Durante años, hablar de globalización era hablar de eficiencia, escala y expansión. Hoy, el contexto es otro. Los grandes retos económicos, sociales y medioambientales ya no se perciben como algo lejano y abstracto, sino que se viven en los barrios, en los pueblos, en el día a día de las personas. Y en ese escenario, el papel de las empresas también ha cambiado.
Ya es evidente que no basta con operar en un territorio. Las compañías, especialmente las que operan con marcas globales, están llamadas a implicarse de forma real y honesta en las comunidades donde están presentes, entendiendo sus necesidades, respetando su identidad y contribuyendo a su desarrollo. No como un gesto puntual, sino como parte integrada en su negocio, que debe combinar la escala global con el detalle local.
En Mondelēz International entendimos hace tiempo que el verdadero valor de una compañía no se mide solo por sus resultados financieros, sino por la huella que deja allí donde opera; Una huella que no se construye desde la teoría, sino desde su compromiso y práctica diaria
Frente a modelos centralizados o deslocalizados, existe la opción de mirar al entorno más próximo, donde pasan las cosas locales, y decidir fabricar en un territorio vecino, generar empleo estable y colaborar con proveedores locales, contribuyendo directamente a la cohesión social y económica de esa comunidad.
Mantener la producción en España no es solo una decisión industrial, es una apuesta a largo plazo. Significa invertir en talento que perdura, en conocimiento que se transmite y en oportunidades que permiten a muchas personas desarrollar su proyecto de vida sin tener la necesidad de marcharse lejos.
En Mondelēz España contamos con cuatro plantas de producción: Viana (Navarra), Granollers y Montornès (Cataluña) y Hospital de Órbigo (Castilla y León). En ellos trabajan más de 860 personas que construyen historia y localidad. En Viana, donde se dice que el pueblo huele a galleta, más de 360 personas elaboran cada día galletas Fontaneda, Oreo y Chips Ahoy! con trigo procedente de agricultores y harineros próximos a las fábricas que miman la principal materia prima de nuestras galletas bajo las premisas de nuestro programa de agricultura sostenible Harmony. En Granollers y Montornès, más de 270 empleados producen galletas bajo las marcas de Príncipe y Milka, y los postres semipreparados Royal. Y en Hospital de Órbigo, en plena España rural, la fábrica de Philadelphia genera empleo estable, internacionalización vía la exportación y futuro en una zona donde la industria es actividad esencial.
Más allá de generar puestos de trabajo, estas fábricas sostienen la vida comunitaria, dinamizan el comercio local y refuerzan el arraigo al territorio. Son parte del paisaje, del orgullo y de la identidad de los lugares donde están.
Ese compromiso con lo local también se refleja en las personas que integran Mondelēz en España. A través de su programa de voluntariado MDLZ Changemakers, en 2024 cerca de 170 empleados dedicaron más de 550 horas a iniciativas sociales en su entorno más cercano.
Hablamos de acciones muy concretas: jornadas de deporte inclusivo, acompañamiento a personas mayores, apoyo a centros de acogida o la preparación de kits escolares junto a Cruz Roja. Iniciativas que nacen del contacto directo con la realidad y de la voluntad de contribuir de forma tangible.
¡Y entonces, todo encaja!; lo global cobra sentido cuando mejora lo local. Ser una compañía global hoy implica asumir una responsabilidad mayor. Implica escuchar, comprometerse y actuar desde la proximidad. Porque al final, ser global sólo tiene sentido si se traduce en un impacto positivo allí donde estás. Estar cerca, entender el territorio y contribuir a su desarrollo no es solo una forma de hacer empresa, es una forma de construir futuro.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Impacto social local: Empresas comprometidas con el bienestar de sus comunidades

