de entenderse como una suma de acciones aisladas y pasa a integrarse en una forma más amplia de concebir la salud desde la base, como una suma de factores en las que lo cotidiano y lo local tienen su importancia. En ese punto, las iniciativas que conectan hábitos de vida saludables, adoptados por los individuos, con los beneficios colectivos que la suma de esos hábitos puede suponer, adquieren un valor especial, porque permiten transformar decisiones diarias en mejoras reales para la comunidad.
Desde esta forma de entender la salud surge Healthy Cities, la iniciativa de sostenibilidad que Sanitas impulsa desde hace diez años para conectar salud, entorno y participación ciudadana. Cada primavera, el proyecto lanza un reto sencillo a la población: caminar 6.000 pasos al día durante varias semanas y dejar el coche en casa un día por semana. El objetivo no es solo fomentar actividad física o movilidad activa, sino activar un compromiso compartido. Cada persona que acepta este reto de salud personal, acepta contribuir también a mejorar la salud colectiva, porque la compañía transforma el compromiso de los participantes en árboles que son donados a ciudades españolas. De este modo, una decisión individual genera un impacto directo en el entorno común generando un ambiente más verde y saludable.
En la última edición, más de 22.600 personas participaron en el reto Healthy Cities y sumaron 8,1 billones de pasos. Adicionalmente, eligieron dejar el coche en casa un día a la semana. Ese esfuerzo colectivo permitió evitar la emisión de más de 14 toneladas de CO₂ gracias a la reducción del uso del coche. Gracias a todo ello, Sanitas ha invertido más de 600.000 euros en árboles que ha donado a 10 ciudades para generar más zonas verdes y a WWF para recuperar unos humedales en el sur de Madrid.
La continuidad de la iniciativa desde 2015, ha permitido involucrar a más de 100.000 participantes y plantar más de 75.000 árboles. Más allá de las cifras, el valor de este tipo de programas reside en su capacidad para generar un efecto comunitario tangible, al movilizar a miles de personas en torno a un objetivo compartido: la salud por encima de todo. Se trata de una aproximación desde una perspectiva One Health, basada en la interdependencia entre personas, ciudades y planeta. La salud deja así de abordarse como un asunto individual para convertirse en un proyecto colectivo con efecto a largo plazo.
En cualquier caso, el impacto social local no se mide únicamente en árboles plantados o pasos contabilizados, se refleja también en la cohesión social, en la conciencia compartida y en la capacidad de las comunidades para construir entornos que cuidan de quienes los habitan. Abordar la salud desde lo local refuerza la idea de que el bienestar es un compromiso compartido.
Este enfoque tiene, además, un reflejo claro dentro de las propias organizaciones. Las empresas que integran el impacto social local en su forma de trabajar fortalecen el vínculo con sus equipos y con sus grupos de interés. La implicación crece cuando se ve que el trabajo diario sirve para mejorar la comunidad y cuando el compromiso social está presente de verdad en la forma de trabajar de la empresa.
Ahora bien, el impacto social no se sostiene únicamente con buenas intenciones. Requiere continuidad, medición de resultados y transparencia. Evaluar avances y rendir cuentas permite asegurar que el compromiso se mantiene en el tiempo y que genera beneficios reales para las comunidades.
Las empresas pueden y deben contribuir de forma activa a mejorar su entorno cercano. Integrar el impacto social local en la estrategia no es una cuestión de imagen, sino de coherencia con la sociedad en la que operan. No es reputación, es responsabilidad. Lo que se cuide hoy marcará la salud del futuro.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Impacto social local: Empresas comprometidas con el bienestar de sus comunidades

