Cuando hablamos de un “internet más seguro”, el enfoque suele centrarse en proteger a los usuarios de amenazas visibles: estafas, robo de identidad o uso indebido de datos. Son riesgos reales y urgentes, pero algunas de las formas más significativas de fraude digital no se dirigen a individuos, sino a los sistemas que sostienen la economía digital.
- Fraude publicitario en la era de la IA: Más sofisticado y difícil de detectar
- El panorama en el mercado de apps español
- Gobernanza y confianza: El núcleo del problema
- El papel del móvil y la fragmentación digital
- Combatir el fraude de manera responsable
- Un internet más seguro depende de la confianza en los sistemas
El fraude publicitario es un ejemplo de esta amenaza silenciosa. Rara vez ocupa titulares porque su impacto es indirecto: no se roban contraseñas ni se vacían cuentas. En cambio, los actores fraudulentos inyectan señales falsas en los ecosistemas de publicidad digital: tráfico sintético, interacciones fabricadas y comportamientos artificiales diseñados para parecer reales. Con el tiempo, esto distorsiona decisiones estratégicas, asignación de presupuestos y confianza en los sistemas.
Fraude publicitario en la era de la IA: Más sofisticado y difícil de detectar
Aunque el fraude publicitario no es nuevo, la inteligencia artificial lo ha llevado a un nivel completamente distinto. Lo que antes dependía de bots rudimentarios o granjas de clics manuales, hoy se realiza mediante operaciones altamente adaptativas que imitan el comportamiento humano con gran precisión. Estos sistemas simulan desplazamientos, duración de sesiones, variabilidad de tiempos y comportamiento entre dispositivos, creando usuarios sintéticos consistentes en el tiempo. Algunas operaciones utilizan dispositivos secuestrados o redes de bots masivas que difuminan la línea entre actividad real y falsa.
Esto tiene un efecto profundo: los sistemas digitales, especialmente los impulsados por IA, no cuestionan intenciones, optimizan según patrones. Cuando la actividad fraudulenta se confunde con la real, se convierte en parte de la “verdad” que alimenta el aprendizaje de los sistemas. La IA se presenta entonces como una espada de doble filo: puede detectar fraude con modelos avanzados, pero también es una herramienta disponible para actores maliciosos, que ahora pueden evolucionar sus esquemas tan rápido como los sistemas de detección. Es una carrera armamentista continua, donde cada mejora de un lado provoca innovación en el otro.
El verdadero riesgo no es que la IA no detecte fraude, sino que, si la gobernanza es débil, normalice datos corruptos que afecten decisiones estratégicas y automatizadas.
El panorama en el mercado de apps español
Un análisis reciente de patrones de fraude publicitario en España muestra cómo este riesgo se distribuye de manera desigual. La gravedad del fraude depende del “mix de medios”: los entornos donde los anunciantes invierten sus presupuestos para adquirir usuarios. Algunos ofrecen supervisión sólida y salvaguardas maduras; otros, especialmente en la larga cola, presentan mayor exposición a actividad fraudulenta.
En el caso de las apps de comercio electrónico, el enfoque suele ser conservador. La mayoría de su crecimiento proviene de plataformas consolidadas y medios propios. Menos del 10% de sus conversiones ocurre en entornos de mayor riesgo, con tasas de fraude generalmente por debajo del 5%. Por el contrario, las apps financieras, fintech, inversión y criptomonedas, muestran mayor exposición: entornos de riesgo representan más del 17% de la actividad y las tasas de fraude pueden alcanzar el 30-40%. Otros sectores, excluyendo juegos, suelen situarse entre ambos extremos, con tasas de hasta 20%.
Importante: las grandes redes de video publicitario rara vez son el problema. El riesgo surge cuando los anunciantes buscan alcance incremental en redes más pequeñas o menos establecidas, donde los controles son más laxos y los actores fraudulentos tienen espacio para operar.
Gobernanza y confianza: El núcleo del problema
En esencia, el fraude publicitario es una cuestión de integridad de datos. Cuando las señales falsas ingresan a sistemas de medición, no solo se desperdician presupuestos; también distorsionan previsiones, decisiones estratégicas y optimizaciones automatizadas. Con el tiempo, las organizaciones pueden confiar en una realidad que no existe.
Esto plantea preguntas de gobernanza cruciales:
- ¿Cómo validar los datos que impulsan decisiones autónomas?
- ¿Quién es responsable cuando la IA optimiza basándose en información falsa?
- ¿Cómo distinguir entre crecimiento real y rendimiento sintético?
No son preguntas operativas, son preguntas de confianza. La integridad de los datos se vuelve requisito para la rendición de cuentas, especialmente cuando los resultados afectan inversión, asociaciones y comportamiento del mercado.
El papel del móvil y la fragmentación digital
La complejidad de los recorridos digitales, apps, web, televisión conectada, audio y entornos offline, crea vacíos donde el fraude prospera. El móvil se sitúa en el centro: concentra señales de identidad, engagement continuo e intención observable, aunque las acciones finales ocurran en otros entornos. Tratar los datos móviles como un canal más, en lugar de una capa conectiva, genera puntos ciegos que los actores fraudulentos pueden explotar. Establecer “anclas” de medición confiables es clave: no para controlar cada señal, sino para dar a los sistemas un punto de referencia para diferenciar ruido de comportamiento real.
Combatir el fraude de manera responsable
La IA es indispensable en la lucha contra el fraude, pero no basta por sí sola. Una defensa efectiva requiere:
- Sistemas adaptativos que aprendan de nuevas amenazas sin reforzar errores previos.
- Supervisión humana para interpretar casos límite y cuestionar certezas falsas.
- Transparencia y explicabilidad para entender decisiones automatizadas.
- Colaboración en todo el ecosistema, porque el fraude rara vez respeta límites de plataforma.
Además, la prevención debe equilibrarse con privacidad y regulación, cumpliendo marcos como el GDPR. La confianza no puede construirse sacrificando una forma de integridad por otra.
Un internet más seguro depende de la confianza en los sistemas
El fraude publicitario no daña directamente a los usuarios, pero socava los sistemas que modelan la vida digital. En un entorno impulsado por IA, donde las decisiones son rápidas, automatizadas y difíciles de revertir, los datos corruptos se convierten en un riesgo sistémico.
Un internet realmente seguro no se mide solo por la protección de los usuarios frente a daños evidentes, sino por la capacidad de las organizaciones de confiar en los datos que guían sus decisiones. La confianza no vendrá únicamente de modelos más inteligentes, sino de una gobernanza sólida: saber qué datos son fiables, qué cuestionar y dónde todavía importa el juicio humano.
En ese sentido, combatir el fraude publicitario no es solo defender presupuestos; es proteger la integridad de los sistemas digitales de los que dependemos cada vez más.


