No solo se habla de compromiso social en las empresas, sino que, a día de hoy, suele ser un pilar fundamental de la misión, visión y valores de la mayoría de las organizaciones. Lo incorporamos en planes, lo medimos con indicadores clave y, por último, lo reflejamos en informes. Pero hay una cosa que diferencia a las compañías que tratan el compromiso social respecto a las que son socialmente comprometidas: las personas. Cuando los empleados deciden implicarse directa y personalmente, ese compromiso deja de ser una declaración y se convierte en algo real y tangible.
En Mondelēz España, más de 140 empleados dedicaron durante el último año un total de casi 500 horas a iniciativas de voluntariado social y/o medioambiental junto a diferentes entidades benéficas. De hecho, entre 2021 y 2025, las cifras totales ascienden a más de 600 voluntarios y más de 1.920 horas de voluntariado. Así, hemos convertido ese compromiso, tremendamente contagioso, en acción.
Son cifras relevantes que consiguen un impacto, pero lo verdaderamente importante es lo que ocurre tras los números, porque el voluntariado corporativo tiene algo que ningún KPI (medidor de rendimiento) puede capturar del todo: la experiencia que viven quienes salen de su entorno habitual de trabajo, dilatando la agenda de ese día, para acercarse a realidades distintas, habitualmente más complejas, pero siempre humanas.
Cuando un equipo participa en la organización necesaria para apoyar a familias en situación de vulnerabilidad, cuando comparte una jornada con personas con discapacidad intelectual, o cuando sirve desayunos o comidas en un comedor social, no solo está ayudando, sino que también está escuchando, aprendiendo y entendiendo mejor la sociedad en la que vive. Lo mismo sucede cuando nuestros voluntarios trabajan en el pilar medioambiental. Acciones como la limpieza o la reforestación de entornos naturales son una manera de conectar con una necesidad tangible, concreta y compartida, como es todo lo relativo a la sostenibilidad.
El voluntariado corporativo es una manera más de entender el rol de la empresa dentro de la sociedad. Las compañías no operan de forma aislada. Forman parte de las comunidades en las que operan, y tienen que ser conscientes de sus necesidades. Canalizar el compromiso a través de alianzas con organizaciones sociales permite identificar las prioridades y actuar a su favor con criterio tras escuchar a quienes ya trabajan sobre el terreno.
Pero hay otro impacto menos visible y quizá igual de relevante: el interno. Las experiencias de voluntariado generan conversación durante las pausas para un café o en casa con familia y amigos; fortalecen vínculos entre equipos y refuerzan el orgullo de pertenencia en aquellas compañías empáticas y con sensibilidad hacia su comunidad. Cuando el compromiso se vive en primera persona, deja de ser un concepto abstracto y se convierte en parte de la identidad de la organización.
Para que el voluntariado corporativo funcione, no debe de ser una propuesta obligada, ni una acción aislada, sino que debe de integrarse como parte estructural de la cultura empresarial sin sustituir otras políticas de sostenibilidad o acción social, sino complementándolas, alineando el propósito de la compañía con el de sus empleados.
En un contexto en el que la sociedad exige a las empresas un papel cada vez más activo y responsable, el voluntariado corporativo es una oportunidad para estar presente. Porque al final el compromiso no se mide en horas. Se mide en la capacidad de transformar la intención en experiencia y la experiencia en impacto real.


