Hace apenas una década, el Acuerdo de París se firmó como una promesa de supervivencia. Hoy, con los datos de cierre de 2025 sobre la mesa, esa promesa parece estar agrietándose bajo el peso de la inacción. A pesar de los discursos sobre sostenibilidad, las emisiones globales aumentaron un 1,1% el pasado año, y en países como España, el repunte del 0,6% —impulsado por un sector eléctrico que volvió a refugiarse en el gas ante fallos de planificación— nos aleja peligrosamente del objetivo de reducción del 32% para 2030.
Ya no estamos en la era de los «compromisos para el futuro»; estamos en la era de las consecuencias presentes. Si queremos evitar que el aumento de la temperatura supere el umbral crítico de los 1,5°C en esta década, la estrategia debe dejar de ser cosmética y volverse estructural.
La trampa de la «descarbonización lenta». El principal obstáculo no es la falta de tecnología, sino la resistencia a cambiar el motor del sistema. El reciente Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025 de la ONU es tajante: la producción prevista de combustibles fósiles para 2030 duplica lo que el planeta puede soportar. Seguimos subvencionando el pasado mientras el futuro nos pide paso.
En 2025, el sector transporte y el auge del turismo masivo volvieron a disparar el consumo de queroseno y gasolinas. La realidad es cruda: la eficiencia por sí sola no basta si el volumen de consumo sigue creciendo sin control.
Para revertir esta tendencia en 2026, propongo tres ejes de acción inmediata que van más allá del simple reciclaje o la plantación simbólica de árboles, deberíamos ir hacia una electrificación de «Vanguardia» y Almacenamiento. No basta con instalar paneles solares; necesitamos una red capaz de absorberlos. La prioridad debe ser la soberanía energética basada en el almacenamiento (baterías y bombeo) y el despliegue del hidrógeno renovable para descarbonizar la industria pesada (acero y cemento), que hoy representa más del 30% de las emisiones industriales.
Fiscalidad Climática Finalista. Es hora de aplicar impuestos al carbono que no se pierdan en las arcas generales, sino que se reinviertan directamente en transporte público electrificado y rehabilitación energética de viviendas. Si contaminar sigue siendo más barato que innovar, la transición será eterna.
Agricultura Regenerativa y Economía Circular. El sistema alimentario actual es un emisor masivo. Debemos incentivar la transición hacia modelos que no solo emitan menos, sino que actúen como sumideros de carbono. Transformar el modelo «usar-tirar» por uno de «reparar-reutilizar» podría reducir las emisiones industriales globales hasta en un 45%.
Combatir el cambio climático en 2026 no es una cuestión de «buenismo», es una cuestión de resiliencia económica. Las empresas y países que no se descarbonicen hoy serán irrelevantes —y extremadamente pobres— mañana.
La pregunta para los líderes actuales no es si es posible reducir emisiones, sino si tienen la valentía de gestionar el fin de la era fósil. El tiempo de los diagnósticos terminó; el tiempo de la ingeniería y la voluntad política ha comenzado.


