La economía circular suele resumirse en la idea de reducir residuos, aprovechar mejor los recursos y dar una segunda vida a los materiales que conforman los productos que consumimos. La realidad de cómo lograr reintroducir los residuos/recursos en el sistema productivo, es mucho más compleja. La circularidad no depende solo de separar bien o de reciclar más. Depende también de contar con una visión sistémica que sea capaz de comprender e influir en el proceso completo y de generar valor en aquello que la economía lineal vería únicamente como un residuo.
Ahí es donde está una de las claves de este debate. La economía circular necesita capacidad industrial, conocimiento técnico, tecnología y una visión de conjunto. A ello se suma un elemento cada vez más determinante: la innovación, entendida como la capacidad de mejorar continuamente los procesos, incorporar nuevas soluciones tecnológicas y adaptarse a un entorno en constante evolución.
Necesita sistemas que no se limiten a gestionar una parte del recorrido, sino que sean capaces de conectar todas sus fases. Y esa es precisamente la lógica que Urbaser lleva años desarrollando en una parte esencial de su actividad, la vinculada a los modelos integrales de tratamiento del residuo.
Dentro de este enfoque, todas las fases del tratamiento tienen un papel complementario, incluyendo por un lado aquellas orientadas a trabajar con los productores de los residuos para entender que limitaciones tienen y cómo pueden avanzar en su ecodiseño, por otra a optimizar la reutilización y reciclaje de estos materiales con la mayor eficiencia posible, y por último a gestionar las fracciones no reciclables mediante su valorización, evitando así su destino final en vertedero.
Para que la circularidad sea real, el esfuerzo ciudadano, la planificación pública y la operación industrial tienen que estar alineados. Es necesario que un residuo se deposite correctamente, pero no suficiente. Hace falta también una infraestructura preparada para recibirlo, clasificarlo, tratarlo, valorizarlo y devolverlo al sistema en forma de nuevo recurso, material o energía recuperada. Cuando esa cadena funciona de manera coordinada, la economía circular empieza a convertirse en una realidad tangible.
Tircantabria, gestionada por Urbaser y ubicada en Meruelo, que cumple este año su vigésimo aniversario, es un buen ejemplo de ello. La Planta de Tratamiento Integral gestiona todos los residuos urbanos generados en Cantabria mediante una concesión administrativa otorgada por el Gobierno regional a través de MARE. La visión planteada por la administración cántabra no pretende resolver solo una parte del problema, sino de abordar el conjunto con una lógica integrada y orientada a reducir al máximo el vertido y aprovechar el valor contenido en los residuos.
En Meruelo conviven distintas fases de tratamiento que ayudan a entender bien qué significa trabajar con una visión global. La planta cuenta con un área de pretratamiento, otra de tratamiento mecánico biológico de la materia orgánica y una línea en la que se valoriza el material de rechazo generado en el proceso, evitando su depósito en vertedero y cerrando el ciclo de tratamiento dentro de la propia instalación. A ello se suman otras líneas para la separación del vidrio y para la recuperación de metales presentes en las escorias de valorización. Lo relevante no es solo cada proceso por separado, sino la capacidad de integrarlos para que el sistema gane eficacia y recupere el mayor valor posible de los residuos que recibe.
Este tipo de instalaciones responden a un modelo de complejo ambiental, en el que distintas tecnologías de tratamiento conviven en un mismo emplazamiento para gestionar de forma integral todas las fracciones del residuo.
Ese enfoque ayuda a entender por qué la economía circular no termina en la recogida selectiva. Empieza de verdad cuando existe una estructura capaz de convertir ese esfuerzo previo en resultados concretos. En el caso de Tircantabria, esa lógica se aprecia también en su adaptación a nuevas necesidades del sistema. La implantación de la recogida separada de biorresiduos ha impulsado un proyecto de remodelación de la instalación para incorporar el tratamiento específico de la fracción orgánica mediante túneles de compostaje y aumentar así su capacidad de recuperación.
Esa evolución encaja bien con una idea de fondo que resulta esencial. Un modelo integral no es algo estático. Es un sistema que se adapta para seguir respondiendo mejor a las necesidades del territorio y a los nuevos retos normativos y ambientales, como reflejan los veinte años de evolución de Tircantabria.
Los hábitos son esenciales, pero la economía circular necesita también capacidad operativa para completar la economía circular necesita también capacidad operativa para completar el proceso y transformar ese esfuerzo en resultados concretos. TIRME refuerza bien esta idea desde otra realidad territorial. La compañía es la concesionaria del servicio público insularizado de tratamiento de residuos urbanos y asimilables de Mallorca, y su modelo se orienta al objetivo de residuo cero mediante la combinación de valorización material y energética, integradas en la propia infraestructura para minimizar el vertido y dar salida a las fracciones no reciclables. Urbaser gestiona y presenta esta infraestructura como uno de sus casos de referencia en tratamiento integral de residuos.
Por eso resulta tan expresiva la idea con la que TIRME ha formulado recientemente su identidad, Completamos el círculo. La expresión resume bien algo que a veces pasa desapercibido. La sostenibilidad no se agota en el gesto inicial. Necesita sistemas que permitan completar el recorrido y transformar ese esfuerzo en resultados tangibles para la sociedad. Dicho de otro modo, la circularidad no depende solo de la conciencia, sino también de la capacidad de ejecución.
En este tipo de modelo, el sistema no se limita a tratar residuos, sino que los gestiona desde su concepción inicial como parte de un producto (colaborando con los distintos integrantes de la cadena productiva) hasta el final de su vida útil, asegurando que incluso los rechazos encuentran una vía de valorización y reduciendo el vertido a cero.
Esa es también una buena manera de entender el papel que desempeña Urbaser en este ámbito. No solo como operador ambiental, sino como una compañía que impulsa soluciones integrales para hacer posible una economía circular más efectiva, más territorial y más conectada con la realidad de las ciudades y las comunidades a las que presta servicio. Tircantabria y TIRME no son solo dos ejemplos de buena gestión. Son también la prueba de que la circularidad necesita modelos sólidos, capaces de unir sociedad, tecnología, infraestructura y visión de largo plazo.
Quizá por eso conviene hablar más de cómo se completa el proceso y menos de la circularidad como una idea puramente teórica. Porque es ahí donde se juega buena parte de su credibilidad. No solo en lo que se promete, sino en lo que realmente ocurre después. Y es precisamente en ese después donde el compromiso de Urbaser a través de los modelos integrales de tratamiento muestran todo su valor, apoyadas en la innovación como elemento clave para seguir mejorando su desempeño ambiental y su capacidad de respuesta ante los retos futuros.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Economía Circular: un camino hacia el futuro con menos desperdicio y más valor


