Conocí a Eli una noche, mientras hacía voluntariado en rutas con personas en situación de calle. La primera de muchas noches que vendrían después, reencontrándonos cada martes en los mismos bajos poco iluminados de una plaza madrileña. Hablo de Eli, pero también fueron Rasta, Carlos, Laura, Lamin. Y tantos otros. Personas con nombres, historias, proyectos de vida truncados. Atrapadas en un laberinto de ayuda sin salida clara.
El eco de esas noches me llevó a hacer preguntas incómodas, preguntas sobre los colectivos en situación de vulnerabilidad que navegan por sistemas de ayuda fragmentados, en los que encontrar información básica se convierte en un obstáculo más. ¿Por qué en plena era digital, quienes más necesitan información son precisamente quienes menos acceso tienen a ella?
En un capítulo de Disability Visibility, Wanda Díaz-Merced escribe algo en un contexto de diversidad funcional, pero aplicable a tantas situaciones: «El acceso a la información […] nos da las mismas oportunidades de mostrar nuestros talentos y elegir qué queremos hacer con nuestras vidas, basándonos en el interés y no en las barreras potenciales«. El acceso a información no debería ser un lujo: es un derecho básico que determina si puedes participar en tu comunidad con dignidad o quedas perpetuamente al margen de una sociedad en constante movimiento, que no mira atrás.
Entre buenas intenciones y desconexión estructural
Indagando más en el problema, lo que descubrí hablando con decenas de entidades es que el problema va más allá. Y no es que falten recursos –que también– o gente comprometida. De hecho, los equipos sociales se dejan la piel a diario con medios que no suelen estar a la altura. El problema es que el sistema está diseñado de forma fragmentada: información en folletos que nadie actualiza, derivaciones por WhatsApp o llamadas telefónicas, entidades duplicando esfuerzos sin saberlo, personas que quedan fuera de servicios que existen pero no encuentran.
Así nació Llum Social: desde el terreno, escuchando a trabajadoras sociales agotadas y a personas usuarias invisibilizadas. El proyecto ofrece una plataforma donde las entidades gestionan y comparten recursos en tiempo real, y una app móvil donde las personas en situación de vulnerabilidad ven en un mapa qué tienen disponible cerca de ellas. Todo eso incorporando análisis de datos –anónimos– para entender qué funciona y, más adelante, identificar mejor las brechas.
Pero el proyecto va más allá. También crea puentes con la comunidad a través de comercios colaboradores: establecimientos donde cualquier persona puede prepagar un café o productos básicos que los usuarios recogen como un cliente más, sin distintivos. Recursos fuera del circuito asistencial, donde acceder no te señala. Donde recuperas algo que el sistema te quita constantemente: normalidad y dignidad.
Emprendimiento social: otra forma de medir el éxito
Proyectos como este nacen de una premisa incómoda: que el mercado ignora los problemas que no son rentables. Vivimos en una sociedad de consumo donde el crecimiento es, a menudo, la única métrica que importa. Donde una startup vale más cuanto más rápido escala, donde el éxito se mide en rondas de financiación y valoraciones de mercado. En ese contexto, demostrar que existe una economía más social, con otra forma de hacer las cosas —otra forma de emprender, de entender qué significa el éxito— es un acto político. Como bien dice el lema de la Red de la Economía Alternativa y Social en Valencia, la XEAS: «No volem anar a contracorrent, volem canviar el corrent» («No queremos ir a contracorriente, queremos cambiar la corriente«).
El emprendimiento social no es emprendimiento tradicional con barniz solidario: es una forma de responder a desigualdades estructurales que llevamos toda la vida viendo y que nos negamos a seguir normalizando. Es una apuesta radical por medir el éxito de otra manera: no por cuánto facturas, sino por cuántas vidas cambias. No por cuánto escalas, sino por cuánto impacto multiplicas. Y sí, tiene que ser sostenible económicamente porque de lo contrario no perdura. Pero la sostenibilidad económica es el medio para sostener el proyecto, nunca el fin en sí mismo. El fin siempre son las personas.
Una responsabilidad compartida
Todo lo que hace Llum Social —conectar recursos, reducir barreras de acceso, tejer alianzas entre entidades, comercios y comunidad— se alinea de forma natural con varios ODS de la Agenda 2030. Pero los ODS no deberían ser una etiqueta que pones al final para justificar tu proyecto. Son útiles si sirven como marco de trabajo. Por eso, a menos de cinco años de su horizonte, la pregunta no es solo si se alcanzarán, sino qué hábitos quedarán después: si habrán servido para instaurar prácticas que continúen más allá de las fechas marcadas.
Ante ese panorama, la nueva generación de jóvenes emprendedores sociales tiene una ventaja y una responsabilidad. La ventaja: hemos crecido con herramientas digitales que permiten escalar soluciones con recursos limitados. La responsabilidad: usar esas herramientas –tecnología, innovación, escalabilidad– para resolver problemas a los que la empresa tradicional no llega.
Pero esto no puede hacerse en solitario. Movimientos como la XEAS o iniciativas como los Premios de la Fundación MásHumano juegan un papel que no siempre se valora: dan espacio a proyectos que nacen del impacto, y legitiman una forma de trabajar que el emprendimiento tradicional sigue mirando con escepticismo.
Llum Social es solo una pequeña luz en un ecosistema enorme y complejo. Una entre muchas que hacen falta.
Para Eli, que quienes la conocimos recordaremos siempre.


