En todo el planeta se calcula que circulan alrededor de 1.500 millones de vehículos. Uno por cada cinco personas en el mundo. Sus cifras de producción o de ventas suelen considerarse un indicador habitual de la buena o mala salud económica. Pocas veces nos paramos a pensar que, como muchas otras industrias, la automotriz también genera una huella hídrica. Sin duda, no es el debate más evidente en torno a este sector en el que hoy solemos más bien hablar de electrificación o de conectividad. No obstante, ¿sabías que la producción de un vehículo emplea agua cuando se obtienen materiales necesarios para la fabricación de un vehículo, como el acero o el aluminio? ¿O cuando se producen componentes industriales? También cuando se pinta la carrocería o cuando se refrigera la maquinaria. En general, se trata de un consumo intensivo de agua antes de que el vehículo llegue a la fase de ensamblaje.
Sin embargo, como si hubieran obrado las varitas de un zahorí, bajo la superficie hemos hecho aflorar ese punto de dolor… o, mejor dicho, de oportunidad de mejora, lo que nos ha permitido hoy hablar de una buena noticia: el consumo de agua por coche producido en nuestro continente se ha reducido más de la mitad desde 2005 gracias a procesos de recirculación y de eficiencia industrial. La economía circular se ha abierto paso también en este sector. Ya no producimos, usamos y desechamos vehículos, sino que hemos conseguido alargar su vida útil y darle nuevos usos a sus componentes. De un modelo lineal a otro circular.
Esta transformación ha redefinido y revolucionado completamente a todo un sector. Cada vez que se prolonga la vida útil de un vehículo, se evita en parte la necesidad de fabricar uno nuevo desde cero. Y cuando se reutilizan componentes mediante procesos industriales de remanufactura —con los mismos estándares de rendimiento, calidad y seguridad que las piezas nuevas— se reduce también la presión sobre los recursos naturales, desde los metales hasta el agua necesaria para su obtención y procesamiento.
El impacto de esta transformación no es menor. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), 2026 es el año de la aceleración en la transición hacia la movilidad eléctrica. Es un indicador positivo para la descarbonización del transporte —responsable de casi la cuarta parte de las emisiones mundiales de CO₂ relacionadas con la energía—, pero también nos invita a considerar todo el ciclo de vida de los vehículos para incorporar decididamente principios de circularidad en su cadena de valor. Fabricantes, proveedores y empresas de movilidad están apostando por procesos que reutilizan materiales, recuperan componentes y optimizan el mantenimiento para reducir residuos y consumo de recursos. Este cambio responde también a una lógica económica y estratégica. En un momento de creciente presión sobre los recursos naturales y de cadenas de suministro cada vez más complejas, alargar la vida útil de los vehículos y darle nuevos usos a sus componentes se convierten en la solución para generar valor. Con las luces largas encendidas, podemos decir que está en juego también la propia pervivencia del negocio en un contexto mundial cada vez más competitivo.
Además de poner en marcha proyectos de compensación climática o contar con objetivos específicos de reducción de emisiones, en Ayvens —donde gestionamos una de las mayores flotas multimarca con más de 3,2 millones de vehículos en 42 países— actuamos, por ejemplo, en la gestión eficiente de flotas. Pero también en el uso de piezas remanufacturadas, que pueden llegar a ser hasta un 50 % más económicas. Y no solo eso, practicamos el reciclaje de componentes o la optimización del mantenimiento de los vehículos. Esto nos permite reducir residuos, garantizar la disponibilidad de los componentes, mejorar la eficiencia y disminuir el impacto ambiental asociado al ciclo de vida de los vehículos.
Se trata, por tanto, de aplicar una mirada 360º sobre todo el sistema de movilidad: cómo se utilizan los vehículos, cuánto tiempo permanecen en servicio, cómo se mantienen y qué ocurre con sus componentes cuando finaliza su primera vida útil. Para nosotros, la sostenibilidad es trabajar con menos residuos, menos emisiones, más transparencia, con garantías y más seguridad. Porque creemos que los vehículos ya no nacen y mueren simplemente, sino que pueden tener varias vidas y usos cuando dejan de circular y este es nuestro mayor compromiso.
Así, en este Día Mundial del Agua no podemos olvidarnos de que más de 2.000 millones de personas viven en países donde se padece estrés hídrico. Mientras, la demanda global de este bien preciado continúa su progresión ascendente y se espera que aumente alrededor de un 20-30 % para 2050. Si hasta ahora la sostenibilidad en el ámbito de la movilidad se centraba en hablar de la reducción de los gases contaminantes, del uso de energías limpias o de la electrificación del transporte, ante este nuevo panorama es imprescindible abordar la movilidad del futuro con una gestión inteligente de los recursos que la seguirán haciendo posible. Y eso incluye un uso más responsable de recursos tan valiosos como el agua.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Día Mundial del Agua


