En los últimos años, el impacto social ha dejado de ser un componente accesorio de la gestión empresarial para convertirse en un eje central de sostenibilidad y legitimidad. Hoy las compañías que operan en los territorios, especialmente aquellas vinculadas a servicios públicos e infraestructura, enfrentamos un desafío que va más allá de lo técnico: construir relaciones de confianza con las comunidades donde desarrollamos nuestra actividad. En ese sentido, el éxito empresarial ya no se mide únicamente por la eficiencia operativa, sino por la calidad del vínculo social que se logra consolidar.
Colombia, con su diversidad territorial, su alta ruralidad y sus brechas sociales, exige a las empresas una lectura responsable del entorno. En muchos municipios, la presencia de una compañía representa oportunidades que trascienden la generación de empleo, como el acceso a información, fortalecimiento comunitario, educación ciudadana y mejoras en la calidad de vida. Cuando las organizaciones comprenden esta realidad y asumen la gestión social como parte de su operación, se convierten en actores relevantes del desarrollo local y en aliados de las comunidades.
El impacto social, sin embargo, no puede entenderse como un ejercicio filantrópico aislado ni como una respuesta coyuntural ante situaciones de presión o conflicto. Las comunidades demandan coherencia entre el discurso y la práctica, continuidad en el tiempo, participación y resultados. La ciudadanía está cada vez mejor informada y evalúa con mayor rigor el alcance de las acciones empresariales. Por esta razón la gestión social requiere planificación, indicadores y una capacidad permanente de escucha.
Uno de los avances más significativos en este campo ha sido la incorporación de metodologías de diagnóstico participativo. Escuchar al territorio, reconocer sus dinámicas, identificar liderazgos y comprender su historia permite diseñar acciones sostenibles. No existen soluciones universales, cada comunidad tiene sus propias necesidades y expectativas. La participación de juntas de acción comunal, líderes sociales, instituciones educativas y organizaciones locales no solo fortalece la pertinencia de las iniciativas, sino que convierte a la comunidad en corresponsable de los procesos, legitimando los resultados y fortaleciendo el tejido social.
En sectores como el del agua potable y el saneamiento básico, donde los retos son estructurales y de largo plazo, la gestión social adquiere un valor estratégico. Aquí, la innovación no se limita a lo tecnológico. Se expresa también en lo social y lo pedagógico. Programas de educación ciudadana y procesos de formación comunitaria permiten que el usuario deje de ser un receptor pasivo del servicio para convertirse en un aliado en la construcción de bienestar y en el cuidado responsable del agua.
Esta visión se refleja en la experiencia de Aqualia Colombia, compañía que opera desde 2020 en 33 municipios del país y que ha integrado la gestión social como un componente transversal de su modelo de operación. Nuestro plan de gestión social ha vuelto a poner de manifiesto en 2025 que el trabajo territorial sostenido genera resultados concretos. Más de 7.200 personas han participado en procesos formativos relacionados con el ciclo integral del agua y más de 1.500 mujeres han participado en iniciativas centradas en la gobernanza y los derechos humanos, fortaleciendo liderazgos locales y capacidades comunitarias.
La educación ciudadana ha sido uno de los pilares de este enfoque. A través de la Escuela del Agua se ha llegado a más de 450 colegios y universidades. También se han llevado a cabo alrededor de 3.000 jornadas de sensibilización en cultura de pago, orientadas a promover la corresponsabilidad y la sostenibilidad del servicio.
El diálogo permanente con las comunidades ha demostrado ser clave para la prevención de conflictos. El año pasado se han realizado 490 encuentros comunitarios. Estos espacios de escucha activa han permitido resolver situaciones de manera temprana, mejorar la convivencia y fortalecer el uso de los canales de atención.
Una compañía que informa con claridad, explica sus decisiones, socializa sus proyectos y rinde cuentas de manera oportuna es una compañía que construye confianza y fortalece su relación de forma sostenida con la comunidad.
El impacto social local no constituye una tendencia pasajera, sino un aporte estructural al desarrollo de los territorios. Representa una evolución en la forma de concebir la gestión empresarial y una oportunidad para que el sector privado se consolide como un aliado de las comunidades, demostrando que el desarrollo económico y el bienestar social pueden avanzar de manera articulada, generando una huella positiva, medible y sostenible.
Este artículo forma parte del Dosier Corresponsables – Impacto social local: Empresas comprometidas con el bienestar de sus comunidades

