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ODS3. Percepción social tras un acontecimiento traumático

María Nieto Rodríguez, Finalista Premio TFM de la Cátedra UCM-Grupo 5 Contra el Estigma, habla de si estamos patologizando las respuestas al trauma

04-08-2022

Este trabajo pretende conocer la percepción, en población general, de las consecuencias psicológicas de experimentar un acontecimiento traumático, y si esta se ajusta a la evidencia empírica reciente. Para ello se elaboró una encuesta, en la que se recogieron las estimaciones de los participantes (n=589) para diferentes supuestos. El trabajo fue presentado en la 2ª edición del Premio TFM Contra el Estigma.

Lo primero que evaluamos fue la estimación que hacían los encuestados sobre la probabilidad que tenían de sufrir al menos un acontecimiento traumático (AT) a lo largo de su vida. Los participantes consideraban altamente probable sufrir algún acontecimiento traumático a lo largo de su vida (74,2%), considerando, además, esa probabilidad como muy similar a la que puede tener cualquier otra persona (74,1%), lo que iría en contra del proclamado sesgo optimista respecto a la probabilidad de experimentar en el futuro sucesos negativos (Weinstein, 1980). El hecho de que haya además diferencias significativas entre la estimación de quienes han sufrido un acontecimiento traumático a lo largo de su vida (77,5%) y quienes no (68,3%) podría indicar que dicho sesgo optimista podría verse modulado por la experiencia, ya sea directa o indirecta, de algún acontecimiento de este tipo.

En cuanto a la estimación de la probabilidad de desarrollar algún problema psicológico cuando se ha sufrido algún AT, los datos indican que los encuestados consideran que la mayor parte de las personas que han sufrido un AT, en torno al 73%, van a desarrollar algún problema psicológico si no reciben algún tipo de tratamiento. Este porcentaje es claramente superior a lo que indican los estudios de referencia. Según la estimación de Galatzer-Levy et al. (2019) si agrupamos todas las posibles evoluciones patológicas tras un AT, esto es la recuperación, los problemas crónicos y los problemas de inicio demorado, tendríamos un porcentaje en torno al 34%, que es significativamente menor del estimado por los participantes en nuestro estudio. Curiosamente, cuando se preguntó a los participantes qué probabilidad estimaban de que una persona mostrara resiliencia tras un AT su valoración fue muy ajustada a los datos de referencia: en nuestro estudio esa probabilidad se situó en un 65,8%, muy ligeramente por debajo del 66% estimado por Galatzer-Levy et al. (2019).

Cuando se preguntaba por la probabilidad de desarrollar problemas psicológicos relacionados con los AT en caso de recibir tratamiento psicológico o psiquiátrico, el porcentaje descendía significativamente, pasando del mencionado 73% al 40%, lo que parece apuntar a la confianza en los tratamientos psicológicos y psiquiátricos para el trauma, tanto para los tratamientos en crisis como para otros tratamientos.

Finalmente, por lo que respecta a la probabilidad de desarrollar problemas psicológicos para los distintos tipos de AT, los que se consideraron con un potencial mayor a la hora de generar psicopatología fueron, por este orden, violación, exposición a zona de guerra o combate, atentado terrorista y abuso físico en la infancia. Es de destacar que en todos estos casos hubo un porcentaje significativo de participantes (entre un 28% y un 42%) que estimó que la probabilidad de desarrollar problemas después de sufrir este tipo de acontecimiento era del 100%, lo que supone que para estos participantes toda persona que experimente un acontecimiento de este tipo va a sufrir algún tipo de problema psicológico.

Resultados finales

Concluyendo, los resultados parecen indicar que en la muestra estudiada se aprecia una patologización de las respuestas al trauma. Los datos obtenidos pueden deberse, entre otras explicaciones, a que se infraestiman los recursos previos de las personas para hacer frente a estos eventos traumáticos, asumiendo que necesitarán apoyo psicológico o patologizando las reacciones normales a los mismos (Sommers y Satel, 2010). Otra explicación alternativa puede ser la inherente voluntad de ayudar a aliviar el sufrimiento que caracteriza a las profesiones sanitarias, tendiendo a sobreestimar la afectación y la consiguiente necesidad de una intervención.

Todos los datos expuestos cobran especial relevancia si tenemos en cuenta que algunos estudios indican que dos importantes predictores de desarrollar problemas psicológicos en distintos grupos de víctimas son la sensación de (1) amenaza continua a la seguridad e (2) impotencia (Salcioglu, Urhan, Pirinccioglu y Aydin, 2017). Por tanto, esa percepción sesgada puede: (1) victimizar o estigmatizar a las personas expuestas a un AT; (2) dificultar que se pongan en marcha los recursos psicológicos propios y normales tras sufrir un AT; (3) patologizar emociones, pensamientos o conductas normales y (4) en el ámbito político, distribuir recursos (económicos y humanos) de forma inadecuada.

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