En el corazón de nuestros países desarrollados, miles de mujeres viven el Día Internacional de la Mujer como un día más de resistencia contra la escasez. Madres que viven al límite y que crían en los márgenes del sistema, con un esfuerzo titánico para sacar a sus hijos e hijas adelante.
No se trata solo de falta de dinero, sino de «pobreza de tiempo«. Una madre que debe encadenar empleos precarios para pagar un alquiler, no tiene facilidades para una «crianza con apego» tradicional; su amor se manifiesta en la ausencia, trabajando para que el plato no esté vacío.
Como añadido, en países ricos, la pobreza para estas madres va asociada a una vigilancia constante. Una madre pobre en un país desarrollado vive bajo la lupa de los prejuicios. El miedo no es solo al hambre, sino a que la precariedad sea confundida con negligencia.
Pero ¿y si viéramos a estas mujeres no como víctimas pasivas, sino como estrategas de la supervivencia? Porque ante esa soledad constante en la que viven, estas madres suelen tejer redes informales para salir adelante, fomentando una forma de economía circular y humana que desafía el individualismo.
Este 8M, el mayor acto de sororidad es reconocer primero la valía de estas madres, y después, pasar de la admiración a la acción corresponsable.
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