Cada año, en el Día Mundial de las ONG, me hago la misma pregunta: ¿somos realmente conscientes del papel que desempeñan las organizaciones en la construcción de nuestras sociedades?
Las ONG no son solo entidades que “ayudan”. Son estructuras de cohesión social, espacios de innovación, redes de confianza y motores silenciosos de transformación. Allí donde hay una necesidad no cubierta, una desigualdad persistente o una crisis inesperada, suele haber una organización social y, detrás, personas voluntarias, sosteniendo, acompañando y reconstruyendo.
Este reconocimiento cobra una relevancia especial en un momento histórico, ya que 2026 ha sido proclamado por Naciones Unidas como el Año Internacional de los Voluntarios para el Desarrollo Sostenible (IVY 2026). No es una efeméride más. Es una llamada global a fortalecer, visibilizar y profesionalizar el voluntariado como pieza clave para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
El voluntariado es esencial para el desarrollo sostenible. Pero también lo es algo que durante años no hemos colocado suficientemente en el centro: los datos.
El voluntariado está evolucionando
El voluntariado de hoy no es el mismo que hace veinte años. Es más diverso, más digital, más basado en habilidades. Conecta talento profesional con causas sociales, integra a empresas en la acción comunitaria y genera alianzas que antes parecían improbables.
En paralelo, el contexto también ha cambiado. Las empresas afrontan nuevas exigencias en materia de sostenibilidad, transparencia y reporting ESG. La directiva europea de información corporativa en sostenibilidad (CSRD) y los marcos internacionales han elevado el nivel de rigor en la rendición de cuentas. Ya no basta con contar lo que hacemos: necesitamos demostrar qué impacto generamos.
En este escenario, el voluntariado corporativo vive una oportunidad y un desafío. Oportunidad, porque cada vez más compañías entienden que involucrar a su plantilla en causas sociales fortalece su cultura, su reputación y su conexión con el entorno. Desafío, porque muchas veces esa actividad no se traduce en indicadores claros que permitan evaluar su verdadero alcance.
Durante años hemos medido el voluntariado en horas dedicadas o número de personas participantes. Son datos relevantes, sí, pero insuficientes. La pregunta que hoy debemos hacernos es otra: ¿qué impacto estamos generando realmente en las comunidades? ¿Qué aprendizajes estamos obteniendo? ¿Cómo podemos mejorar?
Existe la percepción de que medir impacto es complejo, técnico o reservado a grandes organizaciones con más recursos. Pero medir no debería ser una carga administrativa, sino ser una herramienta de aprendizaje y mejora.
Muchas empresas y ONG comparten el mismo reto: quieren hacer las cosas bien, quieren generar impacto real, pero necesitan herramientas que les ayuden a ordenar, analizar y comunicar su acción social de forma estructurada.
Precisamente por eso, desde Fundación Hazloposible hemos impulsado iniciativas que facilitan esa transición hacia un voluntariado más estratégico y medible. Un ejemplo es el desarrollo de de Impactvol.org, una herramienta gratuita pensada para simplificar la medición del impacto del voluntariado. No nace desde la lógica del control, sino desde la convicción de que comprender mejor lo que hacemos nos permite hacerlo mejor.
Porque cuando transformamos datos en conocimiento, el voluntariado deja de ser una suma de actividades aisladas y se convierte en una estrategia de impacto. Y esto conecta directamente con uno de los mensajes clave del IVY 2026: la investigación y los datos son esenciales para reconocer el valor del voluntariado y para integrarlo en la toma de decisiones públicas y privadas.
Colaborar para llegar más lejos
El Año Internacional del Voluntariado 2026 también pone el foco en algo fundamental: la colaboración. Administración pública, empresas, tercer sector y sociedad civil estamos llamados a construir entornos seguros, inclusivos y accesibles para que todas las personas puedan participar.
En la 2.a Feria Social Hazloposible presentamos un Compromiso de Intenciones de Colaboración hacia 2026 junto a diversas entidades sociales. El objetivo no era firmar un documento simbólico, sino reafirmar una voluntad compartida. Porque el voluntariado no puede entenderse como una acción puntual ni como un gesto aislado. Es una infraestructura social que fortalece la resiliencia de las comunidades; el talento puesto al servicio del bien común; es ciudadanía activa.
Pero para que ese potencial sea plenamente reconocido, necesitamos eliminar barreras de acceso, apostar por la digitalización, valorar todas las formas de participación y, sobre todo, profesionalizar su gestión.
2026 como punto de partida
El IVY 2026 no debería ser solo un año de celebración. Debería ser un punto de inflexión. Una oportunidad para reconocer el papel histórico de las ONG. Para visibilizar a las personas voluntarias que sostienen nuestra sociedad en momentos de crisis y de calma.
Y para dar un paso decidido hacia un voluntariado más estratégico, más inclusivo y más medible.
En este Día Mundial de las ONG, mi invitación es clara: sigamos haciendo. Sigamos colaborando. Sigamos movilizando talento y compromiso. Pero hagámoslo también con la ambición de comprender mejor nuestro impacto. Porque aquello que somos capaces de medir, mejorar y comunicar con rigor y de manera responsable es aquello que puede consolidarse como motor real de transformación.
Y el voluntariado, hoy más que nunca, merece ocupar ese lugar.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial de las ONGs


