La descarbonización dejó de ser una opción ética para las empresas hace ya mucho tiempo para pasar a convertirse en un imperativo operativo y en una ventaja competitiva. En este escenario, la manera de abordar estrategias por parte de las empresas puede variar en función de su tamaño y sector. Sin embargo, para que esta transición sea efectiva, debemos priorizar las palancas de cambio con criterio técnico y económico.
En España, hablar de empresas es, por definición, hablar de Pequeñas y Medianas Empresas. Las Pymes representan el 99,8% del tejido empresarial y aportan el 65% del PIB empresarial. Por su volumen y capilaridad, si las Pymes no se descarbonizan, España no se descarboniza. Para ellas, la sostenibilidad no puede ser un “coste extra”, sino una estrategia de supervivencia y competitividad frente a la volatilidad de los precios energéticos.
Con este enfoque en mente, antes de pensar en generar energía, debemos dejar de desperdiciarla. La eficiencia energética constituye la palanca más poderosa y rentable para impactar directamente en la reducción de emisiones. Es, además, un ciclo infinito alimentado por la innovación: lo que hoy es eficiente, mañana será superado por nuevas tecnologías para la optimización de procesos, calor industrial, climatización, etc.
Aquí es donde el sector de Ensayos, Inspección y Certificación se vuelve un actor crucial. No basta con instalar tecnología “eficiente”; hay que asegurar que funciona según lo previsto. Las empresas de certificación actúan como “jueces”, validando que los ahorros son reales y que las auditorías energéticas se traducen en reducciones de emisiones verificables. Sin este rigor técnico, el riesgo de caer en el greenwashing involuntario es altísimo.
Una vez que una organización ha adelgazado su demanda mediante la eficiencia, el siguiente paso lógico es asegurar que la energía remanente sea limpia. Consumir energía de origen renovable es el complemento necesario.
Intentar saltar directamente a las renovables sin haber optimizado la eficiencia es un error estratégico: estaríamos dimensionando infraestructuras para alimentar el desperdicio. La estrategia ganadora es clara: primero eficiencia, siempre innovación y, finalmente, electrificación renovable.


