Cuando comencé mis pasos como Payasa en Hospitales hace 23 años, nunca imaginé que ese arte, tan maltratado como lenguaje peyorativo, usado como insulto, podría ser algo tan elevado que me enseñara profundamente sobre la vida de las personas, de la infancia, adolescencia y hasta de mí misma. No pude imaginar que esa labor sensible, de cuidar de la salud emocional, a través del juego, la alegría, el respeto, la preparación de los recursos del clown se podría volver tan clave en la vida de personas y familias hospitalizadas acompañando a menores, en situaciones críticas, agudas, con riesgo de perder hasta la vida. ¿Por qué será que un enfoque payasil pueda volverse un cuidado necesario cuando desgraciadamente la salud física o mental se desequilibran?
Hace muy pocos días nos despedimos de Lucía. Una niña que desde 2018 nos iluminó con su caída de pestañas y con las risas de su madre que desde el primer día nos abrió las puertas de su vida. Con ellas a lo largo de los años compartimos reflexiones sobre cómo se puede vivir o se puede perder la vida cuando el sufrimiento de una enfermedad se instala en tu existir. Todo lo que se pierde cuando no se mira de frente con empatía, cuando la resignación no logra ser aceptación y cuando pensamos que no merecemos compartir carcajadas y ocurrencias que nos rescaten de la rutina de los cuidados y de los miedos… qué grande es el riesgo de aislamiento sintiendo la vulnerabilidad, la soledad, el miedo a la no aceptación y al rechazo. Duelen saber los casos de suicidios reales de madres que se han sentido tan solas al haber perdido su peque la posibilidad de una vida normalizada, perdiendo la vida social conjunta y perdiendo la salud mental hasta el punto de quitar la vida a su niño antes que la propia. Podemos saber que son casos aislados… y tan aislados… y que son más los casos de familias que se sienten arropadas por instituciones que no las abandonan y protegen su vulnerabilidad haciéndolas más fuertes, más autónomas, y observando y atendiendo la integridad global de su casuística vida. Pero hay vulnerables entre los más vulnerables. En 23 años por salas de hospital vi una gama de historias del blanco pasando por todos los grises, atravesando a negro y volviendo siempre como militancia, a los colores. Al duelo y alegría en colores… Y ya a esta altura y después de tantos años de trabajar para los supervivientes. Sí, supervivientes en salud mental, que se han suicidado, y afortunadamente les salió mal y supervivientes del día a día en cuidados paliativos pediátricos donde cada día de batalla es un no a la muerte. Y también trabajamos para los que nos trascienden. Esas personas que nos compartieron su tiempo y existir y que sentimos son otra institución que nunca nos va a abandonar… a ellos que nos trascienden les prometemos que seguiremos cuidando de los que aquí quedan…
Cuando una madre te dice que es importante que estemos en el tanatorio de su niña, con todos nuestros colores, porque su niña merece una fiesta grande de despedida… todas las preguntas encuentran una única respuesta… la ilusión y la belleza del amor nos rescatan y protegen en las situaciones más delicadas y vulnerables de la vida. Ese es mi trabajo. Y eso es ser Payasa.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


