A menudo, cuando hablamos de ciberseguridad, nos imaginamos fríos centros de datos, códigos indescifrables y expertos con capucha en habitaciones oscuras. Pero si nos detenemos un segundo y miramos a nuestro alrededor en este Safer Internet Day, nos daremos cuenta de que la seguridad digital no tiene que ver con cables, sino con personas. Tiene que ver con un padre intentando hacer una transferencia desde su móvil, con un hijo compartiendo su primera foto en redes o con un pequeño emprendedor que teme perder el trabajo de toda una vida por un clic desafortunado.
Como CEO de accedeMe, pero también como ciudadano, me preocupa que hayamos convertido internet en un lugar donde la velocidad importa más que la seguridad, y donde la sofisticación tecnológica está dejando atrás nuestra capacidad de sentirnos protegidos.
La llegada de la Inteligencia Artificial ha cambiado las reglas del juego. No es solo que los ataques sean más frecuentes; es que ahora son más «humanos». El fraude hoy nos habla con la voz de un ser querido, nos escribe correos que parecen redactados por nuestro mejor amigo y nos muestra rostros que nos inspiran confianza.
Esta capacidad de la tecnología para imitar lo humano nos sitúa en un escenario de vulnerabilidad emocional. El miedo a ser engañados es real y está calando en nuestra forma de relacionarnos con las empresas y las instituciones. Por eso, hoy más que nunca, la gestión del riesgo y el buen gobierno no pueden limitarse a poner «candados» digitales. El verdadero reto del liderazgo actual es proteger la dignidad y la tranquilidad del usuario.
Cuando una empresa sufre un incidente de seguridad, lo que se pierde no son solo gigabytes de información. Lo que se evapora es el hilo invisible que nos une con nuestros clientes: la confianza. Y la confianza, una vez que se quiebra, no se puede recuperar con un parche de software.
Desde la perspectiva de la gobernanza y los criterios ESG (sociales y éticos), tenemos la responsabilidad de entender que la seguridad es un derecho, no un privilegio para expertos. Un buen gobierno corporativo es aquel que entiende que su reputación no depende de lo que dice en su informe de sostenibilidad, sino de cómo se siente el usuario más vulnerable cuando utiliza sus servicios.
Durante mucho tiempo hemos diseñado pensando en el usuario «promedio»: joven, tecnológico y sin dificultades. Pero ese usuario es un mito. La realidad es que todos, en algún momento de nuestra vida, ya sea por la edad, por una situación de estrés o por una discapacidad temporal o circunstancial, nos sentimos perdidos en la red. Y es en ese momento de desorientación cuando el fraude encuentra su oportunidad.
En este sentido, la accesibilidad web es, en su esencia más pura, el mayor ejercicio de empatía que una empresa puede tener con sus clientes. No es solo una cuestión de código, sino de la voluntad real de ponerse en la piel de quien navega. Cuando una organización se esfuerza por ser accesible, está enviando un mensaje silencioso pero poderoso: «te veo, te entiendo y me importas». Esta coherencia es la que construye una reputación sólida y auténtica, que es, a fin de cuentas, la base de la confianza.
Si nuestras plataformas son laberintos, estamos entregando a nuestros usuarios en bandeja de plata a quienes buscan engañarlos. El fraude prospera en la sombra de lo que no se entiende.
Es aquí donde mi reflexión personal se encuentra con una verdad que a menudo pasamos por alto: no puede haber un internet seguro si no es, antes que nada, un internet accesible.
Solemos ver la accesibilidad como un gesto de cortesía o una obligación legal, pero es mucho más que eso. Es una barrera de seguridad de primer nivel. Cuando hacemos que una web sea clara, sencilla y fácil de navegar para todos, estamos iluminando las esquinas donde se esconde el engaño. Una persona que puede leer claramente un aviso de seguridad, que comprende sin dudas qué botón está pulsando y que no encuentra barreras en su camino, es una persona empoderada y protegida.
Un internet más seguro es aquel en el que nadie se siente un extraño en su propia pantalla.
En este Día de Internet más Seguro, mi deseo es que dejemos de ver la ciberseguridad como un muro y empecemos a verla como un puente. Un puente que debe ser lo suficientemente ancho y firme para que todos, sin excepción, podamos cruzarlo.
Como líderes, nuestro éxito no se medirá por cuántos ataques detuvimos, sino por cuántas personas pudieron navegar por nuestras plataformas sintiéndose respetadas, comprendidas y seguras. La tecnología debe estar al servicio de la inclusión, porque solo un mundo digital que no deja a nadie atrás es un mundo en el que todos podemos confiar.
Ese es nuestro compromiso y nuestra visión: trabajar para que la puerta de entrada a Internet esté siempre abierta, pero siempre protegida por la claridad y el respeto a la diversidad humana.


