La digitalización acelerada y la irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa han redefinido el tablero de juego en la industria 4.0. Hoy, la ciberseguridad ya no es un asunto exclusivo de «bits y bytes» o de departamentos de IT confinados en una oficina técnica; se ha convertido en un pilar estratégico de la gobernanza corporativa y en un elemento crítico para la reputación y la confianza de nuestros grupos de interés. En Covestro, entendemos que la tecnología más avanzada es solo la mitad de la solución. La otra mitad, la más determinante, reside en las personas y en su capacidad para adaptarse a un entorno de riesgos en constante evolución.
Es innegable que la IA ha sofisticado las amenazas, permitiendo fraudes mucho más creíbles como la suplantación de identidad avanzada o el phishing hiper-personalizado. Estas herramientas permiten a los actores malintencionados automatizar ataques que antes requerían meses de preparación, escalando el riesgo a niveles sin precedentes. Sin embargo, no debemos ver esta tecnología solo como un riesgo, sino como nuestra mejor aliada para detectar patrones anómalos en tiempo real y anticiparnos a las vulnerabilidades antes de que sean explotadas. En este sentido, el verdadero reto del buen gobierno no es el algoritmo en sí, sino asegurar que su implementación sea coherente y ética, protegiendo la integridad de los activos informáticos sin perder de vista que detrás de cada pantalla hay un colaborador capacitado para interpretar las señales de alerta.
Esta seguridad técnica, por muy robusta que sea, pierde su valor si no se acompaña de una comunicación interna transformadora y constante. La brecha de seguridad más peligrosa no suele ser un fallo de software, sino una falta de comprensión sobre cómo operan las nuevas amenazas. Por ello, el objetivo de la gobernanza moderna es construir una cultura de ciber-resiliencia donde el empleado deje de ser un receptor pasivo de normas y se convierta en un agente activo de defensa. Esto implica humanizar la tecnología y traducirla a un lenguaje cotidiano, explicando el sentido de cada medida para fomentar un espíritu crítico. Solo así conseguiremos que las personas tengan las herramientas mentales para discernir la veracidad de la información en un entorno digital cada vez más complejo y manipulable.
La gestión del riesgo reputacional nace precisamente en este punto de encuentro entre la tecnología y la conciencia individual. Cuando una organización logra que sus equipos entiendan que la seguridad digital es una extensión de la seguridad física (un valor fundamental en sectores como el químico), la protección se vuelve orgánica. La transparencia en la comunicación interna permite que los aprendizajes se compartan con rapidez, evitando que un intento de fraude aislado se convierta en una crisis sistémica. El aprendizaje colectivo y la agilidad para comunicar los nuevos retos son los que realmente blindan la confianza que clientes, proveedores y accionistas depositan en nosotros.
La ciberseguridad responsable trasciende la protección tecnológica para convertirse en un habilitador de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Cada empleado formado en conciencia digital contribuye a construir infraestructuras resilientes e innovadoras, mientras que cada brecha evitada protege el crecimiento económico sostenible y fortalece las instituciones sólidas que requiere nuestra sociedad digital. En el sector químico, donde la continuidad operativa es crítica, esta responsabilidad corporativa adquiere una dimensión aún mayor.
Al final, la reputación de una compañía ante el fraude no se defiende solo con muros digitales de última generación, sino con la solidez del compromiso de sus profesionales. La confianza que proyectamos hacia el exterior es el reflejo directo de cómo gestionamos nuestra seguridad puertas adentro, convirtiendo la concienciación y la formación continua en nuestra ventaja competitiva más valiosa. Debemos ser conscientes de que, aunque el avance tecnológico es imparable y nos ofrece posibilidades infinitas de innovación, la última línea de defensa siempre será el juicio humano. La tecnología nos da las herramientas, pero la conciencia humana nos da la dirección.


