Nunca antes en la historia habíamos tenido tantísimo acceso a la información, y nunca antes habíamos tenido tan poca confianza en ella. Aquí surge la gran paradoja de nuestro tiempo: la institución en la que más confiamos los ciudadanos no son los gobiernos, ni los medios de comunicación, ni siquiera las ONGs; son las empresas. Según el último barómetro sobre confianza publicado por Edelman, el sector empresarial se mantiene como la institución más fiable a nivel global.
Y esto es un giro en el guión que sitúa a las compañías no solo como motores económicos, sino como anclas de estabilidad emocional y social en un mundo polarizado, donde reina la desconfianza.
Por otro lado, el mismo estudio de Edelman revela un fenómeno, cuanto menos, inquietante: 6 de cada 10 personas mantienen un sentimiento de agravio –grievance– hacia las instituciones: sienten que las empresas sirven “solo a unos pocos”, que “no mejoran su vida”. Este concepto es especialmente importante para entender cómo esta percepción generalizada erosiona la capacidad de entenderse y agranda la brecha entre grupos sociales. Cuando las personas dejamos de creer que las instituciones actúan por el bien común, dejamos de escuchar, de participar y de colaborar.
Yo, que soy de naturaleza optimista, creo que, frente a esta realidad, surge una ventana de oportunidad enorme: las empresas son vistas como más competentes y más éticas que el resto de las instituciones.
Las personas en general creen que las organizaciones son capaces de generar un impacto real: empleos, innovación, soluciones adaptadas, además de considerar que los CEOs no solo pueden, sino que deben actuar ante retos sociales.
Si las empresas son hoy la institución más confiable, no es solo por lo que hacen, sino por lo que la gente percibe que hacen. Y ahí entra en juego la comunicación corporativa, entendida como una herramienta de responsabilidad ética. Porque es esencial entender que el cómo comunicamos importa tanto como lo que hacemos y que el tono, la transparencia, la coherencia y el propósito corporativo importan hoy más que nunca.
Así que ¿por qué es tan importante una comunicación responsable? Porque si no comunicas bien, no existes. Y si comunicas mal, destruyes toda la confianza depositada en ti en un momento social muy complejo y polarizado.
Comunicar de forma responsable significa hablar menos de la empresa y hablar más de personas, de cuál es el impacto real que tu organización tiene en su entorno más próximo; explicar el porqué de las decisiones y de lo que ofrece la compañía. Pero, sobre todo, comunicar de forma responsable es comunicar sobre actos, no sobre promesas: nada destruye más rápido la confianza que un mensaje que no coincide con la realidad.
La comunicación responsable no es solo contar lo que hacemos. Es ayudar a la sociedad a comprender, a confiar y a avanzar.
Al final, todo se resume en algo sencillo: la gente quiere instituciones que hablen claro, actúen con sentido y se preocupen de verdad. Las empresas podemos ocupar ese espacio si comunicamos con honestidad y humanidad. No se trata de iluminar el mundo, sino de aportar claridad en un momento en el que ésta escasea.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Comunicación Responsable: Claves para construir una marca transparente y sostenible


