La tendencia a una mayor protección legal en todos los ámbitos de la sociedad se ha reflejado también en la vida escolar durante los últimos años. La seguridad digital, la responsabilidad docente, la prevención de riesgos, la normativa de convivencia… Allá donde se detecta un problema… se protege legislando.
Sin poner en duda el gran poder de protección que estas medidas están teniendo, también identificamos ciertas tendencias que pueden difuminar el poder educativo de todo lo que sucede en la escuela. Los docentes hablan del “aumento de la burocracia para que quede todo escrito”, los departamentos de orientación que se ven “enterrados en procedimientos de apertura de protocolos” y los directores de los “marcos legales que limitan la autonomía en la toma de decisiones del proyecto educativo”. Estamos percibiendo el riesgo de limitar a la escuela a un espacio de protección legal, a priori bueno, pero sin duda con un impacto en la experiencia de aprendizaje.
Es momento de tomar conciencia de esta realidad y poner en valor la misión de nuestros centros educativos y proyectos, integrando la preocupación social por el cuidado y la protección. Esto debe hacerse en línea con nuestra misión histórica de fomentar entornos de confianza y relaciones positivas, lo que en nuestro marco educativo denominamos el desarrollo de «la entera persona: más humanos que nunca«.
Desde esta perspectiva, debemos preguntarnos honestamente ¿de qué estamos protegiendo a nuestro alumnado?, ¿de qué necesitan ser protegidos?, ¿es suficiente cumplir la ley para que estén seguras y seguros?, ¿qué visión de la realidad, incluyendo los conflictos y los problemas, les estamos transmitiendo?, ¿qué papel juegan ellos en todo esto?…
En la Fundación Educativa Jesuitinas, nos estamos planteado estas cuestiones y hemos consultado a nuestros alumnos. Un estudio de salud mental llevado a cabo en nuestros centros ha revelado que, según ellos, los principales riesgos a los que se enfrentan son la soledad y la falta de sentido en la vida.
Más de 3500 estudiantes de secundaria y bachillerato de 8 comunidades autónomas en España, con distintos contextos sociales y culturales, respondieron al cuestionario. Consideramos que estas respuestas reflejan la realidad social de una generación que está experimentando una crisis de bienestar sin precedentes.
Nos preocupa comprobar que un tercio (33,68%) de los jóvenes afirman que en ocasiones piensan que «no sirve absolutamente para nada» y un porcentaje similar llega a sentirse a veces «realmente inútil«. Una persona que no se valora es una persona vulnerable o una persona que busca autoafirmación con una conducta disruptiva. O que un adolescente de cada cinco (19,56%) confiesa sentirse «solo o aislado incluso cuando está con sus amigos».
Hemos aprendido que el riesgo no siempre está en el conflicto visible, sino que a menudo, la verdadera inseguridad es sentirse solo.
Para combatir este riesgo de una soledad acompañada, en nuestros centros no nos basta con vigilar el patio; estamos desarrollando mapas de riesgo y sociogramas para detectar esos «puntos ciegos» de exclusión que escapan a la mirada adulta. Además, trabajamos en el aula mediante grupos base de aprendizaje cooperativo, una estructura sencilla pero vital para garantizar que ningún alumno se sienta solo en su propia clase.
Desde la mirada de la escuela al marco normativo hemos aprendido que un plan de convivencia no puede limitarse a una lista de faltas y sanciones reguladas en un decreto autonómico más o menos conocido por la comunidad educativa. Nuestros datos nos dicen que el 31% de los adolescentes reconocen que «cuando se enfada, actúa sin pensar«. Si el origen de los conflictos está en la falta de habilidades sociales, el papel de los planes de convivencia no puede ser únicamente punitivo, deben ser realmente educativos.
Afortunadamente, nuestro estudio confirma que contamos con una buena base para construir: la escuela como refugio. Más del 70% del alumnado reconoce que los profesores les ayudan cuando tienen dificultades y se sienten a gusto en el centro. La escuela es para ellos un lugar de apoyo y un espacio de bienestar.
No se trata solo de sancionar, ni tan siquiera de prevenir, sino de reparar. Por ello, en nuestros planes de convivencia aparecen iniciativas para transformar la gestión del conflicto como los «Adostokis» (rincones de acuerdo) en las etapas iniciales o los “círculos restaurativos” con los mayores, donde la palabra y la asunción de responsabilidad sustituyen al mero expediente disciplinario. Asimismo, apostamos por el trabajo de la Interioridad o por espacios de regulación emocional, como las aulas Snoezelen. La estrategia es clara: la protección que necesitan nuestros alumnos es vivir en entornos escolares que les ayude a vincularse con su interior y con los demás, donde se construyan redes de apoyo, donde se sientan acompañados y donde se garantice que cada alumno, independientemente de sus resultados académicos, se sienta mirado, reconocido y valioso.
Hemos querido que la figura del Coordinador de Bienestar y Protección, que exige la ley, no sea una forma de cumplimiento legal, sino un vínculo cercano. Y junto a él, hemos activado la red más potente que existe: la ayuda entre iguales, a través de programas de Alumnado Ayudante y, en el ámbito no formal, potenciando nuestros Grupos Alcor, donde, desde nuestro carácter propio, el ocio educativo y el apego a iguales se convierten en factores de protección insustituibles.
En definitiva, todo un proceso de cambiar la mirada y pensar qué experiencias debe tener el alumnado que no solo les protejan en su etapa escolar, sino que les hagan convertirse en personas autónomas capaces de prevenir conflictos, que adquieran compromisos con las situaciones que les rodean y capaces de ser creativos en un futuro que aún está por construir y que serán ellos quienes lo hagan.
Sin duda, normativas como la LOPIVI están logrando que la sociedad dirija la atención hacia la infancia y la juventud, priorizando la prevención sobre la reacción. No obstante, en los colegios no podemos distraernos y justificar nuestra acción con protocolos y expedientes sin cuidar lo verdaderamente importante para ellos, el vínculo interno y con los demás, y el acompañamiento.
Por eso, hoy más que nunca, en una “escuela segura” proteger es vincular.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables: Escuelas seguras, en alianza con #Notecalles.org


